/ domingo 11 de noviembre de 2018

Amor Digital Vs. Amor de Antes

Es domingo, me encuentro sentado al lado de un extraño, es mi último vuelo a casa. Veo por la ventanilla circular a mi costado izquierdo y reconozco su silueta perfectamente vestida de verde. Me recorre un escalofrío de los hombros hacia los brazos que pasa a los antebrazos y llega a las puntas de los dedos en mis manos, se da la vuelta en U para volver a subir hasta llegar al hombro. Me sacudo. Ajá…, voy volando sobre Panamá.

Me brotan recuerdos llenos de complicidad. Hace un par de semanas bailaba en su capital como si fuera la última vez que haríamos esos movimientos coordinados (y descoordinados) al ritmo de la música latina. Observo con asombro, admiro la poca distancia que hay entre el Pacífico y el Atlántico de este esbelto país. Me recuerda un tanto a mi tierra, Baja California Sur.

Me llena un sentimiento de amor, hago un viaje mental en el tiempo, lentamente, para que no se me escape recordar nada de mi travesía fuera de casa. Reminiscencias que llevaré por siempre más allá en el corazón.

Me vuelve a recorrer sutilmente ese escalofrío al pensar que dentro de un par de horas estaré ahí para abrazar a mi madre, a mis hermanos, a mis sobrinos. Pero, estoy casi seguro de que mi pequeño cuadrúpedo color chocolate seguro se les va a adelantar. Inevitablemente chocará con mi cara con su lengua de fuera dando esos brincos alborotados característicos de la exacerbación de felicidad que se produce el ver a alguien a quien no has visto en un largo tiempo. Seguro me orina de la emoción; ¡qué me importa! No dejo de pensar que tanto alboroto no son más que señales del amor en su interminable diversidad e infinitas formas.

Ese amor que no busca nada absolutamente nada a cambio, sino que emana puramente en su máxima expresión; ese amor que se encuentra en la mirada de una madre cuando sin tener que decirte nada te ha dicho todo (¡hasta que te vas a morir!); ese tipo de amor cálido que está siempre pendiente a través del consejo de una hermana que vela por ti (y sufre por ti); ése que se siente en el abrazo firme de un hermano quien ahora es todo un gran papá (como mi papá); y ese amor que se transmite a través de las palabras de tus sobrinos que dicen la mera verdad (susurrándote al oído que eres su tío consentido). Sí, es aquel tipo de amor que es el mejor; el que viene de la familia y la hermandad.

Pero hay muchos otros tipos más, como el amor en pareja.

El amor ha ido mutando por los siglos de los siglos -así como el homo sapiens-, hasta situarse en el contemporáneo, moderno, actual (o como le gustan poner), que nos llega ahora. Esta nueva era del amor que se vive hoy en día es lo que me tiene decepcionado. Y aunque no somos del todo culpables, sí participamos vivencialmente en éste de una u otra manera -no nos queda de otra-.

El amor se trata de cultivarse entre dos, se va formando de manera misteriosa y sin ninguna ecuación, sin ninguna fórmula le vamos dando estructura, creándolo sin cuestionar; ese amor que no se niega y va floreciendo con cada caricia, cada llamada, cada regaño, cada lágrima, cada comida, cada llegada y que con cada pequeña muestra nos hace ir creciendo y aprendiendo más acerca de nosotros mismos, de nuestro merecimiento -porque no debemos de recibir nada menos que el mismo amor del cual venimos-.

Pero… hace ya un par de años he ido siguiendo su devaluación.

Un par de décadas atrás para obsequiarle flores a alguien tenías que ir a una florería, comprar rosas y llevárselas, ¿no?… Ahora, todo se reduce a mandar un emoticon de “un ramo de flores” con “una carita dando un beso” y un mensajito diciendo “te kiero”. Pero no, ¡ahí no acaba la gran devaluación del amor que al parecer está peor que la del peso!

Todos somos actuales partícipes de este tipo de modern love, el cual depende de observar si ya le llegó la doble flecha y si ya se tornaron azul, sino la otra opción es permanecer rectificando la hora en que se conectó.

Pero ¡qué nos pasó y en qué momento nos permitimos caer en el juego sin primero consultarle al corazón!

No dudaría que alguno de ustedes ha checado su celular un par de veces mientras lee este artículo para revalidar si ese alguien está interesando aún, como si el celular nos fuera a besar si nuestra chica nos manda el emoticon del besito o a abrazar si nos manda el del abracito. Al parecer todo depende de cómo se porte ella en las redes sociales contigo para lograr definir cómo responderás tú.

Hoy en día con un mensajito puedes pedir un divorcio o que se casen contigo. Y lo crean o no, ¡ha ocurrido billones de veces! Cada vez el amor es menos personal pero más demandante. Digo, estoy de su lado, de igual manera, algún día me caché quitándole mérito al amor y encogiéndolo a través de estas tontas actividades.

Antes no te enojabas tan fácilmente porque sabías que no ibas a poder saber nada de ese galán tan fácilmente: No había Facebook, Instagram, Twitter ni Tinder. Ahora basta con ir a sus historias para actualizar qué está pasando en su vida hace un minuto atrás. ¿A dónde se fueron los días en los que le marcabas de la línea telefónica de casa sin identificador de llamadas para simplemente escuchar su voz, decirle que lo amabas o pedirle perdón? Actualmente el amor se ha reducido a una pelea entre egos que se gana si se logra aguantar más tiempo sin mandarle señales de humo cibernéticas al otro.

Hace no mucho tiempo tenías que juntar verdadero valor para enfrentarte al amor. No se dependía de un aparato digital en el cual te podías esconder la mayor parte del tiempo tras letras, gifs, emoticons y estados de perfil. Dicen que uno se acostumbra sin esfuerzo a lo fácil y tener un teléfono inteligente es la gran prueba de ello. Tener una relación virtual (con ni más ni nadie que tu celular) no es tan divertido, causa estrés y una enorme dependencia ridícula a estar checando sus huellas digitales (dónde está, estuvo y estará).

En el amor en pareja uno tiene que participar de manera presente lo más posiblemente. Así que respóndete a ti mismo:


¿QUÉ TIPO DE AMOR MERECES VIVIR?

Deja de enviar emoticons y cómprale esa docena de rosas rojas, llévale mariachi a la media noche, camina a su casa y toca el timbre hasta que se despierte, dile que la amas y que sin ella no eres nada.Vuelve a la raíz y empieza desde ahí a cultivar el amor que hay entre los dos, disfruten de ver cómo florece a su alrededor con cada gota de agua que le vierten. Créanme, será mucho mejor vivirlo en carne propia a tener que estar atrapados en una batalla digital que sin batería… está muerta.

Cierro mi computadora, volteó nuevamente sobre la ventanilla de mi costado izquierdo para ver mi tierra, aunque más bien yo soy de ella, mexicano a morir, país que amo hasta los huesos. He llegado a mi México lindo, querido. Si mál no lo recuerdo, pronto estaré en brazos (de carne y hueso) de mis seres queridos -en el aeropuerto no se aceptan abrazos virtuales-. Y tengo la ligera sospecha que es en este tipo de lugares donde si uno observa de manera cuidadosa a sus alrededores es evidente que después de unos cuantos minutos veremos señales de amor por doquier; cuando se despiden o cuando regresan, es ahí que uno ofrece el amor de antes, del bueno, del que sí se siente, ése que aún corre por las venas y está en nuestro interior: Dalo a manos llenas, sin esperar nada a cambio, sin tropezarte, sin tanto rodeos, solamente así lo veremos de vuelta.


Es domingo, me encuentro sentado al lado de un extraño, es mi último vuelo a casa. Veo por la ventanilla circular a mi costado izquierdo y reconozco su silueta perfectamente vestida de verde. Me recorre un escalofrío de los hombros hacia los brazos que pasa a los antebrazos y llega a las puntas de los dedos en mis manos, se da la vuelta en U para volver a subir hasta llegar al hombro. Me sacudo. Ajá…, voy volando sobre Panamá.

Me brotan recuerdos llenos de complicidad. Hace un par de semanas bailaba en su capital como si fuera la última vez que haríamos esos movimientos coordinados (y descoordinados) al ritmo de la música latina. Observo con asombro, admiro la poca distancia que hay entre el Pacífico y el Atlántico de este esbelto país. Me recuerda un tanto a mi tierra, Baja California Sur.

Me llena un sentimiento de amor, hago un viaje mental en el tiempo, lentamente, para que no se me escape recordar nada de mi travesía fuera de casa. Reminiscencias que llevaré por siempre más allá en el corazón.

Me vuelve a recorrer sutilmente ese escalofrío al pensar que dentro de un par de horas estaré ahí para abrazar a mi madre, a mis hermanos, a mis sobrinos. Pero, estoy casi seguro de que mi pequeño cuadrúpedo color chocolate seguro se les va a adelantar. Inevitablemente chocará con mi cara con su lengua de fuera dando esos brincos alborotados característicos de la exacerbación de felicidad que se produce el ver a alguien a quien no has visto en un largo tiempo. Seguro me orina de la emoción; ¡qué me importa! No dejo de pensar que tanto alboroto no son más que señales del amor en su interminable diversidad e infinitas formas.

Ese amor que no busca nada absolutamente nada a cambio, sino que emana puramente en su máxima expresión; ese amor que se encuentra en la mirada de una madre cuando sin tener que decirte nada te ha dicho todo (¡hasta que te vas a morir!); ese tipo de amor cálido que está siempre pendiente a través del consejo de una hermana que vela por ti (y sufre por ti); ése que se siente en el abrazo firme de un hermano quien ahora es todo un gran papá (como mi papá); y ese amor que se transmite a través de las palabras de tus sobrinos que dicen la mera verdad (susurrándote al oído que eres su tío consentido). Sí, es aquel tipo de amor que es el mejor; el que viene de la familia y la hermandad.

Pero hay muchos otros tipos más, como el amor en pareja.

El amor ha ido mutando por los siglos de los siglos -así como el homo sapiens-, hasta situarse en el contemporáneo, moderno, actual (o como le gustan poner), que nos llega ahora. Esta nueva era del amor que se vive hoy en día es lo que me tiene decepcionado. Y aunque no somos del todo culpables, sí participamos vivencialmente en éste de una u otra manera -no nos queda de otra-.

El amor se trata de cultivarse entre dos, se va formando de manera misteriosa y sin ninguna ecuación, sin ninguna fórmula le vamos dando estructura, creándolo sin cuestionar; ese amor que no se niega y va floreciendo con cada caricia, cada llamada, cada regaño, cada lágrima, cada comida, cada llegada y que con cada pequeña muestra nos hace ir creciendo y aprendiendo más acerca de nosotros mismos, de nuestro merecimiento -porque no debemos de recibir nada menos que el mismo amor del cual venimos-.

Pero… hace ya un par de años he ido siguiendo su devaluación.

Un par de décadas atrás para obsequiarle flores a alguien tenías que ir a una florería, comprar rosas y llevárselas, ¿no?… Ahora, todo se reduce a mandar un emoticon de “un ramo de flores” con “una carita dando un beso” y un mensajito diciendo “te kiero”. Pero no, ¡ahí no acaba la gran devaluación del amor que al parecer está peor que la del peso!

Todos somos actuales partícipes de este tipo de modern love, el cual depende de observar si ya le llegó la doble flecha y si ya se tornaron azul, sino la otra opción es permanecer rectificando la hora en que se conectó.

Pero ¡qué nos pasó y en qué momento nos permitimos caer en el juego sin primero consultarle al corazón!

No dudaría que alguno de ustedes ha checado su celular un par de veces mientras lee este artículo para revalidar si ese alguien está interesando aún, como si el celular nos fuera a besar si nuestra chica nos manda el emoticon del besito o a abrazar si nos manda el del abracito. Al parecer todo depende de cómo se porte ella en las redes sociales contigo para lograr definir cómo responderás tú.

Hoy en día con un mensajito puedes pedir un divorcio o que se casen contigo. Y lo crean o no, ¡ha ocurrido billones de veces! Cada vez el amor es menos personal pero más demandante. Digo, estoy de su lado, de igual manera, algún día me caché quitándole mérito al amor y encogiéndolo a través de estas tontas actividades.

Antes no te enojabas tan fácilmente porque sabías que no ibas a poder saber nada de ese galán tan fácilmente: No había Facebook, Instagram, Twitter ni Tinder. Ahora basta con ir a sus historias para actualizar qué está pasando en su vida hace un minuto atrás. ¿A dónde se fueron los días en los que le marcabas de la línea telefónica de casa sin identificador de llamadas para simplemente escuchar su voz, decirle que lo amabas o pedirle perdón? Actualmente el amor se ha reducido a una pelea entre egos que se gana si se logra aguantar más tiempo sin mandarle señales de humo cibernéticas al otro.

Hace no mucho tiempo tenías que juntar verdadero valor para enfrentarte al amor. No se dependía de un aparato digital en el cual te podías esconder la mayor parte del tiempo tras letras, gifs, emoticons y estados de perfil. Dicen que uno se acostumbra sin esfuerzo a lo fácil y tener un teléfono inteligente es la gran prueba de ello. Tener una relación virtual (con ni más ni nadie que tu celular) no es tan divertido, causa estrés y una enorme dependencia ridícula a estar checando sus huellas digitales (dónde está, estuvo y estará).

En el amor en pareja uno tiene que participar de manera presente lo más posiblemente. Así que respóndete a ti mismo:


¿QUÉ TIPO DE AMOR MERECES VIVIR?

Deja de enviar emoticons y cómprale esa docena de rosas rojas, llévale mariachi a la media noche, camina a su casa y toca el timbre hasta que se despierte, dile que la amas y que sin ella no eres nada.Vuelve a la raíz y empieza desde ahí a cultivar el amor que hay entre los dos, disfruten de ver cómo florece a su alrededor con cada gota de agua que le vierten. Créanme, será mucho mejor vivirlo en carne propia a tener que estar atrapados en una batalla digital que sin batería… está muerta.

Cierro mi computadora, volteó nuevamente sobre la ventanilla de mi costado izquierdo para ver mi tierra, aunque más bien yo soy de ella, mexicano a morir, país que amo hasta los huesos. He llegado a mi México lindo, querido. Si mál no lo recuerdo, pronto estaré en brazos (de carne y hueso) de mis seres queridos -en el aeropuerto no se aceptan abrazos virtuales-. Y tengo la ligera sospecha que es en este tipo de lugares donde si uno observa de manera cuidadosa a sus alrededores es evidente que después de unos cuantos minutos veremos señales de amor por doquier; cuando se despiden o cuando regresan, es ahí que uno ofrece el amor de antes, del bueno, del que sí se siente, ése que aún corre por las venas y está en nuestro interior: Dalo a manos llenas, sin esperar nada a cambio, sin tropezarte, sin tanto rodeos, solamente así lo veremos de vuelta.


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