/ martes 11 de diciembre de 2018

Almas sin dueños

Hace tiempo el ser humano más hermoso que conozco —tanto por dentro y por fuera—; mi madre, quien no solamente me dio el regalo de la vida sino me ha dado a lo largo de ésta todo su amor, cariño y lealtad, decidió el verano pasado empezar un albergue de perros por sus propios medios. No es de sorprenderse, creo que las personas que han cruzado mi camino por inesperadas razones se han dado cuenta que tanto ella como yo compartimos la misma pasión por los animales, esos seres de luz que sin poder comunicarse con palabras con una simple mirada, lo dicen todo. Y es por la magia y el misterio que yace en estos encuentros que nuestra misión cada vez es más clara, la de encontrar a almas abandonas o extraviadas que en un rumbo de vida amorfo puedan ser rescatados, para así lograr la sanción de las heridas tanto emocionales como físicas, ya que muchos de estos, recostados en el frío pavimento sobre la incertidumbre de la vida desean más que nada tener eso, aquello que muchos de nosotros ya tenemos; una familia, un hogar.

No fue hasta el último rescate. Debo de implicar que su historia es algo especial. Hace un par de noches atrás manejando por la ciudad yo había divisado a este cuadrúpedo en una esquina bajo la luz de un poste de luz. Su cuerpecillo enroscado temblaba sin parar del frío, tal vez del miedo también. Era fácil localizar sus huesos ya que podrían verse a simple viste resaltarse de su delgada figura, y si uno no es experto, a simple vista, podría pensar que padecía de sarna.

Lo curioso es que esa noche, al no poder parar el vehículo de momento tuve que torcer hacia otra dirección y estacioné mi coche afuera de un supermercado, ya que ese era mi destino final inicialmente. Mi madre bajó del coche y entró a éste mientras que yo me quedé esperando en éste para poder ir en la búsqueda de aquel ser vivo, el cual me había conmovido; la manera en que su cabeza trataba de esconderse entre sus costillas, como si quisiera acurrucarse consigo mismo, o quizás esconderse del mundo exterior. Señales de la necesidad de un hogar. Y Aunque él no tenía ni idea de lo que se estaba perdiendo, y ni siquiera en su imaginación sabía de la gran bendición que viene con éste, yo sabía de lo mucho que se estaba perdiendo, y de lo mucho que disfrutaría tener uno—. Soy consciente que soy un canal para que otros seres coincidan, estaba seguro de que alguien podría darle todo eso, y él podría regresar el favor de la misma manera. Ese sentimiento de que alguien estará dispuesto a cuidarlo y a amarlo, es nuestra mayor motivación.

Al esperar a mi madre dentro del coche, un cuerpo extraño se aproximó a mí ventanilla asomándose queriendo conectar conmigo, sus ojos verdes saludaban y pedían de una manera que bajará el vidrio, cosa que obedientemente hice apresuradamente y sin pensarlo. Fue ahí… estando frente a frente… sus ojos encontraron con los míos, ¡pedían auxilio! Se trataba de él. Le saludé con la mirada trasmitiéndole telepáticamente que se encontraba a salvo y que además necesitaba que se bajará de la ventanilla para que yo pudiera salir del coche a saludarle apropiadamente como cualquiera lo merecía. El perro se bajó, cuidadosamente abrí la puerta para poder salir a encontrarme con él. Lo más chistoso de todo era que ya no parecía estar triste, sino encontrado. Su cola se movía de un extremo al otro rápidamente y la energía que le acompañaba había cambiado esporádicamente de manera singular. De un instante al otro ya no era el mismo perro que hace un par de minutos se encontraba temblando bajo un poste de luz con su cabeza escondida entre sí.

Hice lo que tenía que hacer. Lo abracé sin importar cualquier otra pensamiento racional que de momento cruzará mi mente. Puse a un lado la lógica, los miedos y me entregue al amor. Así es, el amor es maravilloso, heme ahí, en plena banqueta haciendo amistad con un completo extraño que moría por ser mi amigo (y qué hay de mí, yo también moría por ser el suyo). Tiene uno que seguir su intuición y a manera en que uno lo hace, los pedazos de nuestros sueños más remotos van tomando forma y se van construyendo de manera instantánea, es en el aquí y en el ahora que nos damos cuenta de ello.

Cuando hacemos conciencia

Mi madre iba saliendo con sus compras rápidas de último momento y me ubicó a un lado de este ser esquelético, de quien el pelaje era parecido al de un tigre, fue en ese encuentro de tres que su nombre nació: Tigre. Ahí mismo fue donde hice conciencia de muchas otras cosas, entre ellas que nunca antes nadie le había otorgado eso… un nombre. Lo subimos con extremo cuidado al asiento de atrás y lo llevamos con nosotros a casa. Le ofrecimos alimento, cariño, le dimos su lugar, un refugio donde dormir sin frío y despertar a salvo.

Nos cachamos en varios ocasiones con un lagrimeo tanto interno como externo porque a medida que emprendimos esa jornada a conocerle, se nos revelaron cosas acerca de él; como al día siguiente, durante su baño, nos dimos cuenta de que nunca antes le habían puesto champú, ni tallado… ese era su primer baño, diferente al otro que la misma ciudad en temporadas de lluvia le había dado. Por consecuente, nadie nunca antes lo había secado. Era evidente, nunca se le había cuidado ni se le había dado absoluto cariño. Era la primera vez que el experimentaba todo eso, y desde su perspectiva puedo imaginar lo bello y lo extraño que le pareció todo.

Fue en la medida que pasamos más tiempo con él que descubrimos que nadie le había obsequiado un hueso —de esos que venden en el supermercado, y que, irónicamente, no tienen forma de hueso para nada—. Por el contrario, mi perro sabía perfectamente qué hacer con un hueso fabricado por humanos, pero Tigre desconocía qué hacer con éste, lo veía y lo olía como un objeto raro y no entendía la dinámica que tenía que ejercer ante él, nuevamente, descubría de sus primicias con el ser humano. Y ser ese ser humano que pone en juego un nuevo sistema de convivio y relación entre un ser y otro es para mí ciertamente fascinante. Bien dicen por ahí que todos somos ignorantes en algo, y Tigre era —sin lugar a duda— ignorante al calor de un hogar. Ahora me pregunto: cuántos de ustedes no han sentido lo mismo. Después de todo… no somos tan diferentes.

Amar es lo importante

Jamás importará si tus hijos son adoptados o son tuyos realmente porque la intención continuará siendo la misma: amar. Y desde ese amor, nacerá una relación en la cual no tendrá importancia si la sangre de ambos no fuera la misma. Cultivando una conciencia libre de juicios es posible conocer el amor verdadero.

Esta es la historia acerca de Tigre, un perro callejero que encontró ese amor de la noche a la mañana, no podría quedar más claro el mensaje: Los que no se permiten creer en milagros no son realistas. Hago apertura a dar de ese amor hacia los demás seres vivos; nuestros seres cercanos, familiares, amigos, mascotas, perros callejeros y perros no callejeros; el amor no conoce de etiquetas ni razones sociales, simplemente conoce lo que es en esencia ese amor.

Les deseo lo mejor, una bella navidad, un prospero año nuevo, siempre sobre todas las cosas: Amor.

Hace tiempo el ser humano más hermoso que conozco —tanto por dentro y por fuera—; mi madre, quien no solamente me dio el regalo de la vida sino me ha dado a lo largo de ésta todo su amor, cariño y lealtad, decidió el verano pasado empezar un albergue de perros por sus propios medios. No es de sorprenderse, creo que las personas que han cruzado mi camino por inesperadas razones se han dado cuenta que tanto ella como yo compartimos la misma pasión por los animales, esos seres de luz que sin poder comunicarse con palabras con una simple mirada, lo dicen todo. Y es por la magia y el misterio que yace en estos encuentros que nuestra misión cada vez es más clara, la de encontrar a almas abandonas o extraviadas que en un rumbo de vida amorfo puedan ser rescatados, para así lograr la sanción de las heridas tanto emocionales como físicas, ya que muchos de estos, recostados en el frío pavimento sobre la incertidumbre de la vida desean más que nada tener eso, aquello que muchos de nosotros ya tenemos; una familia, un hogar.

No fue hasta el último rescate. Debo de implicar que su historia es algo especial. Hace un par de noches atrás manejando por la ciudad yo había divisado a este cuadrúpedo en una esquina bajo la luz de un poste de luz. Su cuerpecillo enroscado temblaba sin parar del frío, tal vez del miedo también. Era fácil localizar sus huesos ya que podrían verse a simple viste resaltarse de su delgada figura, y si uno no es experto, a simple vista, podría pensar que padecía de sarna.

Lo curioso es que esa noche, al no poder parar el vehículo de momento tuve que torcer hacia otra dirección y estacioné mi coche afuera de un supermercado, ya que ese era mi destino final inicialmente. Mi madre bajó del coche y entró a éste mientras que yo me quedé esperando en éste para poder ir en la búsqueda de aquel ser vivo, el cual me había conmovido; la manera en que su cabeza trataba de esconderse entre sus costillas, como si quisiera acurrucarse consigo mismo, o quizás esconderse del mundo exterior. Señales de la necesidad de un hogar. Y Aunque él no tenía ni idea de lo que se estaba perdiendo, y ni siquiera en su imaginación sabía de la gran bendición que viene con éste, yo sabía de lo mucho que se estaba perdiendo, y de lo mucho que disfrutaría tener uno—. Soy consciente que soy un canal para que otros seres coincidan, estaba seguro de que alguien podría darle todo eso, y él podría regresar el favor de la misma manera. Ese sentimiento de que alguien estará dispuesto a cuidarlo y a amarlo, es nuestra mayor motivación.

Al esperar a mi madre dentro del coche, un cuerpo extraño se aproximó a mí ventanilla asomándose queriendo conectar conmigo, sus ojos verdes saludaban y pedían de una manera que bajará el vidrio, cosa que obedientemente hice apresuradamente y sin pensarlo. Fue ahí… estando frente a frente… sus ojos encontraron con los míos, ¡pedían auxilio! Se trataba de él. Le saludé con la mirada trasmitiéndole telepáticamente que se encontraba a salvo y que además necesitaba que se bajará de la ventanilla para que yo pudiera salir del coche a saludarle apropiadamente como cualquiera lo merecía. El perro se bajó, cuidadosamente abrí la puerta para poder salir a encontrarme con él. Lo más chistoso de todo era que ya no parecía estar triste, sino encontrado. Su cola se movía de un extremo al otro rápidamente y la energía que le acompañaba había cambiado esporádicamente de manera singular. De un instante al otro ya no era el mismo perro que hace un par de minutos se encontraba temblando bajo un poste de luz con su cabeza escondida entre sí.

Hice lo que tenía que hacer. Lo abracé sin importar cualquier otra pensamiento racional que de momento cruzará mi mente. Puse a un lado la lógica, los miedos y me entregue al amor. Así es, el amor es maravilloso, heme ahí, en plena banqueta haciendo amistad con un completo extraño que moría por ser mi amigo (y qué hay de mí, yo también moría por ser el suyo). Tiene uno que seguir su intuición y a manera en que uno lo hace, los pedazos de nuestros sueños más remotos van tomando forma y se van construyendo de manera instantánea, es en el aquí y en el ahora que nos damos cuenta de ello.

Cuando hacemos conciencia

Mi madre iba saliendo con sus compras rápidas de último momento y me ubicó a un lado de este ser esquelético, de quien el pelaje era parecido al de un tigre, fue en ese encuentro de tres que su nombre nació: Tigre. Ahí mismo fue donde hice conciencia de muchas otras cosas, entre ellas que nunca antes nadie le había otorgado eso… un nombre. Lo subimos con extremo cuidado al asiento de atrás y lo llevamos con nosotros a casa. Le ofrecimos alimento, cariño, le dimos su lugar, un refugio donde dormir sin frío y despertar a salvo.

Nos cachamos en varios ocasiones con un lagrimeo tanto interno como externo porque a medida que emprendimos esa jornada a conocerle, se nos revelaron cosas acerca de él; como al día siguiente, durante su baño, nos dimos cuenta de que nunca antes le habían puesto champú, ni tallado… ese era su primer baño, diferente al otro que la misma ciudad en temporadas de lluvia le había dado. Por consecuente, nadie nunca antes lo había secado. Era evidente, nunca se le había cuidado ni se le había dado absoluto cariño. Era la primera vez que el experimentaba todo eso, y desde su perspectiva puedo imaginar lo bello y lo extraño que le pareció todo.

Fue en la medida que pasamos más tiempo con él que descubrimos que nadie le había obsequiado un hueso —de esos que venden en el supermercado, y que, irónicamente, no tienen forma de hueso para nada—. Por el contrario, mi perro sabía perfectamente qué hacer con un hueso fabricado por humanos, pero Tigre desconocía qué hacer con éste, lo veía y lo olía como un objeto raro y no entendía la dinámica que tenía que ejercer ante él, nuevamente, descubría de sus primicias con el ser humano. Y ser ese ser humano que pone en juego un nuevo sistema de convivio y relación entre un ser y otro es para mí ciertamente fascinante. Bien dicen por ahí que todos somos ignorantes en algo, y Tigre era —sin lugar a duda— ignorante al calor de un hogar. Ahora me pregunto: cuántos de ustedes no han sentido lo mismo. Después de todo… no somos tan diferentes.

Amar es lo importante

Jamás importará si tus hijos son adoptados o son tuyos realmente porque la intención continuará siendo la misma: amar. Y desde ese amor, nacerá una relación en la cual no tendrá importancia si la sangre de ambos no fuera la misma. Cultivando una conciencia libre de juicios es posible conocer el amor verdadero.

Esta es la historia acerca de Tigre, un perro callejero que encontró ese amor de la noche a la mañana, no podría quedar más claro el mensaje: Los que no se permiten creer en milagros no son realistas. Hago apertura a dar de ese amor hacia los demás seres vivos; nuestros seres cercanos, familiares, amigos, mascotas, perros callejeros y perros no callejeros; el amor no conoce de etiquetas ni razones sociales, simplemente conoce lo que es en esencia ese amor.

Les deseo lo mejor, una bella navidad, un prospero año nuevo, siempre sobre todas las cosas: Amor.

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