/ jueves 3 de octubre de 2019

Informe sobre la batalla de Mulegé

Como parte de las conmemoraciones de Octubre, Mes de la Sudcalifornidad (según decreto del Congreso de BCS), y para celebrar el triunfo del patriotismo de los californios del sur contra la invasión norteamericana de 1846-1848, entrego a los lectores de esta columna la visión de los vencidos sobre la batalla en que las armas sudcalifornianas triunfaron sobre su enemigo.

Se trata del informe del teniente Tunis A. M. Craven, de la Marina de los EUA, fechado el 3 de octubre de 1847, escrita en alta mar y dirigida al comandante del barco Dale, de la armada estadounidense:

“En obediencia a sus instrucciones, ayer a las 2 p. m. salté a tierra en la desembocadura del río Mulegé con un destacamento de marineros e infantes de Marina de este navío, formado de mi compañía de 27 hombres, la compañía del teniente William Taylor Smith de 27 hombres, y la del teniente Robert Tansill, con 17 infantes de Marina.

Ocupábamos el margen derecho de la avenida, y ordené al alférez J. M. Duncan que procediera con la lancha y 8 hombres a la cabecera de la avenida y a que se juntara conmigo en el pueblo, listo para prestar servicio.

Habiendo descubierto que el enemigo tenía destacada una poderosa fuerza en una colina que domina el pueblo, iniciamos nuestra marcha hacia ese punto; pero no habíamos procedido más de 200 metros cuando nos dispararon desde una casa y un matorral a nuestra izquierda.

Destaqué al teniente Smith con su compañía para que quemasen la casa, mientras que con el resto de la tropa avancé contra el matorral que suponíamos cubría al enemigo, pero todos habían huido a lugares de escondite y las casas fueron abandonadas. El teniente Smith se reunió conmigo y proseguimos nuestra marcha manteniéndonos en el terreno más alto.

El camino era áspero y el clima excesivamente caluroso, pero los oficiales y los hombres avanzaron con buen ánimo hacia la colina donde esperábamos que el enemigo haría su defensa. Alcanzamos la cumbre sin encontrar resistencia alguna; sus defensores habían efectuado su retirada y cruzado la avenida. Aquí ordené un alto para descansar a los hombres y dar tiempoa que llegara la lancha.

En ese momento, el enemigo abrió fuego sobre nosotros desde varias emboscadas al margen izquierdo del río, y también desde un lugar en la montaña a nuestro flanco izquierdo. Unas ráfagas bien dirigidas los forzaron a esconderse y moverse río arriba. Entonces llegó la lancha y descendí de la colina; dejé al alférez Thomas T. Houston con 6 hombres para ocupar la cumbre y ahí imposibilitar al enemigo el regreso a ese punto y asaltar a nuestros hombres.

Al pie de la colina llegamos a la aldea que consistía en unas casas dispersas, alrededor de las cuales había unos viñedos pequeños y otros sembradíos. Las casas estaban abandonadas e impedí que las ocuparan, sino que marché por el camino del río, donde al llegar de nuevo recibimos fuego de diversas partes de una espesura en el margen contrario y desde las cumbres de la colina a nuestro frente, pero nuestro fuego les forzó a retirarse.

La pieza de artillería del navío tuvo buen efecto sobre cada punto que les ofreció escondite. Los perseguimos por casi un kilómetro. Abandonaron su aldea y huyeron a las colinas fuera del alcance de nuestro fuego. Ordené un alto ya que la llegada de la noche y la bajada de la marea me advirtieron de que era tiempo de volver a la embarcación.

Ordené al alférez J. M. Duncan que prendiera fuego a una pequeña balandra que ahí estaba, mas porque no llevaba consigo materiales combustibles no pudo llevar a efecto su objetivo sin mayor pérdida de tiempo, ya que la lancha encalló frecuentemente y sus hombres dentro del agua forzaron su bote a través del lodo.

Habíamos procedido a un punto casi 5 kilómetros de la desembocadura del río, y efectivamente puesto en huida al enemigo, esperando atraerlo detrás de nosotros en la retirada. Dejé al teniente Tansill con los infantes de Marina en emboscada, pero el enemigo se conformó con vernos salir sin seguirnos. Llamados nuestros hombres proseguimos el regreso a la nave, sin molestia.

Pude separar la tropa bajo mi mando y me alegra decir que nuestra marcha se llevó a cabo sin la pérdida de un solo hombre; solamente dos fueron ligeramente heridos. Ignoramos las pérdidas del enemigo.

Me da orgullo y placer dar testimonio de la conducta de los oficiales y hombres que, aunque casi agotados por una marcha fatigosa, mareados del excesivo calor y falta de agua, todos se mostraron animados en la persecución al enemigo. Nuestros marineros e infantes se portaron como tropas disciplinadas y ordenadas. A los oficiales debo mil gracias por la alegre puntualidad con que cumplieron su deber.

Al teniente Smith y Tansill y al alférez Duncan estoy particularmente en deuda por los valiosos servicios de cada uno en el celoso cumplimiento de sus deberes.

Se espera que el castigo infligido a la gente de Mulegé efectivamente le detendrá de más medidas hostiles hacia los norteamericanos en California.”

Así, en medio de la noche, con dos heridos y sin haber cumplido el objetivo de tomar la plaza mulegina, el invasor debió poner proa a La Paz con una vergonzosa derrota a cuestas. (TheMexicanWar, Baja California Travels Series, núm. 39, Dawson´s Library, Los Ángeles, California, 1977)

Como parte de las conmemoraciones de Octubre, Mes de la Sudcalifornidad (según decreto del Congreso de BCS), y para celebrar el triunfo del patriotismo de los californios del sur contra la invasión norteamericana de 1846-1848, entrego a los lectores de esta columna la visión de los vencidos sobre la batalla en que las armas sudcalifornianas triunfaron sobre su enemigo.

Se trata del informe del teniente Tunis A. M. Craven, de la Marina de los EUA, fechado el 3 de octubre de 1847, escrita en alta mar y dirigida al comandante del barco Dale, de la armada estadounidense:

“En obediencia a sus instrucciones, ayer a las 2 p. m. salté a tierra en la desembocadura del río Mulegé con un destacamento de marineros e infantes de Marina de este navío, formado de mi compañía de 27 hombres, la compañía del teniente William Taylor Smith de 27 hombres, y la del teniente Robert Tansill, con 17 infantes de Marina.

Ocupábamos el margen derecho de la avenida, y ordené al alférez J. M. Duncan que procediera con la lancha y 8 hombres a la cabecera de la avenida y a que se juntara conmigo en el pueblo, listo para prestar servicio.

Habiendo descubierto que el enemigo tenía destacada una poderosa fuerza en una colina que domina el pueblo, iniciamos nuestra marcha hacia ese punto; pero no habíamos procedido más de 200 metros cuando nos dispararon desde una casa y un matorral a nuestra izquierda.

Destaqué al teniente Smith con su compañía para que quemasen la casa, mientras que con el resto de la tropa avancé contra el matorral que suponíamos cubría al enemigo, pero todos habían huido a lugares de escondite y las casas fueron abandonadas. El teniente Smith se reunió conmigo y proseguimos nuestra marcha manteniéndonos en el terreno más alto.

El camino era áspero y el clima excesivamente caluroso, pero los oficiales y los hombres avanzaron con buen ánimo hacia la colina donde esperábamos que el enemigo haría su defensa. Alcanzamos la cumbre sin encontrar resistencia alguna; sus defensores habían efectuado su retirada y cruzado la avenida. Aquí ordené un alto para descansar a los hombres y dar tiempoa que llegara la lancha.

En ese momento, el enemigo abrió fuego sobre nosotros desde varias emboscadas al margen izquierdo del río, y también desde un lugar en la montaña a nuestro flanco izquierdo. Unas ráfagas bien dirigidas los forzaron a esconderse y moverse río arriba. Entonces llegó la lancha y descendí de la colina; dejé al alférez Thomas T. Houston con 6 hombres para ocupar la cumbre y ahí imposibilitar al enemigo el regreso a ese punto y asaltar a nuestros hombres.

Al pie de la colina llegamos a la aldea que consistía en unas casas dispersas, alrededor de las cuales había unos viñedos pequeños y otros sembradíos. Las casas estaban abandonadas e impedí que las ocuparan, sino que marché por el camino del río, donde al llegar de nuevo recibimos fuego de diversas partes de una espesura en el margen contrario y desde las cumbres de la colina a nuestro frente, pero nuestro fuego les forzó a retirarse.

La pieza de artillería del navío tuvo buen efecto sobre cada punto que les ofreció escondite. Los perseguimos por casi un kilómetro. Abandonaron su aldea y huyeron a las colinas fuera del alcance de nuestro fuego. Ordené un alto ya que la llegada de la noche y la bajada de la marea me advirtieron de que era tiempo de volver a la embarcación.

Ordené al alférez J. M. Duncan que prendiera fuego a una pequeña balandra que ahí estaba, mas porque no llevaba consigo materiales combustibles no pudo llevar a efecto su objetivo sin mayor pérdida de tiempo, ya que la lancha encalló frecuentemente y sus hombres dentro del agua forzaron su bote a través del lodo.

Habíamos procedido a un punto casi 5 kilómetros de la desembocadura del río, y efectivamente puesto en huida al enemigo, esperando atraerlo detrás de nosotros en la retirada. Dejé al teniente Tansill con los infantes de Marina en emboscada, pero el enemigo se conformó con vernos salir sin seguirnos. Llamados nuestros hombres proseguimos el regreso a la nave, sin molestia.

Pude separar la tropa bajo mi mando y me alegra decir que nuestra marcha se llevó a cabo sin la pérdida de un solo hombre; solamente dos fueron ligeramente heridos. Ignoramos las pérdidas del enemigo.

Me da orgullo y placer dar testimonio de la conducta de los oficiales y hombres que, aunque casi agotados por una marcha fatigosa, mareados del excesivo calor y falta de agua, todos se mostraron animados en la persecución al enemigo. Nuestros marineros e infantes se portaron como tropas disciplinadas y ordenadas. A los oficiales debo mil gracias por la alegre puntualidad con que cumplieron su deber.

Al teniente Smith y Tansill y al alférez Duncan estoy particularmente en deuda por los valiosos servicios de cada uno en el celoso cumplimiento de sus deberes.

Se espera que el castigo infligido a la gente de Mulegé efectivamente le detendrá de más medidas hostiles hacia los norteamericanos en California.”

Así, en medio de la noche, con dos heridos y sin haber cumplido el objetivo de tomar la plaza mulegina, el invasor debió poner proa a La Paz con una vergonzosa derrota a cuestas. (TheMexicanWar, Baja California Travels Series, núm. 39, Dawson´s Library, Los Ángeles, California, 1977)

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