/ domingo 10 de diciembre de 2023

Corrupción

Buena cantidad de naciones del planeta descubrió, hace poco tiempo, que entre sus ciudadanos, públicos y privados, la corrupción es ejercicio cotidiano: países de todos los continentes iniciaron y llevan a cabo procesos contra personas descubiertas en manejos ilegales de dinero.

¿Por qué se excluye de la lista a los gobiernos socialistas como Cuba, Nicaragua y Venezuela? La respuesta es bastante simple: porque en ellos la corrupción es monopolio del Estado.

Xi-Jinping recibió la presidencia vitalicia de China por su principal campaña de abatimiento a la escandalosa corrupción en ese país.

Así, pues, en tales lugares la corrupción es propiamente descubrimiento de una práctica cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos y en el pasado de todos los pueblos.

La corrupción de ningún modo constituye -contrariamente a lo que se piensa o se ha querido hacer pensar, en las luchas por el poder- patrimonio privado de ninguna patria, doctrina ideológica o religiosa, partido, etnia o clase social. En todos sus nombres, formas y expresiones (cohecho, corruptela, chantaje, mordida, peculado, soborno, etc.) es, infortunadamente, mal endémico de la humanidad.

Tampoco eso la justifica, desde luego, ni consuela saber que es mal de muchos. Pero conviene dar una revisada, aunque sea somera, al asunto.

Ningún sistema económico o de gobierno hay que se salve, ninguno, hasta ahora, de ese género de contaminación ética que involucra tanto al corrupto o potencialmente corruptible, como al transcurso corruptivo y, obviamente, al corruptor. Existe por más que los involucrados pretendan atenuar sus faltas con subterfugios como el del “complot”.

“¿Cuál fue el primer caso documentado de corrupción?”, se pregunta Piergiorgio M. Sandri en su estudio Historia de la corrupción; y se responde: “Difícil saberlo. Algunos historiadores se remontan hasta el reinado de Ramsés IX, 1100 a. C., en Egipto. Un tal Peser, antiguo funcionario del faraón, denunció en un documento los negocios sucios de otro funcionario, que se había asociado con una banda de profanadores de tumbas... Los griegos tampoco tenían un comportamiento ejemplar. En el año 324 a. C., Demóstenes, acusado de haberse apoderado de las sumas depositadas en la Acrópolis por el tesorero de Alejandro, fue condenado y obligado a huir. Y Pericles, conocido como el Incorruptible, fue acusado de haber especulado sobre los trabajos de construcción del Partenón.”

Carlo Alberto Brioschi, autor de Breve historia de la corrupción (Taurus, 2010), escribe: “En la antigüedad, ´engrasar las ruedas´ era una costumbre tan difundida como hoy y considerada en algún caso incluso lícita… Por ejemplo, en la antigua Mesopotamia, en el año 1500 a. C., establecer un trato económico con un poderoso no era distinto de otras transacciones sociales y comerciales y era una vía reconocida para establecer relaciones pacíficas”.

Agrega que “La llegada de la religión católica impuso un cambio de moral importante. Robar pasó a ser un pecado, pero, al mismo tiempo, con la confesión era posible hacer tabla rasa [borrón y cuenta nueva], lo que desencadenó una larga serie de abusos.

El cristianismo -sigue en su explicación-, predicando el espíritu de sacrificio y la renuncia a toda vanidad, introduce en su lugar la pereza, la miseria, la negligencia; en pocas palabras, la destrucción de las artes´, escribió Diderot en su Enciclopedia (por cierto, no hay que olvidar que, según la Biblia, la corrupción era una práctica tan extendida al punto de que, como todos sabemos, Judas Iscariote vendió a los romanos a su maestro Jesús por treinta monedas de plata).”

Recuerda el papado de los Borgia, el cual “merecería un capítulo aparte. Pocas personas a lo largo de la historia fueron capaces de concentrar tanta amoralidad. Pero en esa época la corrupción parecía un mal menor. Como escribió en aquellos años Maquiavelo, ´que el príncipe no se preocupe de incurrir en la infamia de estos vicios, sin los cuales difícilmente podrá salvar al Estado´. Cuando Cristóbal Colón se lanza a la conquista de América, no puede hacer otra cosa que exclamar: ´El oro, cual cosa maravillosa, quienquiera que lo posea es dueño de conseguir todo lo que desee. Con él, hasta las ánimas pueden subir al cielo´.

Sólo agregaré la advertencia de evitar la mezcla o implicación del concepto de corrupción con el de política, ya que son mutuamente excluyentes. La política es manera de servir, jamás de servirse, desde el poder público, para lograr el bien general. La expresión “político corrupto” carece de realidad y congruencia: el corrupto es un delincuente, infractor, inmoral y antiético, pero jamás llegará, por eso, a ser un político. Como digo siempre: al final la política nos salvará.

Entonces, la corrupción debe ser excluida de la lista de inventos mexicanos, aunque esta república cuente -desde ayer, ahora y en el porvenir, qué remedio- con practicantes notables en todos los campos de su existencia.

Buena cantidad de naciones del planeta descubrió, hace poco tiempo, que entre sus ciudadanos, públicos y privados, la corrupción es ejercicio cotidiano: países de todos los continentes iniciaron y llevan a cabo procesos contra personas descubiertas en manejos ilegales de dinero.

¿Por qué se excluye de la lista a los gobiernos socialistas como Cuba, Nicaragua y Venezuela? La respuesta es bastante simple: porque en ellos la corrupción es monopolio del Estado.

Xi-Jinping recibió la presidencia vitalicia de China por su principal campaña de abatimiento a la escandalosa corrupción en ese país.

Así, pues, en tales lugares la corrupción es propiamente descubrimiento de una práctica cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos y en el pasado de todos los pueblos.

La corrupción de ningún modo constituye -contrariamente a lo que se piensa o se ha querido hacer pensar, en las luchas por el poder- patrimonio privado de ninguna patria, doctrina ideológica o religiosa, partido, etnia o clase social. En todos sus nombres, formas y expresiones (cohecho, corruptela, chantaje, mordida, peculado, soborno, etc.) es, infortunadamente, mal endémico de la humanidad.

Tampoco eso la justifica, desde luego, ni consuela saber que es mal de muchos. Pero conviene dar una revisada, aunque sea somera, al asunto.

Ningún sistema económico o de gobierno hay que se salve, ninguno, hasta ahora, de ese género de contaminación ética que involucra tanto al corrupto o potencialmente corruptible, como al transcurso corruptivo y, obviamente, al corruptor. Existe por más que los involucrados pretendan atenuar sus faltas con subterfugios como el del “complot”.

“¿Cuál fue el primer caso documentado de corrupción?”, se pregunta Piergiorgio M. Sandri en su estudio Historia de la corrupción; y se responde: “Difícil saberlo. Algunos historiadores se remontan hasta el reinado de Ramsés IX, 1100 a. C., en Egipto. Un tal Peser, antiguo funcionario del faraón, denunció en un documento los negocios sucios de otro funcionario, que se había asociado con una banda de profanadores de tumbas... Los griegos tampoco tenían un comportamiento ejemplar. En el año 324 a. C., Demóstenes, acusado de haberse apoderado de las sumas depositadas en la Acrópolis por el tesorero de Alejandro, fue condenado y obligado a huir. Y Pericles, conocido como el Incorruptible, fue acusado de haber especulado sobre los trabajos de construcción del Partenón.”

Carlo Alberto Brioschi, autor de Breve historia de la corrupción (Taurus, 2010), escribe: “En la antigüedad, ´engrasar las ruedas´ era una costumbre tan difundida como hoy y considerada en algún caso incluso lícita… Por ejemplo, en la antigua Mesopotamia, en el año 1500 a. C., establecer un trato económico con un poderoso no era distinto de otras transacciones sociales y comerciales y era una vía reconocida para establecer relaciones pacíficas”.

Agrega que “La llegada de la religión católica impuso un cambio de moral importante. Robar pasó a ser un pecado, pero, al mismo tiempo, con la confesión era posible hacer tabla rasa [borrón y cuenta nueva], lo que desencadenó una larga serie de abusos.

El cristianismo -sigue en su explicación-, predicando el espíritu de sacrificio y la renuncia a toda vanidad, introduce en su lugar la pereza, la miseria, la negligencia; en pocas palabras, la destrucción de las artes´, escribió Diderot en su Enciclopedia (por cierto, no hay que olvidar que, según la Biblia, la corrupción era una práctica tan extendida al punto de que, como todos sabemos, Judas Iscariote vendió a los romanos a su maestro Jesús por treinta monedas de plata).”

Recuerda el papado de los Borgia, el cual “merecería un capítulo aparte. Pocas personas a lo largo de la historia fueron capaces de concentrar tanta amoralidad. Pero en esa época la corrupción parecía un mal menor. Como escribió en aquellos años Maquiavelo, ´que el príncipe no se preocupe de incurrir en la infamia de estos vicios, sin los cuales difícilmente podrá salvar al Estado´. Cuando Cristóbal Colón se lanza a la conquista de América, no puede hacer otra cosa que exclamar: ´El oro, cual cosa maravillosa, quienquiera que lo posea es dueño de conseguir todo lo que desee. Con él, hasta las ánimas pueden subir al cielo´.

Sólo agregaré la advertencia de evitar la mezcla o implicación del concepto de corrupción con el de política, ya que son mutuamente excluyentes. La política es manera de servir, jamás de servirse, desde el poder público, para lograr el bien general. La expresión “político corrupto” carece de realidad y congruencia: el corrupto es un delincuente, infractor, inmoral y antiético, pero jamás llegará, por eso, a ser un político. Como digo siempre: al final la política nos salvará.

Entonces, la corrupción debe ser excluida de la lista de inventos mexicanos, aunque esta república cuente -desde ayer, ahora y en el porvenir, qué remedio- con practicantes notables en todos los campos de su existencia.