/ domingo 22 de marzo de 2020

Ignacio Ramírez y Las Californias Segunda de 4 partes

Una epístola más, fechada en “Mulegé, Febrero de 1865”, recoge las andanzas californianas del ilustre guanajuatense:

“Este Mulegé se encuentra a la mitad de la costa que cierra el golfo llamado de California. A una legua del mar, entre cerros, nace y corre un arroyuelo que a poco andar mezcla sus aguas con las de la alta marea; en ese pequeño espacio, rumbo al norte, alimenta una población de dos mil almas, y rumbo al sur, a la derecha de su boca riega bellísimos sembrados donde bosques datilíferos sorprenden las miradas, y la caña de azúcar asegura la comodidad a modestos labradores. Una docena de buquecillos se llevan cada año a Guaymas todos los frutos del pueblo y los vinos de cuatro ranchos que se esconden a cuarenta leguas de distancia, tal vez entre las rocas bañadas por el Pacífico. A un lado de la barra se extiende un golfo, celebrado por mil circunstancias envidiables, pero carece de agua potable. El lugar es pintoresco, pero hoy no he amanecido para dibujos.

La costa, por el espacio de media legua hacia el interior, abunda en conchas y caracoles; también presenta lechos metalíferos, y en el fondo de las barrancas grandes trozos de talco: todo el terreno es quebrado y compuesto de ramales desprendidos de la cordillera principal que corre a cosa de seis leguas. Los despojos marítimos se encuentran hasta la altura de veinte metros. Entre las conchas llaman la atención por su número el peine coralino, aunque casi siempre aparece en fragmentos, y varias clases de telinas y cetéreas. Los spóndylos, llamados ostras espinosas, forman bancos con sus variedades, distinguiéndose entre éstas una que en el interior de las valvas conserva una faja morada que proviene de un líquido que el animal secreta de sus franjas. Entre los caracoles distinguirás toda clase de porcelanas y algunos conos. La concha de la perla, el solario y la pírula se desgranan de todas aquellas alturas arenáceas. Todos estos géneros, y otros, viven en el golfo.

Alejándote de éste, caminas tres leguas por un bosque cubierto de árboles cuya corteza sirve para la curtiduría, y bajo cuyas raíces se depositan las aguas que más abajo, al pie de una peña inmensa, brotan para las delicias de Mulejé. Sigue tu camino al oeste y tendrás que escalar seis leguas del mar la cordillera que sirve de eje a la península. Subirás de cuatrocientos a quinientos metros. Desde su cumbre hasta el Pacífico hay una pendiente de treinta leguas, enladrillada de lava. Nada de vegetación; pero esta pendiente está surcada de profundísimas barrancas; la que seguirás desde la cumbre tendrá, por término medio, sesenta metros de profundidad y cien de ancho. En esta barranca se agradan los mezquites y las chollas, y el copal no escasea; por sus paredes ves diversas capas geológicas y, además, los vestigios de inundaciones que han permanecido a diversas alturas.

Apresúrate a llegar al Pacífico. A media legua del mar el terreno se quiebra; bajo la lava se descubren diversas capas; una de éstas, que tendrá diez metros de altura, se compone de piedras que parecen árboles petrificados. En esta playa, una faja de veinte metros de elevación y cien de ancho vuelve a estar compuesta con los despojos de los mares actuales. Las especies conquiliológicas varían, pero las domina aquel magnífico haliotis que es tan codiciado de las damas y de las artes.

Resultado de todo esto: la Baja California en la época actual ha estado sumergida unos treinta metros entre las aguas del mar; en un tiempo anterior estuvo enteramente cubierta por las olas; y, por último, se fue levantando poco a poco, según se puede estudiar por los vestigios que se conservan en las barrancas. Has de saber que en aquella península no llueve lo bastante sino para cubrir cada diez años, por tres o cuatro horas, el fondo de esas cañadas.

¿Y bien –me preguntarás--, qué infiero de esta teoría?

-- Yo, nada; ¿y tú? Pero mis observaciones te pintarán el país donde me encuentro; servirán de base para unos proyectos que tengo de canalización y ferrocarril, y te explicarán por qué me he dedicado a beber todo el vino que encuentro por estos ranchos.

Una epístola más, fechada en “Mulegé, Febrero de 1865”, recoge las andanzas californianas del ilustre guanajuatense:

“Este Mulegé se encuentra a la mitad de la costa que cierra el golfo llamado de California. A una legua del mar, entre cerros, nace y corre un arroyuelo que a poco andar mezcla sus aguas con las de la alta marea; en ese pequeño espacio, rumbo al norte, alimenta una población de dos mil almas, y rumbo al sur, a la derecha de su boca riega bellísimos sembrados donde bosques datilíferos sorprenden las miradas, y la caña de azúcar asegura la comodidad a modestos labradores. Una docena de buquecillos se llevan cada año a Guaymas todos los frutos del pueblo y los vinos de cuatro ranchos que se esconden a cuarenta leguas de distancia, tal vez entre las rocas bañadas por el Pacífico. A un lado de la barra se extiende un golfo, celebrado por mil circunstancias envidiables, pero carece de agua potable. El lugar es pintoresco, pero hoy no he amanecido para dibujos.

La costa, por el espacio de media legua hacia el interior, abunda en conchas y caracoles; también presenta lechos metalíferos, y en el fondo de las barrancas grandes trozos de talco: todo el terreno es quebrado y compuesto de ramales desprendidos de la cordillera principal que corre a cosa de seis leguas. Los despojos marítimos se encuentran hasta la altura de veinte metros. Entre las conchas llaman la atención por su número el peine coralino, aunque casi siempre aparece en fragmentos, y varias clases de telinas y cetéreas. Los spóndylos, llamados ostras espinosas, forman bancos con sus variedades, distinguiéndose entre éstas una que en el interior de las valvas conserva una faja morada que proviene de un líquido que el animal secreta de sus franjas. Entre los caracoles distinguirás toda clase de porcelanas y algunos conos. La concha de la perla, el solario y la pírula se desgranan de todas aquellas alturas arenáceas. Todos estos géneros, y otros, viven en el golfo.

Alejándote de éste, caminas tres leguas por un bosque cubierto de árboles cuya corteza sirve para la curtiduría, y bajo cuyas raíces se depositan las aguas que más abajo, al pie de una peña inmensa, brotan para las delicias de Mulejé. Sigue tu camino al oeste y tendrás que escalar seis leguas del mar la cordillera que sirve de eje a la península. Subirás de cuatrocientos a quinientos metros. Desde su cumbre hasta el Pacífico hay una pendiente de treinta leguas, enladrillada de lava. Nada de vegetación; pero esta pendiente está surcada de profundísimas barrancas; la que seguirás desde la cumbre tendrá, por término medio, sesenta metros de profundidad y cien de ancho. En esta barranca se agradan los mezquites y las chollas, y el copal no escasea; por sus paredes ves diversas capas geológicas y, además, los vestigios de inundaciones que han permanecido a diversas alturas.

Apresúrate a llegar al Pacífico. A media legua del mar el terreno se quiebra; bajo la lava se descubren diversas capas; una de éstas, que tendrá diez metros de altura, se compone de piedras que parecen árboles petrificados. En esta playa, una faja de veinte metros de elevación y cien de ancho vuelve a estar compuesta con los despojos de los mares actuales. Las especies conquiliológicas varían, pero las domina aquel magnífico haliotis que es tan codiciado de las damas y de las artes.

Resultado de todo esto: la Baja California en la época actual ha estado sumergida unos treinta metros entre las aguas del mar; en un tiempo anterior estuvo enteramente cubierta por las olas; y, por último, se fue levantando poco a poco, según se puede estudiar por los vestigios que se conservan en las barrancas. Has de saber que en aquella península no llueve lo bastante sino para cubrir cada diez años, por tres o cuatro horas, el fondo de esas cañadas.

¿Y bien –me preguntarás--, qué infiero de esta teoría?

-- Yo, nada; ¿y tú? Pero mis observaciones te pintarán el país donde me encuentro; servirán de base para unos proyectos que tengo de canalización y ferrocarril, y te explicarán por qué me he dedicado a beber todo el vino que encuentro por estos ranchos.

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