/ miércoles 3 de julio de 2019

El nigromante y las Californias

El guanajuatense don Ignacio Ramírez Calzada (1818-1879), figura sobresaliente de su siglo y del México posterior, por razones de su trashumancia derivada de los conflictos políticos e ideológicos que le produjeron su talento, sabiduría, patriotismo y valor civil, se vinculó personalmente a California desde los tiempos en que sus componentes peninsular y continental eran una sola.

En uno de sus trabajos expresó interesantes puntos de vista acerca de lo que todavía en su tiempo se conocía como “las Californias”; para entender ello se debe tomar en cuenta que, hacia la fecha de su publicación (1846), se generaba la invasión norteamericana a esta parte del territorio nacional, que culminó en la pérdida de su región septentrional.

El Nigromante dice que las Californias “pueden comerciar fácilmente con la Rusia, con el Japón, con la China, con la India Oriental..., con los Estados Unidos, con [el resto de] México y con la mayor parte de las repúblicas de América.”

Y advierte el dilema de colonizar las Californias o perderlas: “he aquí -asevera- la sentencia que han intimado a México los intereses del mundo; y pues todavía se puede elegir, debemos con el mayor empeño ocuparnos de la colonización.”

Afirma que abrir esta extensa superficie a los extranjeros significaría perderla, y recomienda, pues, colonizarla con “numerosos ciudadanos que puedan convertirse en colonos y calcular prudentemente los medios de promover y asegurar la empresa.”

Empero, asegura que dicha nueva población “no puede tener las mismas leyes, las mismas costumbres, las mismas preocupaciones de la metrópoli

[Ciudad de México], pues los colonos van huyendo de esas preocupaciones, costumbres y leyes que tienen a su patria sumida en la ignorancia y la miseria, y por lo mismo que son propias de una nación semibárbara, no pueden convenir a un pueblo que prospera.”

A la pregunta de qué ventajas derivarían de ello para el resto del país, se responde que México tendría ahí “un fondo dotal [abundante] inexhausto para nuestras clases menesterosas, un establecimiento de corrección para nuestros criminales, una escuela para nuestros marinos, un asilo para las libertades moribundas, y un mercado para nuestra industria...”

En síntesis, se entrevé en el texto del poeta republicano la preocupación que le suscita la expansión de los Estados Unidos hacia el Pacífico mexicano (descarado latrocinio que se ha pretendido desdibujar con la designación de “conquista del Oeste”), así como el abandono en que nuestros compatriotas tuvieron a las Californias hasta que perdieron el enorme territorio que va desde San Diego hasta Oregon.

Pero merece análisis detenido su propuesta de que, por las condiciones particulares de esta extensa porción de México (ubicación, recursos e historia), en ella deberían establecerse leyes diferentes a las del resto de la nación, pues tales normas “no pueden convenir a un pueblo que prospera.”

Proposición recuperable todavía, pudiera añadirse.

El siguiente es un párrafo alusivo de la carta que envió Ramírez a Guillermo Prieto (“Fidel”) desde San Francisco, Alta California, el 1 de enero de 1864:

“Saludemos la península californiana, que ha sido objeto de tantas especulaciones y de tantas empresas; en ella, con trabajo, la planta, el animal y el hombre encuentran un riachuelo donde abrir una flor, donde colocar un nido, donde formar una choza; sus puntas peñascosas son las cumbres de unos Andes sumergidos en las revueltas olas de un diluvio; parece que el mar acaba de bañarla y de apagar sus volcanes, y que amenaza devorarla para siempre: embrión o esqueleto, el buitre de la codicia no la ha perdonado.”

En otra misiva al mismo Prieto desde el “Golfo de California, noviembre de 1864”, apunta:

“…la mar tranquila promete no hacer ilegible mi detestable letra; acabo de vaciar la última botella que adornaba nuestras provisiones; mañana tendremos tempestad y hambre; pero los vientos nos llevarán a La Paz, y allí improvisaremos un almuerzo abundante: ¡estoy alegre!”

Una epístola más, fechada en “Mulegé, Febrero de 1865”, recoge partes de las andanzas californianas del ilustre guanajuatense:

“Este Mulegé se encuentra a la mitad de la costa que cierra el golfo llamado de California. A una legua del mar, entre cerros, nace y corre un arroyuelo que a poco andar mezcla sus aguas con las de la alta marea; en ese pequeño espacio, rumbo al norte, alimenta una población de dos mil almas, y rumbo al sur, a la derecha de su boca riega bellísimos sembrados donde bosques datileros sorprenden las miradas, y la caña de azúcar asegura la comodidad a modestos labradores. Una docena de buquecillos se llevan cada año a Guaymas todos los frutos del pueblo y los vinos de cuatro ranchos que se esconden a cuarenta leguas de distancia, tal vez entre las rocas bañadas por el Pacífico. A un lado de la barra se extiende un golfo, celebrado por mil circunstancias envidiables, pero carece de agua potable. El lugar es pintoresco, pero hoy no he amanecido para dibujos.”

Hay mucho más que leer sobre los apuntes de Ramírez sobre nuestra California pero este espacio es limitado. La totalidad puede encontrarla el interés del lector en el primer tomo de la compilación realizada por Ignacio M. Altamirano en 1889, y en el primer volumen de las obras completas de este personaje, por David Maciel y Boris Rosen, en 1983.

em­_coronado@yahoo.com

El guanajuatense don Ignacio Ramírez Calzada (1818-1879), figura sobresaliente de su siglo y del México posterior, por razones de su trashumancia derivada de los conflictos políticos e ideológicos que le produjeron su talento, sabiduría, patriotismo y valor civil, se vinculó personalmente a California desde los tiempos en que sus componentes peninsular y continental eran una sola.

En uno de sus trabajos expresó interesantes puntos de vista acerca de lo que todavía en su tiempo se conocía como “las Californias”; para entender ello se debe tomar en cuenta que, hacia la fecha de su publicación (1846), se generaba la invasión norteamericana a esta parte del territorio nacional, que culminó en la pérdida de su región septentrional.

El Nigromante dice que las Californias “pueden comerciar fácilmente con la Rusia, con el Japón, con la China, con la India Oriental..., con los Estados Unidos, con [el resto de] México y con la mayor parte de las repúblicas de América.”

Y advierte el dilema de colonizar las Californias o perderlas: “he aquí -asevera- la sentencia que han intimado a México los intereses del mundo; y pues todavía se puede elegir, debemos con el mayor empeño ocuparnos de la colonización.”

Afirma que abrir esta extensa superficie a los extranjeros significaría perderla, y recomienda, pues, colonizarla con “numerosos ciudadanos que puedan convertirse en colonos y calcular prudentemente los medios de promover y asegurar la empresa.”

Empero, asegura que dicha nueva población “no puede tener las mismas leyes, las mismas costumbres, las mismas preocupaciones de la metrópoli

[Ciudad de México], pues los colonos van huyendo de esas preocupaciones, costumbres y leyes que tienen a su patria sumida en la ignorancia y la miseria, y por lo mismo que son propias de una nación semibárbara, no pueden convenir a un pueblo que prospera.”

A la pregunta de qué ventajas derivarían de ello para el resto del país, se responde que México tendría ahí “un fondo dotal [abundante] inexhausto para nuestras clases menesterosas, un establecimiento de corrección para nuestros criminales, una escuela para nuestros marinos, un asilo para las libertades moribundas, y un mercado para nuestra industria...”

En síntesis, se entrevé en el texto del poeta republicano la preocupación que le suscita la expansión de los Estados Unidos hacia el Pacífico mexicano (descarado latrocinio que se ha pretendido desdibujar con la designación de “conquista del Oeste”), así como el abandono en que nuestros compatriotas tuvieron a las Californias hasta que perdieron el enorme territorio que va desde San Diego hasta Oregon.

Pero merece análisis detenido su propuesta de que, por las condiciones particulares de esta extensa porción de México (ubicación, recursos e historia), en ella deberían establecerse leyes diferentes a las del resto de la nación, pues tales normas “no pueden convenir a un pueblo que prospera.”

Proposición recuperable todavía, pudiera añadirse.

El siguiente es un párrafo alusivo de la carta que envió Ramírez a Guillermo Prieto (“Fidel”) desde San Francisco, Alta California, el 1 de enero de 1864:

“Saludemos la península californiana, que ha sido objeto de tantas especulaciones y de tantas empresas; en ella, con trabajo, la planta, el animal y el hombre encuentran un riachuelo donde abrir una flor, donde colocar un nido, donde formar una choza; sus puntas peñascosas son las cumbres de unos Andes sumergidos en las revueltas olas de un diluvio; parece que el mar acaba de bañarla y de apagar sus volcanes, y que amenaza devorarla para siempre: embrión o esqueleto, el buitre de la codicia no la ha perdonado.”

En otra misiva al mismo Prieto desde el “Golfo de California, noviembre de 1864”, apunta:

“…la mar tranquila promete no hacer ilegible mi detestable letra; acabo de vaciar la última botella que adornaba nuestras provisiones; mañana tendremos tempestad y hambre; pero los vientos nos llevarán a La Paz, y allí improvisaremos un almuerzo abundante: ¡estoy alegre!”

Una epístola más, fechada en “Mulegé, Febrero de 1865”, recoge partes de las andanzas californianas del ilustre guanajuatense:

“Este Mulegé se encuentra a la mitad de la costa que cierra el golfo llamado de California. A una legua del mar, entre cerros, nace y corre un arroyuelo que a poco andar mezcla sus aguas con las de la alta marea; en ese pequeño espacio, rumbo al norte, alimenta una población de dos mil almas, y rumbo al sur, a la derecha de su boca riega bellísimos sembrados donde bosques datileros sorprenden las miradas, y la caña de azúcar asegura la comodidad a modestos labradores. Una docena de buquecillos se llevan cada año a Guaymas todos los frutos del pueblo y los vinos de cuatro ranchos que se esconden a cuarenta leguas de distancia, tal vez entre las rocas bañadas por el Pacífico. A un lado de la barra se extiende un golfo, celebrado por mil circunstancias envidiables, pero carece de agua potable. El lugar es pintoresco, pero hoy no he amanecido para dibujos.”

Hay mucho más que leer sobre los apuntes de Ramírez sobre nuestra California pero este espacio es limitado. La totalidad puede encontrarla el interés del lector en el primer tomo de la compilación realizada por Ignacio M. Altamirano en 1889, y en el primer volumen de las obras completas de este personaje, por David Maciel y Boris Rosen, en 1983.

em­_coronado@yahoo.com

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