/ lunes 14 de septiembre de 2020

Refundadores de la vida

Bajo la piel del dolor y el luto provocado por la pandemia, se esconde uno de los momentos mejores de la humanidad que, ojalá, desemboque en una refundación de la vida. Nunca antes un movimiento global se había desatado con tal frenesí, espíritu de cooperación y solidaridad. Su columna vertebral es el conocimiento y la ciencia.

Decenas de países y cientos de empresas, millares de científicos en todo el planeta trabajan alrededor del reloj para aliviar a la humanidad de los estragos de la pandemia.

Las vertientes médicas son tres: encontrar pronto una vacuna; hallar diagnósticos tempranos de bajo costo y enfocarse en los posibles tratamientos.

Los grandes clusters científicos se han enlazado entre sí, con la academia, centros de investigación, empresas y gobiernos para intercambiar información y hallazgos.

Tras el brote inicial en China, su gobierno abrió lo que sabía sobre el virus: esa fue la patada de salida de un estudio de caso global que va encontrando hallazgos y desengaños en tiempo real en los cinco continentes.

De ahí que el avance en la posibilidad de obtener una vacuna se ha dado en un tiempo vertiginoso. Nos ha parecido una eternidad, pero no lo es. Así esté lista en 2022 como ha alertado la OMS sería un portento del conocimiento humano.

Estamos, además, en los albores de dar un salto enorme: una vertiente conduce al desarrollo de la primera vacuna de ADN contra un coronavirus. El resultado podría ser una revolución en la salud a través de la inserción de secuencias genéticas del antígeno en el cuerpo.

Más allá de la vacuna, otra rama de estudio consiste en hallar una prueba rápida, confiable y muy barata. De lograrlo, los tratamientos se darían en casa, temprano, reduciendo aún más la letalidad. Eso favorecería, además, a disminuir los contagios.

Por último, hay una carrera para incrementar la efectividad de los tratamientos. Sabemos que el COVID es un virus altamente contagioso, una pésima noticia, pero de baja letalidad, una no tan mala. El problema es que la primera característica amenaza con la extensión en el tiempo de una pandemia de alcances horrendos. De ahí que la posibilidad de ir refinando los tratamientos eficientes en etapas tempranas es clave.

Con todo, como nunca antes se ha desarrollado un esfuerzo de tal magnitud para saber, entender y curar.

Los esfuerzos anteriores fueron aislados en la geografía, o subordinados a intereses geopolíticos.

En algunos años, cuando venzamos al virus -porque lo haremos- comenzaremos a conocer los nombres de estos nuevos conquistadores. Los refundadores de la vida.

Los investigadores y científicos que se lanzaron a navegar en el mar oscuro de lo desconocido. Ahí, en los abismos de la muerte que vive virus adentro.

Bajo la piel del dolor y el luto provocado por la pandemia, se esconde uno de los momentos mejores de la humanidad que, ojalá, desemboque en una refundación de la vida. Nunca antes un movimiento global se había desatado con tal frenesí, espíritu de cooperación y solidaridad. Su columna vertebral es el conocimiento y la ciencia.

Decenas de países y cientos de empresas, millares de científicos en todo el planeta trabajan alrededor del reloj para aliviar a la humanidad de los estragos de la pandemia.

Las vertientes médicas son tres: encontrar pronto una vacuna; hallar diagnósticos tempranos de bajo costo y enfocarse en los posibles tratamientos.

Los grandes clusters científicos se han enlazado entre sí, con la academia, centros de investigación, empresas y gobiernos para intercambiar información y hallazgos.

Tras el brote inicial en China, su gobierno abrió lo que sabía sobre el virus: esa fue la patada de salida de un estudio de caso global que va encontrando hallazgos y desengaños en tiempo real en los cinco continentes.

De ahí que el avance en la posibilidad de obtener una vacuna se ha dado en un tiempo vertiginoso. Nos ha parecido una eternidad, pero no lo es. Así esté lista en 2022 como ha alertado la OMS sería un portento del conocimiento humano.

Estamos, además, en los albores de dar un salto enorme: una vertiente conduce al desarrollo de la primera vacuna de ADN contra un coronavirus. El resultado podría ser una revolución en la salud a través de la inserción de secuencias genéticas del antígeno en el cuerpo.

Más allá de la vacuna, otra rama de estudio consiste en hallar una prueba rápida, confiable y muy barata. De lograrlo, los tratamientos se darían en casa, temprano, reduciendo aún más la letalidad. Eso favorecería, además, a disminuir los contagios.

Por último, hay una carrera para incrementar la efectividad de los tratamientos. Sabemos que el COVID es un virus altamente contagioso, una pésima noticia, pero de baja letalidad, una no tan mala. El problema es que la primera característica amenaza con la extensión en el tiempo de una pandemia de alcances horrendos. De ahí que la posibilidad de ir refinando los tratamientos eficientes en etapas tempranas es clave.

Con todo, como nunca antes se ha desarrollado un esfuerzo de tal magnitud para saber, entender y curar.

Los esfuerzos anteriores fueron aislados en la geografía, o subordinados a intereses geopolíticos.

En algunos años, cuando venzamos al virus -porque lo haremos- comenzaremos a conocer los nombres de estos nuevos conquistadores. Los refundadores de la vida.

Los investigadores y científicos que se lanzaron a navegar en el mar oscuro de lo desconocido. Ahí, en los abismos de la muerte que vive virus adentro.

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