/ lunes 6 de julio de 2020

La Unidad Inaplazable

El arma más letal que puede tener un ser humano es la palabra. Las palabras hieren. Ofenden. Agreden. Lastiman. Los momentos más trágicos de México se han dado en medio del encono, el rencor, de la incapacidad de vernos en el otro: de trabajar juntos. De unir propósitos.

La asechanza externa se inoculó en medio de la división nacional. España trató de reconquistarnos en 1829. Texas se separó en 1836. Francia amagó invadirnos en 1838 y luego lo haría en 1857. En 1847 Estados Unidos nos quitó medio territorio.

El virus de la intervención se inoculó entre las fisuras de la división nacional. La independencia se logró con respecto a España pero mantuvimos la dependencia a la desconfianza. México no logró un gran acuerdo nacional y eso desembocó en la ruptura pero antes, en la fragilidad.

Entre 1824 y 1857 el país registró 49 gobiernos: uno cada 8 meses en promedio. La lucha fratricida del periodo fue entre yorkinos y escoceses, entre liberales y conservadores, entre republicanos y centralistas, entre militares y civiles. El diferendo se resolvió por la fuerza de las armas: tras la victoria liberal en la Guerra de Intervención.

No fue suficiente. El país volvería a ensangrentarse en la guerra civil en la que derivó la revolución mexicana.

Hoy, México acusa los estragos de una división no solamente triste: peligrosa.

La mayor destrucción de los meses recientes ha sido la de la unidad y la solidaridad entre las y los mexicanos. Hay una confrontación de clases, de géneros, de geografía, de militancias.

Los radicalismos consumen la convivencia y no existe un liderazgo que reconcilie: por el contrario cada día, temprano en la mañana, se atiza la división como forma de unir a una base política, así sea al costo de socavar los fundamentos de la nación.

Las lecciones de la historia recuerdan que la palabra pública tiene un peso específico. Comenzar un gran incendio es fácil, lo difícil es apagarlo.

Por eso las palabras son vitales para la vida pública.

Hoy, enfrentamos un desastre nacional, sin paliativos. 12 millones de empleos destruidos. 10 millones de nuevos pobres. 500 mil empresas cerrarán este año. 55 mil ejecutados en 18 meses. Un cuarto de millón de infectados. 30 mil decesos por COVID.

¿Qué parte no se calibra de esta tragedia nacional?

Bajo ella, se atiza cada día el resentimiento. La respuesta lamentable de la primera dama a una petición ciudadana habla de arrogancia, pero también de desprecio por el dolor de los demás. Ese arrebato fue respondido no sólo con la natural indignación, sino también con el insulto, la procacidad, la vileza: el país partido en dos radicalismos.

Lo recordaba Kennedy: se ganan elecciones con una fracción, pero se gobierna con mayorías.

Como sociedad nos corresponderá, entonces, recuperar la cultura del consenso. Es preciso recordarnos los unos a los otros que la solidaridad, la empatía, el respeto es lo que nos hace mexicanos.

También que deberemos inventar una multiplicidad de liderazgos independientes que restauren la unidad nacional.

Habrá que repetir que la concordia importa y que el diálogo sirve.

Hay que hacerlo pronto, antes que repitamos el epitafio de De Larra: “Aquí yace media España. Murió de la otra mitad.”

@fvazquezrig

El arma más letal que puede tener un ser humano es la palabra. Las palabras hieren. Ofenden. Agreden. Lastiman. Los momentos más trágicos de México se han dado en medio del encono, el rencor, de la incapacidad de vernos en el otro: de trabajar juntos. De unir propósitos.

La asechanza externa se inoculó en medio de la división nacional. España trató de reconquistarnos en 1829. Texas se separó en 1836. Francia amagó invadirnos en 1838 y luego lo haría en 1857. En 1847 Estados Unidos nos quitó medio territorio.

El virus de la intervención se inoculó entre las fisuras de la división nacional. La independencia se logró con respecto a España pero mantuvimos la dependencia a la desconfianza. México no logró un gran acuerdo nacional y eso desembocó en la ruptura pero antes, en la fragilidad.

Entre 1824 y 1857 el país registró 49 gobiernos: uno cada 8 meses en promedio. La lucha fratricida del periodo fue entre yorkinos y escoceses, entre liberales y conservadores, entre republicanos y centralistas, entre militares y civiles. El diferendo se resolvió por la fuerza de las armas: tras la victoria liberal en la Guerra de Intervención.

No fue suficiente. El país volvería a ensangrentarse en la guerra civil en la que derivó la revolución mexicana.

Hoy, México acusa los estragos de una división no solamente triste: peligrosa.

La mayor destrucción de los meses recientes ha sido la de la unidad y la solidaridad entre las y los mexicanos. Hay una confrontación de clases, de géneros, de geografía, de militancias.

Los radicalismos consumen la convivencia y no existe un liderazgo que reconcilie: por el contrario cada día, temprano en la mañana, se atiza la división como forma de unir a una base política, así sea al costo de socavar los fundamentos de la nación.

Las lecciones de la historia recuerdan que la palabra pública tiene un peso específico. Comenzar un gran incendio es fácil, lo difícil es apagarlo.

Por eso las palabras son vitales para la vida pública.

Hoy, enfrentamos un desastre nacional, sin paliativos. 12 millones de empleos destruidos. 10 millones de nuevos pobres. 500 mil empresas cerrarán este año. 55 mil ejecutados en 18 meses. Un cuarto de millón de infectados. 30 mil decesos por COVID.

¿Qué parte no se calibra de esta tragedia nacional?

Bajo ella, se atiza cada día el resentimiento. La respuesta lamentable de la primera dama a una petición ciudadana habla de arrogancia, pero también de desprecio por el dolor de los demás. Ese arrebato fue respondido no sólo con la natural indignación, sino también con el insulto, la procacidad, la vileza: el país partido en dos radicalismos.

Lo recordaba Kennedy: se ganan elecciones con una fracción, pero se gobierna con mayorías.

Como sociedad nos corresponderá, entonces, recuperar la cultura del consenso. Es preciso recordarnos los unos a los otros que la solidaridad, la empatía, el respeto es lo que nos hace mexicanos.

También que deberemos inventar una multiplicidad de liderazgos independientes que restauren la unidad nacional.

Habrá que repetir que la concordia importa y que el diálogo sirve.

Hay que hacerlo pronto, antes que repitamos el epitafio de De Larra: “Aquí yace media España. Murió de la otra mitad.”

@fvazquezrig

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