/ viernes 4 de octubre de 2019

Limpio ser

Tandariola

Es probable que una de las características que mantiene la población citadina contemporánea sea el manejo de la higiene individual, tornándonos ritualistas en cánones conciliados para la definición de la persona aseada. En una sociedad consumista, los parámetros de lo correcto guardan relación estrecha con las necesidades creadas para las gamas de productos que hacen espumas y mantienen aromas.

Esto que menciono es quizá un rubro de interés documental en lo que la Dra. Pilar Gonzalbo Aizpuro, investigadora del Colegio de México, define como “Historia de la vida cotidiana”. Como bien indica, “lo que vivimos hoy y nuestros padres y abuelos vivieron antes, todo cuanto nos rodea, tiene historia y la que construimos día por día”. Nuestros hábitos hacen a la sociedad.

En una somera investigación -también a manera de experimento social, admito-, sondee qué tan aseados y aseadas son algunas personas adultas de mi círculo laboral y fraternal. Esto arrojó algunos datos de contraste. La mayoría se baña todos los días; el 100% usan desodorante, shampoo, gel o crema para peinar; la mayoría usa suavizante de telas; un bajo porcentaje usan papel sanitario con aroma; todas las mujeres se depilan y en promedio, mis entrevistados y entrevistadas se lavan los dientes dos veces al día, aunque hay algunos que lo hacen hasta en cinco ocasiones. Omitiré algunas manías que me parecieron extremas. Y claro, si este sondeo se hubiera realizado a principios del siglo pasado tendría, literal, otros datos.

Simplemente, el papel sanitario, inventado por los chinos en el siglo VI d.C., se hizo popular hacia el año 1890 en Estados Unidos ya en formato de rollo, pero hasta el año de 1928 se mejoró -por fin- el papel y en 1930 se popularizó el paquete con cuatro rollos (www.charmin.com). El éxito de este producto no nos hace olvidar los siglos en los que la humanidad utilizó diversos materiales para limpiarse después de excretar.

Pueden parecer extraños mis planteamientos, pero el espíritu de esto es confirmar aspectos inadmisibles en esta sociedad del siglo XXI: que una persona no se asee según el establishment. Por tanto, no sé si es correcto decir que el olor puede ser un elemento discriminatorio, pero el sentido del olfato es muy sincero ante un vaho persistente, que congrega humores sudorosos, crudas etílicas, bloqueador rancio, tabaco residual, etc.

Es un tema poco usual definir el “mal olor”, que se relaciona con parámetros olfativos que justamente explota con gran éxito la mercadotecnia para los productos de higiene personal. Puede decirse que el boom de la limpieza es uno de los objetivos imparables de los consorcios de productos con alcance mundial, como Procter&Gambler Co. (dueña de Gillette, Tide, Charmin, Downy, Pampers, y otros muchos) cuyas acciones han aumentado 32% en los primeros siete meses del año (Finantial Times. 28/08/019).

¿Considera usted entonces que es una persona aseada? Es más que evidente que cualquiera puede o no cumplir con los ítems de higiene. Bañarse quizá sea el elemental, pero, cómo cumplirlo cuando no se cuenta con el líquido en la vivienda, si 6 de cada 100 casas de nuestro país no tiene agua entubada. O que tal el gasto en los insumos para asearse, cuando se calcula que se gasta por trimestre en promedio y por hogar mexicano unos $2,082.00 pesos solo en cuidados personales (INEGI. México en datos). Se suman además las realidades del escenario rural que contrasta con el urbano, con los usos y costumbres, con el acceso a los servicios y el más sustancial, con el ingreso.

Así, cada quien decide el grado de limpieza que quiere alcanzar y más aún, mantener, despojándonos de las minucias naturales como el aroma del cuerpo que puede o no agradar. Incluso hasta surgen fobias a la suciedad denominadas hoy como la rupofobia o misofobia (www.psicologiaymente.com). La higiene individual, me parece, es escalable pero también, díganle a su nariz, puede ir en retroceso.

Eytale!

En mi facultad impartía clases un maestro singular. Por alguna situación ritual, o porque quizá era antiglobalista o bien medioambientalista, el docente no usaba ningún tipo de producto industrial en su cuerpo; para su aseo usaba sólo jabón natural. Él no sabía de versiones de desodorantes, shampoo, suavizante de telas, perfumes, etc. Vestía siempre de blanco. Sin verlo, percibíamos su presencia. Era contundente. “Por ahí viene el maestro”, decíamos. Su gama de olor, el propio, lo precedía. Probablemente así olíamos hace apenas un siglo y medio.

Comunicóloga, fotógrafa, diseñadora y sibarita. iliana.peralta@gmail.com. En Twitter @LA_PERALTA La Tandariola también se escucha. Disponible en podcast en Ivoox.

Tandariola

Es probable que una de las características que mantiene la población citadina contemporánea sea el manejo de la higiene individual, tornándonos ritualistas en cánones conciliados para la definición de la persona aseada. En una sociedad consumista, los parámetros de lo correcto guardan relación estrecha con las necesidades creadas para las gamas de productos que hacen espumas y mantienen aromas.

Esto que menciono es quizá un rubro de interés documental en lo que la Dra. Pilar Gonzalbo Aizpuro, investigadora del Colegio de México, define como “Historia de la vida cotidiana”. Como bien indica, “lo que vivimos hoy y nuestros padres y abuelos vivieron antes, todo cuanto nos rodea, tiene historia y la que construimos día por día”. Nuestros hábitos hacen a la sociedad.

En una somera investigación -también a manera de experimento social, admito-, sondee qué tan aseados y aseadas son algunas personas adultas de mi círculo laboral y fraternal. Esto arrojó algunos datos de contraste. La mayoría se baña todos los días; el 100% usan desodorante, shampoo, gel o crema para peinar; la mayoría usa suavizante de telas; un bajo porcentaje usan papel sanitario con aroma; todas las mujeres se depilan y en promedio, mis entrevistados y entrevistadas se lavan los dientes dos veces al día, aunque hay algunos que lo hacen hasta en cinco ocasiones. Omitiré algunas manías que me parecieron extremas. Y claro, si este sondeo se hubiera realizado a principios del siglo pasado tendría, literal, otros datos.

Simplemente, el papel sanitario, inventado por los chinos en el siglo VI d.C., se hizo popular hacia el año 1890 en Estados Unidos ya en formato de rollo, pero hasta el año de 1928 se mejoró -por fin- el papel y en 1930 se popularizó el paquete con cuatro rollos (www.charmin.com). El éxito de este producto no nos hace olvidar los siglos en los que la humanidad utilizó diversos materiales para limpiarse después de excretar.

Pueden parecer extraños mis planteamientos, pero el espíritu de esto es confirmar aspectos inadmisibles en esta sociedad del siglo XXI: que una persona no se asee según el establishment. Por tanto, no sé si es correcto decir que el olor puede ser un elemento discriminatorio, pero el sentido del olfato es muy sincero ante un vaho persistente, que congrega humores sudorosos, crudas etílicas, bloqueador rancio, tabaco residual, etc.

Es un tema poco usual definir el “mal olor”, que se relaciona con parámetros olfativos que justamente explota con gran éxito la mercadotecnia para los productos de higiene personal. Puede decirse que el boom de la limpieza es uno de los objetivos imparables de los consorcios de productos con alcance mundial, como Procter&Gambler Co. (dueña de Gillette, Tide, Charmin, Downy, Pampers, y otros muchos) cuyas acciones han aumentado 32% en los primeros siete meses del año (Finantial Times. 28/08/019).

¿Considera usted entonces que es una persona aseada? Es más que evidente que cualquiera puede o no cumplir con los ítems de higiene. Bañarse quizá sea el elemental, pero, cómo cumplirlo cuando no se cuenta con el líquido en la vivienda, si 6 de cada 100 casas de nuestro país no tiene agua entubada. O que tal el gasto en los insumos para asearse, cuando se calcula que se gasta por trimestre en promedio y por hogar mexicano unos $2,082.00 pesos solo en cuidados personales (INEGI. México en datos). Se suman además las realidades del escenario rural que contrasta con el urbano, con los usos y costumbres, con el acceso a los servicios y el más sustancial, con el ingreso.

Así, cada quien decide el grado de limpieza que quiere alcanzar y más aún, mantener, despojándonos de las minucias naturales como el aroma del cuerpo que puede o no agradar. Incluso hasta surgen fobias a la suciedad denominadas hoy como la rupofobia o misofobia (www.psicologiaymente.com). La higiene individual, me parece, es escalable pero también, díganle a su nariz, puede ir en retroceso.

Eytale!

En mi facultad impartía clases un maestro singular. Por alguna situación ritual, o porque quizá era antiglobalista o bien medioambientalista, el docente no usaba ningún tipo de producto industrial en su cuerpo; para su aseo usaba sólo jabón natural. Él no sabía de versiones de desodorantes, shampoo, suavizante de telas, perfumes, etc. Vestía siempre de blanco. Sin verlo, percibíamos su presencia. Era contundente. “Por ahí viene el maestro”, decíamos. Su gama de olor, el propio, lo precedía. Probablemente así olíamos hace apenas un siglo y medio.

Comunicóloga, fotógrafa, diseñadora y sibarita. iliana.peralta@gmail.com. En Twitter @LA_PERALTA La Tandariola también se escucha. Disponible en podcast en Ivoox.