/ domingo 20 de enero de 2019

Revelan el misterio artístico en dientes de monjas medievales

Investigadoras encontraron pintura azul en los dientes de una monja medieval, lo que puede llevar a comprobar que el oficio de ilustrar e iluminar textos, además de escribirlos, no estaba reservado sólo a los monjes

¡Cuántas sorpresas nos da el mundo de la ciencia! Acaso son más impactantes cuando se trabaja en una disciplina ajena a la científica y aparece publicado el resultado de una investigación que corrobora las sospechas prolongadas durante años. La hipótesis que, gracias a esta evidencia, va camino de convertirse en tesis es que durante la Edad Media las religiosas participaron en la elaboración de manuscritos ilustrados tanto como los monjes.

Esto, que suena a verdad de Perogrullo, en realidad no había forma de comprobarlo científicamente y, los esfuerzos para demostrarlo con el método iconológico, aunque apasionantes, resultaban insuficientes a la hora de garantizarlo.

Cuando pensamos en esos lujosos libros antiguos, que cuentan historias generalmente sacras, objetos maravillosos, hechos a mano e ilustrados con esmero, pacientemente, la imagen que nos viene a la mente es la de un monje con hábito talar, sentado frente a los folios en que trabaja, bien como escriba o como ilustrador. Pues esta idea ya podemos ampliarla e incluir en el panorama figuras de monjas también.

Hace algunos años, la arqueóloga Anita Radini de la Universidad de York, Inglaterra, especialista en el estudio de placa dental, analizaba la dentadura de una monja alemana de época medieval y observó algo nuevo en su campo de estudio: unas partículas de color azul brillante.


Le mostró su hallazgo a Christina Warinner, investigadora del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana en Jena, Alemania, quien se sorprendió a su vez. La importancia de la observación era de tal magnitud que llevó a reunir un equipo especializado multidisciplinar, europeo y estadounidense, para ocuparse del tema.

Rastro azul

Los rastros de color azul brillante que las investigadoras examinaron en la dentadura femenina proveniente del cementerio monacal agustino en Dalheim, Alemania, resultan ser de lapislázuli, el pigmento más caro en la Edad Media, tanto como el oro y la plata. El azul ultramar se conseguía moliendo y purificando cristales de lazurita, mineral azul dominante en el lapislázuli. Durante el Medioevo sólo se encontraba en las minas de una región de Afganistán. Los lectores pueden imaginar la cantidad de conjeturas que se habrán hecho los investigadores para refrendar, a la postre, el potente y saludable comercio en la época: el lapislázuli viajaba en caravanas hasta Constantinopla y Alejandría, donde lo compraban mercaderes genoveses y venecianos quienes lo embarcaban por el Mediterráneo para venderlo en Europa.


El hallazgo e investigación da pie a sugerir que en el monasterio femenino de Dalheim se elaboraron manuscritos ilustrados y que fueron monjas las autoras de dichos trabajos. Es posible que la mujer, seguramente monja, identificada como B78 cuya dentadura se ha estudiado, se llevara frecuentemente a la boca el pincel saturado del preciado pigmento azul para mejor detallar sus trazos en los manuscritos que la ocuparon.

Esto explicaría que rastros de lapislázuli se acumularan en su dentadura hasta permitir que casi mil años después se evidenciara este delicado secreto. Su actividad de iluminadora o ilustradora, y a lo mejor escriba también, la agrega a una selecta, por breve hasta ahora, lista de mujeres medievales a la cabeza de señaladas empresas culturales, entre ellas: Ende, iluminadora del Beato de Gerona, quien también utilizó lapislázuli; Herrada de Landsberg abadesa de Hohenburg, iluminadora del Hortus Deliciarum y, la multicitada Hildegarda de Bingen, entre otras.

Nuestra monja iluminadora sabía, seguro, que tenía “entre dientes” algo sumamente valioso, una joya hecha color, el lapislázuli. Eso, creo, debiera valerle a la dentadura identificada como B78 el respetuoso apelativo de La Monja Azul.

El estudio publicado por este grupo de especialistas se puede consultar en

http://advances.sciencemag.org/content/5/1/eaau7126

¡Cuántas sorpresas nos da el mundo de la ciencia! Acaso son más impactantes cuando se trabaja en una disciplina ajena a la científica y aparece publicado el resultado de una investigación que corrobora las sospechas prolongadas durante años. La hipótesis que, gracias a esta evidencia, va camino de convertirse en tesis es que durante la Edad Media las religiosas participaron en la elaboración de manuscritos ilustrados tanto como los monjes.

Esto, que suena a verdad de Perogrullo, en realidad no había forma de comprobarlo científicamente y, los esfuerzos para demostrarlo con el método iconológico, aunque apasionantes, resultaban insuficientes a la hora de garantizarlo.

Cuando pensamos en esos lujosos libros antiguos, que cuentan historias generalmente sacras, objetos maravillosos, hechos a mano e ilustrados con esmero, pacientemente, la imagen que nos viene a la mente es la de un monje con hábito talar, sentado frente a los folios en que trabaja, bien como escriba o como ilustrador. Pues esta idea ya podemos ampliarla e incluir en el panorama figuras de monjas también.

Hace algunos años, la arqueóloga Anita Radini de la Universidad de York, Inglaterra, especialista en el estudio de placa dental, analizaba la dentadura de una monja alemana de época medieval y observó algo nuevo en su campo de estudio: unas partículas de color azul brillante.


Le mostró su hallazgo a Christina Warinner, investigadora del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana en Jena, Alemania, quien se sorprendió a su vez. La importancia de la observación era de tal magnitud que llevó a reunir un equipo especializado multidisciplinar, europeo y estadounidense, para ocuparse del tema.

Rastro azul

Los rastros de color azul brillante que las investigadoras examinaron en la dentadura femenina proveniente del cementerio monacal agustino en Dalheim, Alemania, resultan ser de lapislázuli, el pigmento más caro en la Edad Media, tanto como el oro y la plata. El azul ultramar se conseguía moliendo y purificando cristales de lazurita, mineral azul dominante en el lapislázuli. Durante el Medioevo sólo se encontraba en las minas de una región de Afganistán. Los lectores pueden imaginar la cantidad de conjeturas que se habrán hecho los investigadores para refrendar, a la postre, el potente y saludable comercio en la época: el lapislázuli viajaba en caravanas hasta Constantinopla y Alejandría, donde lo compraban mercaderes genoveses y venecianos quienes lo embarcaban por el Mediterráneo para venderlo en Europa.


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