/ domingo 23 de junio de 2019

Hojas de Papel Volando | Lucha Reyes "Me llaman La Tequilera como si fuera de pila…

Lucha Reyes era única por su vida, por su arte, por su voz, por su forma de interpretar desde el fondo y también por su drama cubierto de alcohol… de tequila y de muchas horas de soledad en la obscuridad de su habitación

Edith Piaf musicalizó gran parte de la vida de Francia en el Siglo XX mientras sufría su íntima tragedia: amores, desamores, soledades, reproches vitales, caídas y vueltas de pie. Y el alcohol como su intento de solución.

O Stephan Zweig quien huyendo de la amenaza nazi y del militarismo alemán se refugió en Brasil. Abrumado por la persecución de judíos. Sin lugar y sin ánimos para seguir, viajó a Brasil en donde, con su esposa, tomaron la decisión final. Juntos. Fue el 22 de febrero de 1942.

En México hay muchos casos. Son personajes fuera de control y fuera de sí: ubicados al margen y hundidos en la soledad creativa y de su vida.

Una fue la “Reina del mariachi” como se le denominó cuando todavía era una niña y comenzaba su carrera en el arte de la voz, en su natal Guadalajara. Era María de la Luz Flores Aceves, conocida al principio como “Lucero” y más tarde como “Lucha”: Lucha Reyes.

De pocas artistas, como ella, se ha escrito tanto y lo mismo; su condición humana, su tragedia infantil, su vida azarosa y enloquecida; el alcohol a ríos, amores frustrados, una maternidad no cumplida y la terrible, inmensa soledad de quien era miles de veces querida en el escenario, pero enterrada en su intimidad y en ella sola; emotiva y con frecuencia alcoholizada en busca de esa solución que no le llegó.

Nació en Guadalajara, Jalisco en 1906. Hija de Victoria Aceves, una madre a la que, según distintas versiones, se debe en gran parte la vida trágica de la artista. Madre exigente. Madre impulsiva. Madre que abusaba de los bienes de su hija. Y madre que la soltó pronto.

A los seis años Lucha sufrió una afonía prolongada debido a una epidemia de tifo. La pequeña se recuperó poco a poco por años, pero su gusto era cantar en casa y en todo momento, cantar canciones rancheras en la época en la que la Revolución Mexicana estaba en cierne: Era 1912-14.

Y cantaba bien. Tenía emoción y un buen tono de voz. Su medio hermano, Manuel Reyes, la impulsó para que se presentara a un concurso de interpretación en una carpa que se encontraba en la Plaza de San Sebastián en la Ciudad de México, a la que la familia ya se había trasladado para vivir, en la colonia Morelos.

Y ahí mismo comenzó a cantar en público. Tenía trece años de edad. Por entonces alternaba con artistas y comediantes ya muy hechos, como Los Hermanos Acevedo y Amelia Whilelmy (la siempre ancianita de las películas de Pedro Infante, aquella de la inolvidable escena “¡Quítese-quítese-: usted me repugna-me repugna-me repugna!” en A toda máquina o La guayaba en Nosotros los pobres).

Lucha era la novedad en aquella carpa, que eran esos teatros hechos con lonas y asientos de tablones, con un escenario elemental y mucha emoción del público exigente siempre. Tenía éxito a pesar de su voz incipiente, la que con el paso del tiempo habría de convertirse en mezzosoprano.

Un año después, en 1920, a los catorce años se trasladó a Los Ángeles, en Estados Unidos, para estudiar canto de forma profesional. Tenía la intención de cantar ópera dadas sus posibilidades vocales y por recomendación de músicos que la conocieron entonces. Pero mientras estudiaba también tenía que trabajar, lo hacía cantando canciones ‘vernáculas’.

Durante una gira por ese país conoció a quien sería su esposo: Gabriel Navarro, con quien tuvo un hijo que no alcanzó a nacer y por lo cual el marido reprochó y culpó de que esto hubiera ocurrido: Se divorciaron un año después.

Deprimida y solitaria regresó a México para incorporarse al trío Reyes-Ascencio, pero ya por entonces su afición por el alcohol habría de causarle problemas, y las dos hermanas Ascencio decidieron que no siguiera con ellas. Lo peor es que se incorporó a este trío Julia Garnica, enemiga acérrima de Lucha Reyes, para conformar el Trío Garnica Ascencio.

Lucha Reyes era ya conocida así. Cuando comenzó se presentaba como “Lucero” pero pronto adoptó el apellido del segundo marido de su madre: Reyes. Y en adelante Lucha Reyes.

Sin empleo, con problemas económicos, con la tristeza por el hijo perdido, por el divorcio, con una madre demandante y con el ya gusto frecuente por el tequila, se incorporó al Cuarteto Anáhuac en 1927. Ella de 21 años y ya con un largo camino recorrido en carpas y espectáculos musicales, tan en boga por entonces.

Ese mismo año con el Cuarteto hicieron una gira por Alemania, contratadas por la compañía de Juan Nepomuceno Torreblanca. La gira fue un verdadero fracaso. El empresario dejó a los artistas a la deriva en Berlín. El clima extremadamente frío, al que no estaba acostumbrada, la hizo perder la voz, la que era su orgullo y que la caracterizaba ya en opera o canciones rancheras. Se acabó.

Trabajó en bares inmundos en donde intentaba cantar sones cubanos y bailando rumba, sola, como pudo se embarcó de regreso a México. Venía ya con una voz con “color de contralto y un matiz enronquecido y bronco”

Tardó un año en regular la voz. Era una voz distinta. De lo malo, lo bueno: este es el tono de voz con el que hoy conocemos a Lucha Reyes: fuerte, intensa, bien modulada, bravía y con enorme emoción producto de su propio arte y de su vida: cantaba y se fundía en la letra de las canciones.

“La personalidad y la neurosis harían el resto. Prodigaba su voz hasta desgarrarla, gemía, lloraba, reía e imprecaba. Nunca antes se habían escuchado interpretaciones en ese estilo. Sobreponiéndose a las críticas que no aceptaban su falta de refinamiento, pronto Lucha Reyes simbolizaba y personificaba a la mujer bravía y temperamental a la mexicana. La atormentada artista, capaz de manifestar con toda franqueza que al cantar sentía ganas de echarse un trago porque un nudo se le formaba en la garganta. Estaba destinada a personificar el mítico personaje femenino encargado de dar voz a la canción del género ranchero” (Moreno Rivas)

Comenzó una nueva etapa para la cantante. Ahora con más éxito, muy conocida y muy admirada. Producía tumultos donde se presentaba. Fue a partir de 1929 la época más gloriosa de su vida artística. Grabó los que entonces y ahora siguen siendo sus éxitos. “Caminito de la sierra”, “La tequilera”, “¡Ay Jalisco, no te rajes!”, “Por una mujer ladina”, “El herradero” y, por supuesto “La Panchita”… Tantas…

Pero cargaba fracasos personales. Tristezas. Mucha melancolía que se llama depresión. El éxito no era suficiente. Su vida era un verdadero desastre.

Años después de su divorcio de Gabriel Navarro conoció al empresario artístico Félix Martín Cervantes, con quien estableció una relación. Intentaba recuperarse de la devastadora situación que vivía luego de aquella separación, luego de sus primeros fracasos profesionales y la llegada en solitario a un creciente éxito que le sabía amargo…

Con Félix Cervantes intenta recomponer su vida, y con él adopta a una niña, María de la Luz Martínez Cervantes: “Marilú”. Pero la relación no prospera y termina pronto. El alcohol acababa con ella mujer, con la artista y con todo en su vida. Aun así exultaba: “A mí nadie me va a decir cómo voy a vivir mi vida, nadie me va a venir a pegar, a guardar en una casa, nadie me va a impedir crecer y ser quien yo quiero ser”.

Tuvo más relaciones. Muchas a la luz y a obscuras. Pero todas terminaban de forma abrupta. Ella en el éxito como cantante en pleno, pero encerrada en ella y su tragedia íntima. Sola y sin ánimos, todavía se le conoció otra relación que pudo ser su tabla de salvación, el piloto aviador sonorense Antonio Vega Medina.

Pero la depresión ya estaba puesta ahí. Cada día era más difícil para ella sobrellevar la carga de sí misma. Parecía haber vivido cientos de años en espera de ¿qué?... Tomaba alcohol de forma desenfrenada. Estaba enferma. Devastada. Sin amigos o amigas.

La tarde del 24 de junio de 1944 estaba en su casa de la calle Andalucía en la colonia Álamos del Distrito Federal. Días antes parecía haber dado muestras de tranquilidad y lucidez. De todos modos, mandó a la pequeña Marilú, entonces de 11 años, para que fuera a la farmacia a comprar nembutales.

Se encerró en su habitación con los nembutales y una botella de tequila: tomó 25 pastillas y se recostó para descansar…

Al aviso de alerta de Marilú se la llevó una ambulancia de la Cruz Roja. Hicieron intentos por recuperarla. No fue posible. A las 2.20 de la mañana del 25 de junio de 1944 murió Lucha Reyes. Tenía 38 años.

Había construido su vida en el arte de la interpretación musical vernácula. Tuvo mucho éxito. Dio forma a lo que luego sería ese género musical y el modo de interpretarlo. Luego muchas cantantes seguirían su estilo o intentaron copiarlo. Pero Lucha Reyes era única por su vida, por su arte, por su voz, por su forma de interpretar desde el fondo y también por su drama cubierto de alcohol… de tequila y de muchas horas de soledad en la obscuridad de su habitación…

“Borrachita de tequila, llevo siempre el alma mía, para ver si se mejora de esta cruel melancolía. (…) ¡Ay! yo mejor me voy, pues ya que hago aquí; disque por la borrachera dicen, todo lo perdí”.

Edith Piaf musicalizó gran parte de la vida de Francia en el Siglo XX mientras sufría su íntima tragedia: amores, desamores, soledades, reproches vitales, caídas y vueltas de pie. Y el alcohol como su intento de solución.

O Stephan Zweig quien huyendo de la amenaza nazi y del militarismo alemán se refugió en Brasil. Abrumado por la persecución de judíos. Sin lugar y sin ánimos para seguir, viajó a Brasil en donde, con su esposa, tomaron la decisión final. Juntos. Fue el 22 de febrero de 1942.

En México hay muchos casos. Son personajes fuera de control y fuera de sí: ubicados al margen y hundidos en la soledad creativa y de su vida.

Una fue la “Reina del mariachi” como se le denominó cuando todavía era una niña y comenzaba su carrera en el arte de la voz, en su natal Guadalajara. Era María de la Luz Flores Aceves, conocida al principio como “Lucero” y más tarde como “Lucha”: Lucha Reyes.

De pocas artistas, como ella, se ha escrito tanto y lo mismo; su condición humana, su tragedia infantil, su vida azarosa y enloquecida; el alcohol a ríos, amores frustrados, una maternidad no cumplida y la terrible, inmensa soledad de quien era miles de veces querida en el escenario, pero enterrada en su intimidad y en ella sola; emotiva y con frecuencia alcoholizada en busca de esa solución que no le llegó.

Nació en Guadalajara, Jalisco en 1906. Hija de Victoria Aceves, una madre a la que, según distintas versiones, se debe en gran parte la vida trágica de la artista. Madre exigente. Madre impulsiva. Madre que abusaba de los bienes de su hija. Y madre que la soltó pronto.

A los seis años Lucha sufrió una afonía prolongada debido a una epidemia de tifo. La pequeña se recuperó poco a poco por años, pero su gusto era cantar en casa y en todo momento, cantar canciones rancheras en la época en la que la Revolución Mexicana estaba en cierne: Era 1912-14.

Y cantaba bien. Tenía emoción y un buen tono de voz. Su medio hermano, Manuel Reyes, la impulsó para que se presentara a un concurso de interpretación en una carpa que se encontraba en la Plaza de San Sebastián en la Ciudad de México, a la que la familia ya se había trasladado para vivir, en la colonia Morelos.

Y ahí mismo comenzó a cantar en público. Tenía trece años de edad. Por entonces alternaba con artistas y comediantes ya muy hechos, como Los Hermanos Acevedo y Amelia Whilelmy (la siempre ancianita de las películas de Pedro Infante, aquella de la inolvidable escena “¡Quítese-quítese-: usted me repugna-me repugna-me repugna!” en A toda máquina o La guayaba en Nosotros los pobres).

Lucha era la novedad en aquella carpa, que eran esos teatros hechos con lonas y asientos de tablones, con un escenario elemental y mucha emoción del público exigente siempre. Tenía éxito a pesar de su voz incipiente, la que con el paso del tiempo habría de convertirse en mezzosoprano.

Un año después, en 1920, a los catorce años se trasladó a Los Ángeles, en Estados Unidos, para estudiar canto de forma profesional. Tenía la intención de cantar ópera dadas sus posibilidades vocales y por recomendación de músicos que la conocieron entonces. Pero mientras estudiaba también tenía que trabajar, lo hacía cantando canciones ‘vernáculas’.

Durante una gira por ese país conoció a quien sería su esposo: Gabriel Navarro, con quien tuvo un hijo que no alcanzó a nacer y por lo cual el marido reprochó y culpó de que esto hubiera ocurrido: Se divorciaron un año después.

Deprimida y solitaria regresó a México para incorporarse al trío Reyes-Ascencio, pero ya por entonces su afición por el alcohol habría de causarle problemas, y las dos hermanas Ascencio decidieron que no siguiera con ellas. Lo peor es que se incorporó a este trío Julia Garnica, enemiga acérrima de Lucha Reyes, para conformar el Trío Garnica Ascencio.

Lucha Reyes era ya conocida así. Cuando comenzó se presentaba como “Lucero” pero pronto adoptó el apellido del segundo marido de su madre: Reyes. Y en adelante Lucha Reyes.

Sin empleo, con problemas económicos, con la tristeza por el hijo perdido, por el divorcio, con una madre demandante y con el ya gusto frecuente por el tequila, se incorporó al Cuarteto Anáhuac en 1927. Ella de 21 años y ya con un largo camino recorrido en carpas y espectáculos musicales, tan en boga por entonces.

Ese mismo año con el Cuarteto hicieron una gira por Alemania, contratadas por la compañía de Juan Nepomuceno Torreblanca. La gira fue un verdadero fracaso. El empresario dejó a los artistas a la deriva en Berlín. El clima extremadamente frío, al que no estaba acostumbrada, la hizo perder la voz, la que era su orgullo y que la caracterizaba ya en opera o canciones rancheras. Se acabó.

Trabajó en bares inmundos en donde intentaba cantar sones cubanos y bailando rumba, sola, como pudo se embarcó de regreso a México. Venía ya con una voz con “color de contralto y un matiz enronquecido y bronco”

Tardó un año en regular la voz. Era una voz distinta. De lo malo, lo bueno: este es el tono de voz con el que hoy conocemos a Lucha Reyes: fuerte, intensa, bien modulada, bravía y con enorme emoción producto de su propio arte y de su vida: cantaba y se fundía en la letra de las canciones.

“La personalidad y la neurosis harían el resto. Prodigaba su voz hasta desgarrarla, gemía, lloraba, reía e imprecaba. Nunca antes se habían escuchado interpretaciones en ese estilo. Sobreponiéndose a las críticas que no aceptaban su falta de refinamiento, pronto Lucha Reyes simbolizaba y personificaba a la mujer bravía y temperamental a la mexicana. La atormentada artista, capaz de manifestar con toda franqueza que al cantar sentía ganas de echarse un trago porque un nudo se le formaba en la garganta. Estaba destinada a personificar el mítico personaje femenino encargado de dar voz a la canción del género ranchero” (Moreno Rivas)

Comenzó una nueva etapa para la cantante. Ahora con más éxito, muy conocida y muy admirada. Producía tumultos donde se presentaba. Fue a partir de 1929 la época más gloriosa de su vida artística. Grabó los que entonces y ahora siguen siendo sus éxitos. “Caminito de la sierra”, “La tequilera”, “¡Ay Jalisco, no te rajes!”, “Por una mujer ladina”, “El herradero” y, por supuesto “La Panchita”… Tantas…

Pero cargaba fracasos personales. Tristezas. Mucha melancolía que se llama depresión. El éxito no era suficiente. Su vida era un verdadero desastre.

Años después de su divorcio de Gabriel Navarro conoció al empresario artístico Félix Martín Cervantes, con quien estableció una relación. Intentaba recuperarse de la devastadora situación que vivía luego de aquella separación, luego de sus primeros fracasos profesionales y la llegada en solitario a un creciente éxito que le sabía amargo…

Con Félix Cervantes intenta recomponer su vida, y con él adopta a una niña, María de la Luz Martínez Cervantes: “Marilú”. Pero la relación no prospera y termina pronto. El alcohol acababa con ella mujer, con la artista y con todo en su vida. Aun así exultaba: “A mí nadie me va a decir cómo voy a vivir mi vida, nadie me va a venir a pegar, a guardar en una casa, nadie me va a impedir crecer y ser quien yo quiero ser”.

Tuvo más relaciones. Muchas a la luz y a obscuras. Pero todas terminaban de forma abrupta. Ella en el éxito como cantante en pleno, pero encerrada en ella y su tragedia íntima. Sola y sin ánimos, todavía se le conoció otra relación que pudo ser su tabla de salvación, el piloto aviador sonorense Antonio Vega Medina.

Pero la depresión ya estaba puesta ahí. Cada día era más difícil para ella sobrellevar la carga de sí misma. Parecía haber vivido cientos de años en espera de ¿qué?... Tomaba alcohol de forma desenfrenada. Estaba enferma. Devastada. Sin amigos o amigas.

La tarde del 24 de junio de 1944 estaba en su casa de la calle Andalucía en la colonia Álamos del Distrito Federal. Días antes parecía haber dado muestras de tranquilidad y lucidez. De todos modos, mandó a la pequeña Marilú, entonces de 11 años, para que fuera a la farmacia a comprar nembutales.

Se encerró en su habitación con los nembutales y una botella de tequila: tomó 25 pastillas y se recostó para descansar…

Al aviso de alerta de Marilú se la llevó una ambulancia de la Cruz Roja. Hicieron intentos por recuperarla. No fue posible. A las 2.20 de la mañana del 25 de junio de 1944 murió Lucha Reyes. Tenía 38 años.

Había construido su vida en el arte de la interpretación musical vernácula. Tuvo mucho éxito. Dio forma a lo que luego sería ese género musical y el modo de interpretarlo. Luego muchas cantantes seguirían su estilo o intentaron copiarlo. Pero Lucha Reyes era única por su vida, por su arte, por su voz, por su forma de interpretar desde el fondo y también por su drama cubierto de alcohol… de tequila y de muchas horas de soledad en la obscuridad de su habitación…

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