/ miércoles 10 de julio de 2019

Armando Ramírez, el cronista de la ciudad (in)visible

Desde esa identidad de pertenencia que caracteriza a los habitantes de Tepito, durante más de 30 años Ramírez fomentó un modo de hacer literatura y periodismo que revitalizó el habla popular

Desde esa identidad de pertenencia que caracteriza a los habitantes de Tepito, durante más de 30 años Armando Ramírez fomentó un modo de hacer literatura y periodismo que revitalizó el habla popular y conformó un mosaico de personajes icónicos de la cultura urbana que subyace en la ciudad.

Su niñez transcurrió dentro de una vecindad frente a la Plaza de Fray Bartolomé de las Casas, en el corazón de Tepito. Su primer acercamiento a las letras se lo dio su abuelo, un anciano carrancista que le enseñó a él y a sus hermanos a leer y escribir (“no salíamos sin aprender la lección del día. Era un saque de onda.”). Un tío evangelista lo forzaba a leer versículos de la Biblia y otro más, “el pesudo de la vecindad”, sacaba al patio un tocadiscos en el que Armando descubrió a Louis Armstrong y Ella Fitzgerald.

Fue “morongo”, ayudante de carnicero y vendedor de lotería.Esos recuerdos, junto a los “cuentos orales” que Ramírez escuchaba en boca de teporochos, carteristas y boxeadores fracasados; y “la formación libresca de la vecindad, que consiste en Walt Disney, historias de viaje y la mitología griega”, lo llevaron a expresarse a través de la literatura.

Foto: Alicia Rojas

Mientras era estudiante de la Voca 7, publicó pequeños cuentos en Jueves de Excélsior, dirigido por Manuel Horta. Se familiarizó entonces con el suplemento La cultura en México, que dirigía Carlos Monsiváis, donde descubrió un texto de Ricardo Garibay que lo animó a intentar escribir una novela. Así fue que, con 19 años, escribió Chin chin el teporocho, las desventuras de un pordiosero alcohólico que impulsaron su carrera de escritor.

Su cuento Ratero”(incluido en la Crónica de los Chorrocientos mil días del barrio de Tepito) recibió un premio donde uno de los jurados era Edmundo Valadés. Fue él quien introdujo a Armando a los escritores universales que compartían su espíritu de dar voz a los miserables de las clases bajas. Conoció las obras de Celine, Sterne y Genet.

Foto: Alicia Rojas

Al tiempo que continuaba con su carrera de escritor (Violación en Polanco, Noche de Califas y Me llaman la Chata Aguayo son novelas suyas que fueron adaptadas al cine), incursionó en el periodismo, primero como colaborador de diarios como Excélsior, Sucesos para Todos y Unomásuno, y después en programas de televisión, como Tianguis y A capa y espada, de Imevisión. Fue jefe de información del primer noticiario cultural en México, Hoy en la cultura de canal 11. Hasta bien entrado el siglo XXI, Armando colaboraba en programas de radio y televisión con temas y enfoques que coincidían con la realidad literaria que estaba en el núcleo de sus novelas.

Desde esa identidad de pertenencia que caracteriza a los habitantes de Tepito, durante más de 30 años Armando Ramírez fomentó un modo de hacer literatura y periodismo que revitalizó el habla popular y conformó un mosaico de personajes icónicos de la cultura urbana que subyace en la ciudad.

Su niñez transcurrió dentro de una vecindad frente a la Plaza de Fray Bartolomé de las Casas, en el corazón de Tepito. Su primer acercamiento a las letras se lo dio su abuelo, un anciano carrancista que le enseñó a él y a sus hermanos a leer y escribir (“no salíamos sin aprender la lección del día. Era un saque de onda.”). Un tío evangelista lo forzaba a leer versículos de la Biblia y otro más, “el pesudo de la vecindad”, sacaba al patio un tocadiscos en el que Armando descubrió a Louis Armstrong y Ella Fitzgerald.

Fue “morongo”, ayudante de carnicero y vendedor de lotería.Esos recuerdos, junto a los “cuentos orales” que Ramírez escuchaba en boca de teporochos, carteristas y boxeadores fracasados; y “la formación libresca de la vecindad, que consiste en Walt Disney, historias de viaje y la mitología griega”, lo llevaron a expresarse a través de la literatura.

Foto: Alicia Rojas

Mientras era estudiante de la Voca 7, publicó pequeños cuentos en Jueves de Excélsior, dirigido por Manuel Horta. Se familiarizó entonces con el suplemento La cultura en México, que dirigía Carlos Monsiváis, donde descubrió un texto de Ricardo Garibay que lo animó a intentar escribir una novela. Así fue que, con 19 años, escribió Chin chin el teporocho, las desventuras de un pordiosero alcohólico que impulsaron su carrera de escritor.

Su cuento Ratero”(incluido en la Crónica de los Chorrocientos mil días del barrio de Tepito) recibió un premio donde uno de los jurados era Edmundo Valadés. Fue él quien introdujo a Armando a los escritores universales que compartían su espíritu de dar voz a los miserables de las clases bajas. Conoció las obras de Celine, Sterne y Genet.

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