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Mexicanidad

  • Reflejo Nocturno

Nuestra raíz más profunda es aquella que nutre el espíritu.  Cuando hablamos de construcción identitaria hacemos el recuento de aquellas circunstancias que nos hacen pertenecer a un espacio físico: la historia en común, el lenguaje, las costumbres y tradiciones, lo que nos hace parecidos y diferentes ante los demás, dentro de la gama de posibilidades en las formas identitarias, tenemos por ejemplo la representación visual, y dentro de estas interpretaciones el cine. El séptimo arte ha sido en México un sendero de permanentes cambios, desde producciones sencillas y emblemáticas, hasta el añorado cine de oro, dando paso a nuevas producciones y discursos. Los moldes se adecuan a nuestras expresiones, desde el caballero citadino hasta el charro valiente, desde la mujer “hollywoodense” hasta la indígena, de la ciudad a los pueblos, el mexicano es una cálida presencia, ya lo escribió  Alfonso Reyes en su libro Visión de Anáhuac “El pueblo va y viene por la orilla de los canales, comprando el agua dulce que ha de beber: pasan de unos brazos a otros las rojas vasijas. Vagan por los lugares públicos personas trabajadoras y maestros de oficio, esperando quien los alquile por sus jornales. Las conversaciones se animan sin gritería: finos oídos tiene la raza, y, a veces, se habla en secreto.  Óyense unos dulces chasquidos; fluyen las vocales, y las consonantes tienden a licuarse. La charla es una canturía gustosa. Esas xés, esas tlés, esas chés que tanto nos alarman escritas, escurren de los labios del indio con una suavidad de aguamiel.

Regresamos a México después de un viaje agotador, horas en salas de espera, gente iba y venía, filas interminables en aduana, expresiones de cansancio entremezcladas con saludos obligados; estos días fuera me hicieron extrañar algo, algo que parece tan evidente, pero es demasiado cautivador, extrañé a la gente, la cortesía y la amabilidad del mexicano, así que decidimos tomar maletas y caminar, hacer el recorrido clásico del metro y el microbús, estábamos por abordar el vagón, cuando a una chica por el afán de contestar su celular se le cayeron sus libros que llevaba, inmediatamente dos personas que estaban cerca de ella los levantaron  y se los entregaron, y con una sonrisa de ambas partes se cortó esta danza expresiva, se abrieron las puertas del metro, mucha gente, muchos empujones, pero muchos -con permiso- y -pase a usted- se escuchaban, cuando bajamos del metro, y nos incorporamos a la calle, observé cómo una señora que estaba barriendo la banqueta daba los buenos días a un transeúnte, después al subir el camión y dar las buenas días recibimos de igual manera el saludo, nos sentamos, y unos minutos después, una señora de avanzada en edad pidió la parada, el chofer frena la unidad completamente para que ella se levantará de su asiento sin problemas, ella lo mira y sonríe dándole las gracias, deseándole una buena tarde, el chofer con esa misma gentileza también se despide, y espera con paciencia que ella se baje; caballeros  cediendo su asiento a las damas, si bien la  gente  lleve prisa, jamás olvida sus modales y cortesía, desde la legendaria Tenochtitlán hasta nuestros días, el mexicano brinda su amabilidad más allá de sus fronteras.