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Arquetipo del populista

  • Comunicación y cultura

Diego Márquez Castro

El psicólogo Carl Jung desarrolló un extenso y profundo estudio sobre la influencia de los arquetipos en las distintas manifestaciones de la cultura, la política, la religión y otros tantos ámbitos humanos y sociales. De acuerdo a sus teorías, los arquetipos se constituyen en patrones emocionales y conductuales que van determinando en las personas tanto como individuos como seres sociales, los procesos sensitivos, icónicos y perceptivos. Así, los símbolos y mitos que se manifiestan en todas las culturas conocidas son para Jung  una señal de que las sociedades humanas piensan y actúan a partir de una base cognitiva  y emocional que no depende de las experiencias propias de cada persona ni de sus experiencias individuales que provienen de su nacimiento. De esta forma,  la propia existencia de los arquetipos constituye una evidencia de que existe un inconsciente colectivo que actúa sobre los individuos a la vez que lo hace la parte del inconsciente que es personal. Los arquetipos jungianos se configuran en patrones de imágenes y símbolos recurrentes que aparecen bajo diferentes formas en todas las culturas y que poseen una vertiente que se hereda de una a otra generación.

Valga la explicación para entrar en el tema del populismo que en muy buena parte tiende puentes de relación con el componente arquetípico. En un interesante trabajo de Marcos Aguinis, publicado en la página web Letras Libres, se desarrolla un análisis muy bien elaborado que lleva por título Perón: el arquetipo/Patético populismo. Plantea el autor lo que sigue: “El populismo es una tendencia política relativamente nueva en su descripción, aunque se le pueden descubrir añejas raíces históricas, algunas favorables y otras decididamente malignas.” Efectivamente, en el libro VIII de la República, de Platón, se hace referencia a cómo el demagogo puede tornarse en tirano; igualmente, Aristóteles en su Política advierte sobre el papel destructivo de los demagogos respecto la democracia.

El populismo, en consecuencia, se convierte en una tendencia que “pretende ser la genuina representante de su pueblo, interpretar mejor que nadie sus aspiraciones y luchar en su exclusivo beneficio. Reitera hasta el aburrimiento que solo se concentra en sus necesidades y conveniencias, que maneja con virtud las oportunidades  y que no escatima sacrificios para brindarle salud, alegría y bienestar. Afirma que hace todo lo posible (a veces lo que parece imposible también) para la dicha y gloria del pueblo. Así lo proclaman, confirman y difunden los populistas. En esas maravillosas cualidades llegan a creer no solo quienes se adhieren al populismo -por ingenuidad o intereses- , sino sus propios líderes, aunque naveguen en la felonía y la corrupción más desfachatada.”

El discurso electoral del populismo ofrece una suerte de Jardín del Edén donde ya no habrá corrupción, ni pobreza, ni desigualdad, etcétera; sin embargo, la historia contemporánea de las trayectorias de regímenes populistas latinoamericanos muestra otra versión. Paradójicamente, de ofrecer una democracia protagónica y participativa. Se han tornado en autocracias y dictaduras. Y no es especulación mediática, es una realidad  inocultable. De esta forma “el populismo, pese a sus declaraciones, no beneficia al pueblo porque usa y abusa de él. No le importan los daños que a corto o mediano plazo le inflige. Su objetivo es el poder y los réditos que el poder vierte en las manos de sus inescrupulosos detentadores.”

Tal sistema explota y abusa de la fe ciega que muchas personas de una sociedad ponen en sus ofertas y líderes, los que responden a las demandas con “una parafernalia que hipnotiza, convulsiona y genera réditos inmediatos a los jefes. Detrás de las medidas populistas no funciona la racionalidad y la prudencia sino el relumbre de los fuegos artificiales.” Cada discurso de los líderes populistas es un espectáculolleno de promesas de acabar con la pobreza, expropiar a los ricos, meter en cintura a los empresarios explotadores, castigar a los corruptos y sabe Dios cuantas más quimeras que se transforman en auténticas trampas caza bobos. Una verborrea que genera “excitación, asombro y sueños” que se transforman luego en frustración, enojo y esperanzas fallidas. Lo cierto es -y la historia lo demuestra- que “ningún gobierno populista ha determinado un progreso sostenido, ni ha consolidado la institucionalidad democrática ni ha favorecido la maduración social. Por el contrario, hace los ruidos que anuncian cambios sísmicos, pero poco o nada profundo cambian, a no ser para peor. Las políticas populistas son la expresión más elocuente del gatopardismo.”

Aunque electoralmente usan el disfraz de demócratas, los populistas al llegar al poder hacen todo lo posible para destruir a la democracia en nombre de esta. “El populismo desprecia la democracia. La usa como el pueblo mismo. El poder en el populismo tiene matices míticos, puede revestirse de religiosidad o presentarse con una laica austeridad.” Sin embargo, no esconde sus genes autoritarios, como bien lo dice Eurípides en Las suplicantes: “No tiene la polis peor enemigo que el déspota.”

dmarquezcastro@yahoo.com