/ sábado 20 de junio de 2020

Hakone, un paseo al cielo japonés

Entrar a una nube, es la descripción más real. Estar en la montaña, respirar; hay silencio y paz…

Ven… Estamos en Japón.

¡Que confusión! Se supone que primero iríamos a Hakone de sábado a martes y me lo cambiaron al ir primero a Kyoto ¡Que lástima! Por mi, me hubiera quedado para siempre.

Tomar el tren desde Tokio es sencillo, en tren super moderno, cuarenta minutos antes de llegar comienzas a disfrutar, con algo de misterio, de la vista verde montañosa, nublada y suave; de los hogares de madera en la orilla de la rivera apacible y calida.

La estación de tren de Hakone es pequeña e inmaculada, baja poca gente con un perfil tranquilo y feliz, me siento segura, como si ya hubiera estado ahí, unos parecen turistas asiduos del lugar otros son parte de él.

La tradición se observa al llegar: hay silencio, ellos son discretos. Nos espera un guía, un señor japonés de aspecto sabio.

El trayecto al Hotel es espectacular, de pronto entramos a sendas curvas que suben como rodeando una montaña, parece un laberinto de frondosos árboles. Nuestro guía parece sacado de una novela de detectives, está concentrado en librar el camino estrecho de dos sentidos; maneja seguro y veloz, me voy de lado por la fuerza de la inercia, es intenso, pero estoy confiada en su audacia.

¡No puedo dejar de mirar el mar! que surge de pronto a mi lado izquierdo y luego se esconde, para dejarme ver solo el bosque. Qué interesante... ¿dónde estamos? mientras cruzamos un pequeño pueblo con tiendas de comida y pocos restaurantes que ya encienden sus luces pues es la hora cero, donde empieza la noche, pero aún hay poca luz de día.

Sin darme cuenta, nos internamos de nuevo en la montaña, siempre cuesta arriba, parece interminable el camino, pero disfrutable, es tan callado el ambiente que no tengo prisa de llegar…pero me salta la pregunta ¿cómo será el destino final?

30 minutos después veo que la direccional parpadea para entrar por una rampa izquierda.

¡Llegamos! Por fin el amable guía rompe el silencio, aparca eficiente y exacto enfrente, dejando las maletas en un umbral que no parece hotel, sino una enorme villa minimalista, no hay huella de la marca del recinto, al menos, yo no la veo, eso me agrada, la sencillez.

Nos reciben como si nos conocieran de siempre, en lo alto del vestíbulo, ¡que atención, gracias! entró ya la noche, rápidamente nos saluda la gerente muy reverente y dulce, en 5 minutos estamos bajando por una escalera empinada como de pirámide, estamos en un Lobby no ostentoso, pero interesante: de frente al fondo un pasillo estrecho, en penumbras, hacia los elevadores un jardín pequeño como de “atrio” y una biblioteca que me alegro, la deliciosa barra de sushi a mi derecha, es extraño casi en secreto esta la la entrada, y a mi izquierda bajo la escalera el europeo restaurante, me siento en un sitio antiguo.

Mi habitación es la 337, el sonriente anfitrión, nos comenta la enorme cantidad de turistas que llegan al año, algo difícil de creer por el silencio y la privacidad de Hakone.

Al abrir la puerta se dispone a mostrarnos la habitación, me detengo para quitarme los zapatos como corresponde a la cultura japonesa, él me observa y se retira.

Entramos, el baño, con ese banquito de madera y una palangana como cuando en rancho de mi abuela a veces nos bañábamos ¡a jicarazos! Hora de ponerse el kimono con un “saco” y pantuflas.

Sorprende la enorme ventana al fondo, se ve la noche profunda…la habitación parece aislada, el viento mueve los árboles que todavía se distinguen. Una ducha con todo y jícara y a cenar.

Con el atuendo japonés para honrar al lugar, nos dirigimos a la barra, el ambiente es romántico, placentero, suave, siento que nos observan con agrado ¿será el Kimono?

Inmaculado…de nuevo es la palabra para describir el detalle con el que mantienen los alimentos, la creatividad al servir, pero sobre todo la simplicidad de el barista de sushi, su alegría, de inmediato me identifique, esta también es mi gente.

Su sonrisa extraordinaria me despertó el apetito, decidí que confiaría y que comería lo que me diera. ¿Qué es lo que mas le gusta a Ud? sonrió y empezó a desplegar su encanto…a ofrecer lo que le parecía mejor para mi. que delicia!

Disfrutar de cada sushi, y sopa de miso, de pescado con espinaca y huevo cocido, a nuestro lado la gente disfrutaba, pero solo una pareja más se puso el Kimono no debería perderse esa tradición” es parte de la magia… del misterio.

Desfilaron variedades de combinaciones no faltaba nada, todo al detalle, con el vino sake tradicional.

Al final una pareja de aspecto oriental con el atuendo del Kimono pide Caviar… de un color diferente al habitual, me llama la atención…le digo a nuestro chef que quiero probar un poco, mas solo cambia la intensidad del sabor…nada especial. Recuerdo que nuestro caviar son los deliciosos escamoles.

Finalmente ordeno una nieve de té verde y de fresa. y un café de olla? No, un té verde. Sentirnos como en casa…para parar un segundo en la biblioteca donde lo primero que veo es un libro del arquitecto mexicano Luis Barragán, que emoción, cada detalle es para mí. Así debes pensar dice papá.

A primera hora y después de comer el típico desayuno japonés compuesto un mini pescado, como la trucha a la plancha, y arroz, nos dirigimos al tren que nos llevaría al cielo, después de pasar por una estación de ensueño…y subir a una rueda de la fortuna o trasbordador… cruzamos un cráter… y al lado derecho... el Fuji!!… majestuoso! ¿nuestro Popocatépetl? ¿Creerán en los dioses? Sí, en Buda. Guauuu! Tres señoras… hermanas e idénticas nos ofrecieron dulces típicos… que suerte. Está lleno de niños y de repente entramos a una nube enorme…

Que nos llevo al paraíso japonés…con barco pirata y todo…increíble, veo patos en el lago…aunque sean de plástico. Abordamos el barco Pirata.

Hay una escala, al bajar del barco, estamos en un pueblito precioso y colorido, donde se encuentra artesanía local y nacional, nieves, un parque, artistas pintando en el lago, y un Museo de Arte Contemporáneo tan particular. Artesanos hay, ofrecen vajillas y abanicos.

La montaña, el lago, personas felices, sonriendo, tomado fotos… parecen niños: se quieren, comparten, ¿será que se percatan de que han vuelto a nacer? Tal vez ese es el sentimiento. De libertad y autenticidad se escuchan expresiones como ¿guauuuu! Aaaahhh!!! sin mascaras, sin vergüenza. ¡Muchas Fotos… es Japón! y todos quieren mi lugar. En la proa… pero yo llegué primero… está bien… lo comparto. Ambiente de luz nos rodea. Es indescriptible… resurge el volcán Fuji a la derecha y la montaña en complicidad con el lago. ¿Cómo es posible tanta belleza? Y pienso: Dios existe. Volvamos a nacer.

Ven… Estamos en Japón.

¡Que confusión! Se supone que primero iríamos a Hakone de sábado a martes y me lo cambiaron al ir primero a Kyoto ¡Que lástima! Por mi, me hubiera quedado para siempre.

Tomar el tren desde Tokio es sencillo, en tren super moderno, cuarenta minutos antes de llegar comienzas a disfrutar, con algo de misterio, de la vista verde montañosa, nublada y suave; de los hogares de madera en la orilla de la rivera apacible y calida.

La estación de tren de Hakone es pequeña e inmaculada, baja poca gente con un perfil tranquilo y feliz, me siento segura, como si ya hubiera estado ahí, unos parecen turistas asiduos del lugar otros son parte de él.

La tradición se observa al llegar: hay silencio, ellos son discretos. Nos espera un guía, un señor japonés de aspecto sabio.

El trayecto al Hotel es espectacular, de pronto entramos a sendas curvas que suben como rodeando una montaña, parece un laberinto de frondosos árboles. Nuestro guía parece sacado de una novela de detectives, está concentrado en librar el camino estrecho de dos sentidos; maneja seguro y veloz, me voy de lado por la fuerza de la inercia, es intenso, pero estoy confiada en su audacia.

¡No puedo dejar de mirar el mar! que surge de pronto a mi lado izquierdo y luego se esconde, para dejarme ver solo el bosque. Qué interesante... ¿dónde estamos? mientras cruzamos un pequeño pueblo con tiendas de comida y pocos restaurantes que ya encienden sus luces pues es la hora cero, donde empieza la noche, pero aún hay poca luz de día.

Sin darme cuenta, nos internamos de nuevo en la montaña, siempre cuesta arriba, parece interminable el camino, pero disfrutable, es tan callado el ambiente que no tengo prisa de llegar…pero me salta la pregunta ¿cómo será el destino final?

30 minutos después veo que la direccional parpadea para entrar por una rampa izquierda.

¡Llegamos! Por fin el amable guía rompe el silencio, aparca eficiente y exacto enfrente, dejando las maletas en un umbral que no parece hotel, sino una enorme villa minimalista, no hay huella de la marca del recinto, al menos, yo no la veo, eso me agrada, la sencillez.

Nos reciben como si nos conocieran de siempre, en lo alto del vestíbulo, ¡que atención, gracias! entró ya la noche, rápidamente nos saluda la gerente muy reverente y dulce, en 5 minutos estamos bajando por una escalera empinada como de pirámide, estamos en un Lobby no ostentoso, pero interesante: de frente al fondo un pasillo estrecho, en penumbras, hacia los elevadores un jardín pequeño como de “atrio” y una biblioteca que me alegro, la deliciosa barra de sushi a mi derecha, es extraño casi en secreto esta la la entrada, y a mi izquierda bajo la escalera el europeo restaurante, me siento en un sitio antiguo.

Mi habitación es la 337, el sonriente anfitrión, nos comenta la enorme cantidad de turistas que llegan al año, algo difícil de creer por el silencio y la privacidad de Hakone.

Al abrir la puerta se dispone a mostrarnos la habitación, me detengo para quitarme los zapatos como corresponde a la cultura japonesa, él me observa y se retira.

Entramos, el baño, con ese banquito de madera y una palangana como cuando en rancho de mi abuela a veces nos bañábamos ¡a jicarazos! Hora de ponerse el kimono con un “saco” y pantuflas.

Sorprende la enorme ventana al fondo, se ve la noche profunda…la habitación parece aislada, el viento mueve los árboles que todavía se distinguen. Una ducha con todo y jícara y a cenar.

Con el atuendo japonés para honrar al lugar, nos dirigimos a la barra, el ambiente es romántico, placentero, suave, siento que nos observan con agrado ¿será el Kimono?

Inmaculado…de nuevo es la palabra para describir el detalle con el que mantienen los alimentos, la creatividad al servir, pero sobre todo la simplicidad de el barista de sushi, su alegría, de inmediato me identifique, esta también es mi gente.

Su sonrisa extraordinaria me despertó el apetito, decidí que confiaría y que comería lo que me diera. ¿Qué es lo que mas le gusta a Ud? sonrió y empezó a desplegar su encanto…a ofrecer lo que le parecía mejor para mi. que delicia!

Disfrutar de cada sushi, y sopa de miso, de pescado con espinaca y huevo cocido, a nuestro lado la gente disfrutaba, pero solo una pareja más se puso el Kimono no debería perderse esa tradición” es parte de la magia… del misterio.

Desfilaron variedades de combinaciones no faltaba nada, todo al detalle, con el vino sake tradicional.

Al final una pareja de aspecto oriental con el atuendo del Kimono pide Caviar… de un color diferente al habitual, me llama la atención…le digo a nuestro chef que quiero probar un poco, mas solo cambia la intensidad del sabor…nada especial. Recuerdo que nuestro caviar son los deliciosos escamoles.

Finalmente ordeno una nieve de té verde y de fresa. y un café de olla? No, un té verde. Sentirnos como en casa…para parar un segundo en la biblioteca donde lo primero que veo es un libro del arquitecto mexicano Luis Barragán, que emoción, cada detalle es para mí. Así debes pensar dice papá.

A primera hora y después de comer el típico desayuno japonés compuesto un mini pescado, como la trucha a la plancha, y arroz, nos dirigimos al tren que nos llevaría al cielo, después de pasar por una estación de ensueño…y subir a una rueda de la fortuna o trasbordador… cruzamos un cráter… y al lado derecho... el Fuji!!… majestuoso! ¿nuestro Popocatépetl? ¿Creerán en los dioses? Sí, en Buda. Guauuu! Tres señoras… hermanas e idénticas nos ofrecieron dulces típicos… que suerte. Está lleno de niños y de repente entramos a una nube enorme…

Que nos llevo al paraíso japonés…con barco pirata y todo…increíble, veo patos en el lago…aunque sean de plástico. Abordamos el barco Pirata.

Hay una escala, al bajar del barco, estamos en un pueblito precioso y colorido, donde se encuentra artesanía local y nacional, nieves, un parque, artistas pintando en el lago, y un Museo de Arte Contemporáneo tan particular. Artesanos hay, ofrecen vajillas y abanicos.

La montaña, el lago, personas felices, sonriendo, tomado fotos… parecen niños: se quieren, comparten, ¿será que se percatan de que han vuelto a nacer? Tal vez ese es el sentimiento. De libertad y autenticidad se escuchan expresiones como ¿guauuuu! Aaaahhh!!! sin mascaras, sin vergüenza. ¡Muchas Fotos… es Japón! y todos quieren mi lugar. En la proa… pero yo llegué primero… está bien… lo comparto. Ambiente de luz nos rodea. Es indescriptible… resurge el volcán Fuji a la derecha y la montaña en complicidad con el lago. ¿Cómo es posible tanta belleza? Y pienso: Dios existe. Volvamos a nacer.

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