/ sábado 27 de febrero de 2021

Crónica de la profesora Amelia Wilkes

Uno de los personajes más importantes en la historia de Cabo San Lucas

La Paz, Baja California Sur. (OEM-Informex).- El cronista municipal de Los Cabos, Gabriel Fonseca Verdugo, compartió a través de la página de Facebook oficial como cronista, una crónica de la profesora Amelia Wilkes Ceseña, en su aniversario luctuoso.

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La crónica es autoría de la maestra Faustina Wilkes Richie, publicado en su libro: “El San Lucas que yo conocí”.

A continuación, compartimos textualmente la crónica para beneplácito de nuestros lectores, sobre todo para aquellos nuevos oriundos a quienes es importante poner en sus manos la historia de los personajes de Los Cabos, en este caso en especial a la profesora Amelia Wilkes, nombre que lleva en su honor la icónica plaza pública del centro de Cabo San Lucas.

María Amelia (Melucha) nació en el pueblo viejo de Cabo San Lucas el 26 de febrero de 1907, siendo la quinta hija de Cipriano Wilkes Ceseña y Petronila Ceseña Ceseña, la nana Pipi. Su casa se ubicaba por la antigua meseta en el predio de "El Rosarito", el segundo poblado de Cabo San Lucas, a un lado de la propiedad que pasaba por el camino a San José del Cabo; la casa era amplia. Tenía su pozo de agua, como todas en esos tiempos, y algunos habitantes usaban los molinos de vientos, según Ofelia y Rogelio Covarrubias, sus sobrinos.

La niñez de Amelia y hermanos fue de constantes retos al haber fallecido su padre (mi abuelo) en 1908, teniendo apenas 10 años de casados y dejando 5 hijos pequeños. Cinco hijos que tenían que salir adelante en un rancho que necesitaba la mano férrea de un hombre, rancho que los alimentaba y vestía. Su madre (la abuela PiPi) se levantó, junto con todo lo que poseía y enseña a sus hijos en las tareas diarias y pesadas del rancho así logrando salir adelante.

Ella quiso estudiar y así lo hizo, sólo que dejaba atrás a su familia completa, pero, había que sacrificar algunas cosas para lograr su proyecto de vida. La nina Melucha convivió con todos nosotras, las hijas de Paco, su hermano. Recuerdo que siempre quería gobernar a la familia, sólo que en mi familia se topaba con mi padre quien siempre estaba en desacuerdo por equis motivo. El motivo era sencillo de entender: papá no quería interferencias con lo que consideraba nuestra educación. Aún así, Amelia y Paco, se necesitaban, eran los pilares de la familia fuerte que se sostenía y se sostuvo unida.

En los viajes a los lugares donde la nina fue asignada a trabajar: la Playa de San Vicente, Migriño y Candelaria, ahí estaba Paco, mi padre, llevándola y Cayéndola en su yegua. Papá la enseñó a montar en caballo con elegancia femenina, lo mismo le enseñó a montar, desmontar y aceitar el rifle calibre 22 que poseía.

Así se trasladaban aquellos hermanos varias veces al año por la serranía cabeña en los ires y venires de la nina. No era apapachadora, pero nos hacía cariños y, en sus actos, siempre demostraba querernos a pesar de ser una persona no dada a ciertas expresiones de amor, pero siempre estuvo ahí, Al partir papá y dejarnos pequeñas, fue un apoyo inmenso para nosotras, al igual que la tía Chayo, dos ayudas grandes para mamá.

Cuando tenían que recabar fondos para algún comité en los que trabajaba, se organizaban actividades, y ¡Claro!, lo que más dejaba eran los bailes. Entonces, la nina Melucha los encargaba a las muchachas del lugar, casi a todas, en edad casadera. Una vez, el profesor León Cota, andaba muy enamorado de su novia y se vieron en el baile; la novia, ¡Lógico!, iba con la nina. La profesora decide en un momento determinado llevarse a sus acompañantes, porque tenía que entregarlas casa por casa. Al ver esto, León, le dice al profesor Nayo: " Vamos con mi madrina para decirle que es muy temprano para que se termine el baile". ¡Uh! —dice el profesor. Y cuando ya casi están por abrir la boca, la nina les dice: "Ni lleguen, ya sé a qué vienen y ya nos vamos".

¡Pero, profesora!, ¡Pero, madrina! Y se las lleva. León, tan indignado estaba, que levanta la voz y le dice: ¡Arrienda la tomada de agua! (Los cabaalos, ganado vacuno, ect. Bajan de la sierra o del campo a tomar agua y no hay poder humano de reternerlas en el corral si ya han tomado agua).

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María Amelia Wilkes Ceseña hizo el viaje sin retorno en las primeras horas del 18 de mayo de 1989, cobijándola la tierra que la vio nacer.

La Paz, Baja California Sur. (OEM-Informex).- El cronista municipal de Los Cabos, Gabriel Fonseca Verdugo, compartió a través de la página de Facebook oficial como cronista, una crónica de la profesora Amelia Wilkes Ceseña, en su aniversario luctuoso.

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La crónica es autoría de la maestra Faustina Wilkes Richie, publicado en su libro: “El San Lucas que yo conocí”.

A continuación, compartimos textualmente la crónica para beneplácito de nuestros lectores, sobre todo para aquellos nuevos oriundos a quienes es importante poner en sus manos la historia de los personajes de Los Cabos, en este caso en especial a la profesora Amelia Wilkes, nombre que lleva en su honor la icónica plaza pública del centro de Cabo San Lucas.

María Amelia (Melucha) nació en el pueblo viejo de Cabo San Lucas el 26 de febrero de 1907, siendo la quinta hija de Cipriano Wilkes Ceseña y Petronila Ceseña Ceseña, la nana Pipi. Su casa se ubicaba por la antigua meseta en el predio de "El Rosarito", el segundo poblado de Cabo San Lucas, a un lado de la propiedad que pasaba por el camino a San José del Cabo; la casa era amplia. Tenía su pozo de agua, como todas en esos tiempos, y algunos habitantes usaban los molinos de vientos, según Ofelia y Rogelio Covarrubias, sus sobrinos.

La niñez de Amelia y hermanos fue de constantes retos al haber fallecido su padre (mi abuelo) en 1908, teniendo apenas 10 años de casados y dejando 5 hijos pequeños. Cinco hijos que tenían que salir adelante en un rancho que necesitaba la mano férrea de un hombre, rancho que los alimentaba y vestía. Su madre (la abuela PiPi) se levantó, junto con todo lo que poseía y enseña a sus hijos en las tareas diarias y pesadas del rancho así logrando salir adelante.

Ella quiso estudiar y así lo hizo, sólo que dejaba atrás a su familia completa, pero, había que sacrificar algunas cosas para lograr su proyecto de vida. La nina Melucha convivió con todos nosotras, las hijas de Paco, su hermano. Recuerdo que siempre quería gobernar a la familia, sólo que en mi familia se topaba con mi padre quien siempre estaba en desacuerdo por equis motivo. El motivo era sencillo de entender: papá no quería interferencias con lo que consideraba nuestra educación. Aún así, Amelia y Paco, se necesitaban, eran los pilares de la familia fuerte que se sostenía y se sostuvo unida.

En los viajes a los lugares donde la nina fue asignada a trabajar: la Playa de San Vicente, Migriño y Candelaria, ahí estaba Paco, mi padre, llevándola y Cayéndola en su yegua. Papá la enseñó a montar en caballo con elegancia femenina, lo mismo le enseñó a montar, desmontar y aceitar el rifle calibre 22 que poseía.

Así se trasladaban aquellos hermanos varias veces al año por la serranía cabeña en los ires y venires de la nina. No era apapachadora, pero nos hacía cariños y, en sus actos, siempre demostraba querernos a pesar de ser una persona no dada a ciertas expresiones de amor, pero siempre estuvo ahí, Al partir papá y dejarnos pequeñas, fue un apoyo inmenso para nosotras, al igual que la tía Chayo, dos ayudas grandes para mamá.

Cuando tenían que recabar fondos para algún comité en los que trabajaba, se organizaban actividades, y ¡Claro!, lo que más dejaba eran los bailes. Entonces, la nina Melucha los encargaba a las muchachas del lugar, casi a todas, en edad casadera. Una vez, el profesor León Cota, andaba muy enamorado de su novia y se vieron en el baile; la novia, ¡Lógico!, iba con la nina. La profesora decide en un momento determinado llevarse a sus acompañantes, porque tenía que entregarlas casa por casa. Al ver esto, León, le dice al profesor Nayo: " Vamos con mi madrina para decirle que es muy temprano para que se termine el baile". ¡Uh! —dice el profesor. Y cuando ya casi están por abrir la boca, la nina les dice: "Ni lleguen, ya sé a qué vienen y ya nos vamos".

¡Pero, profesora!, ¡Pero, madrina! Y se las lleva. León, tan indignado estaba, que levanta la voz y le dice: ¡Arrienda la tomada de agua! (Los cabaalos, ganado vacuno, ect. Bajan de la sierra o del campo a tomar agua y no hay poder humano de reternerlas en el corral si ya han tomado agua).

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