/ lunes 11 de noviembre de 2019

Un italiano en California Sur antes de la Revolución (III)

Tercera de cuatro partes

Y prosigue la admirada descripción de Dollero: “Es una impresión indescriptible la que se experimenta al llegar enfrente de La Paz en una hermosa mañana de Sol. Parece una gran tela pintada por un escenógrafo inspirado; sentís en el alma un impulso misterioso y potente que os arranca una exclamación de admiración y de gozo.

Llegamos a las ocho de la mañana. El muelle estaba bastante concurrido y no faltaba alguna carita graciosa para alegrar mayormente el paisaje. Airosas palmeras levantaban sus espléndidos penachos atrás de los grupos de casitas blancas, acariciadas por las olas mansas de la bahía.

Habiendo sido inmejorable nuestra primera impresión y también porque nos habían hablado de La Paz con brío y entusiasmo, esperábamos encontrar una ciudad llena de vida y de poesía. Pero ¡ay de mí!, a pesar de ser graciosa porque así lo quiso la naturaleza, La Paz, que sería la población ideal para unos recién casados, resultó de una monotonía desesperante para nosotros y especialmente para Vaucresson [compañero de viaje].

De día en las calles no se veían más que personas del pueblo bajo; muy raras veces alguna señora o señorita pasaba de prisa cerca de nosotros mirándonos con curiosidad y saludándonos amablemente con un adiós que llegaba en momento muy oportuno para quitarnos algo de la tristeza que nos invadía al encontrarnos tan solos.

Otras veces, atrás de una persiana se entreveía o se adivinaba alguna figura femenina, oíamos un cuchicheo, algunas risas sofocadas enseguida y después ya nada; siempre la misma tranquilidad, la misma monotonía.

La Paz entonces no tenía ni luz eléctrica ni servicio de agua potable; las calles desiguales, polvosas, casi siempre sin banquetas no hacían nacer el deseo de pasear, y en las noches, a las siete todo era silencio, todo era desierto y mal iluminado. Sólo los domingos había un poco más de animación durante algunas horas.

Pero las palmeras se levantaban orgullosas, el cielo tenía un color azul que se debía admirar a pesar de todo, en las flores se notaba un aroma especial, y la naturaleza y el Sol que iluminaba la bahía espléndida y las blancas casitas atrás de las cuales la gente se obstinaba en encerrarse, sonreían eternamente.

Hicimos una breve excursión en los alrededores de La Paz, visitando la curtiduría de los señores Viosca y Compañía, una de las mejores de la República. Con la nueva maquinaria que se estaba entonces instalando, debía exceder los 400,000 pesos el valor anual de los cueros de varias clases para suelas, guarniciones, etc. También en esa curtiduría se usaba la corteza del Palo blanco que abundaba en los terrenos adyacentes; anexa había una pequeña fábrica de hielo.

No había otras industrias, excepción hecha de un pequeño laboratorio de la Casa Rochín y Compañía, en el cual se fabricaban carros y se fundían piezas de refacción de fierro y de bronce y artículos para la pesca de los cetáceos y de las tortugas.

Una noche a las 2 y media de la madrugada, Vaucresson y yo fuimos despertados bruscamente por fuertes golpes a la puerta del cuarto. Era el cochero de la diligencia que nos venía a llamar para salir a las 3 para El Triunfo. Bornetti había arreglado los asientos la víspera, pero para darnos una broma nos lo había ocultado. Podéis figuraros nuestra sorpresa. En unos cuantos minutos metimos lo más indispensable dentro de un baúl y salimos.

La noche era oscura, dormitábamos todos; de vez en cuando un hoyanco o alguna piedra hacía saltar la diligencia y abríamos entonces un momento los ojos, asustados, para volverlos a cerrar en seguida, en un sueño interrumpido y pesado.

Éramos siete viajeros, todos amontonados como las anchoas sobre los barriles. Vaucresson había encontrado sobre los costales del correo una almohada relativamente cómoda, pero Bornetti y yo, sentados sin tener siquiera en donde poder recargar cómodamente las espaldas, nos encontrábamos muy mal, y nuestras cabezas chocaban a cada rato.

Por fin amaneció. La campiña era árida, había muchísimas cactáceas y algunas variedades producían frutos sabrosos. Abundaban también las plantas conocidas con el nombre de Palo adán, cuyas flores coloradas quitaban un poco de monotonía al paisaje. El Palo adán sirve para lavar y desmanchar tejidos y produce una espuma como la del jabón.

Las mulas andaban al paso; algunas veces el largo látigo del cochero las obligaba a un trote corto y pesado y entonces el polvo del camino nos llenaba más que nunca los ojos, los oídos y la boca, haciéndonos toser y estornudar. Por fin después de doce horas de viaje llegamos a El Triunfo…”

Tercera de cuatro partes

Y prosigue la admirada descripción de Dollero: “Es una impresión indescriptible la que se experimenta al llegar enfrente de La Paz en una hermosa mañana de Sol. Parece una gran tela pintada por un escenógrafo inspirado; sentís en el alma un impulso misterioso y potente que os arranca una exclamación de admiración y de gozo.

Llegamos a las ocho de la mañana. El muelle estaba bastante concurrido y no faltaba alguna carita graciosa para alegrar mayormente el paisaje. Airosas palmeras levantaban sus espléndidos penachos atrás de los grupos de casitas blancas, acariciadas por las olas mansas de la bahía.

Habiendo sido inmejorable nuestra primera impresión y también porque nos habían hablado de La Paz con brío y entusiasmo, esperábamos encontrar una ciudad llena de vida y de poesía. Pero ¡ay de mí!, a pesar de ser graciosa porque así lo quiso la naturaleza, La Paz, que sería la población ideal para unos recién casados, resultó de una monotonía desesperante para nosotros y especialmente para Vaucresson [compañero de viaje].

De día en las calles no se veían más que personas del pueblo bajo; muy raras veces alguna señora o señorita pasaba de prisa cerca de nosotros mirándonos con curiosidad y saludándonos amablemente con un adiós que llegaba en momento muy oportuno para quitarnos algo de la tristeza que nos invadía al encontrarnos tan solos.

Otras veces, atrás de una persiana se entreveía o se adivinaba alguna figura femenina, oíamos un cuchicheo, algunas risas sofocadas enseguida y después ya nada; siempre la misma tranquilidad, la misma monotonía.

La Paz entonces no tenía ni luz eléctrica ni servicio de agua potable; las calles desiguales, polvosas, casi siempre sin banquetas no hacían nacer el deseo de pasear, y en las noches, a las siete todo era silencio, todo era desierto y mal iluminado. Sólo los domingos había un poco más de animación durante algunas horas.

Pero las palmeras se levantaban orgullosas, el cielo tenía un color azul que se debía admirar a pesar de todo, en las flores se notaba un aroma especial, y la naturaleza y el Sol que iluminaba la bahía espléndida y las blancas casitas atrás de las cuales la gente se obstinaba en encerrarse, sonreían eternamente.

Hicimos una breve excursión en los alrededores de La Paz, visitando la curtiduría de los señores Viosca y Compañía, una de las mejores de la República. Con la nueva maquinaria que se estaba entonces instalando, debía exceder los 400,000 pesos el valor anual de los cueros de varias clases para suelas, guarniciones, etc. También en esa curtiduría se usaba la corteza del Palo blanco que abundaba en los terrenos adyacentes; anexa había una pequeña fábrica de hielo.

No había otras industrias, excepción hecha de un pequeño laboratorio de la Casa Rochín y Compañía, en el cual se fabricaban carros y se fundían piezas de refacción de fierro y de bronce y artículos para la pesca de los cetáceos y de las tortugas.

Una noche a las 2 y media de la madrugada, Vaucresson y yo fuimos despertados bruscamente por fuertes golpes a la puerta del cuarto. Era el cochero de la diligencia que nos venía a llamar para salir a las 3 para El Triunfo. Bornetti había arreglado los asientos la víspera, pero para darnos una broma nos lo había ocultado. Podéis figuraros nuestra sorpresa. En unos cuantos minutos metimos lo más indispensable dentro de un baúl y salimos.

La noche era oscura, dormitábamos todos; de vez en cuando un hoyanco o alguna piedra hacía saltar la diligencia y abríamos entonces un momento los ojos, asustados, para volverlos a cerrar en seguida, en un sueño interrumpido y pesado.

Éramos siete viajeros, todos amontonados como las anchoas sobre los barriles. Vaucresson había encontrado sobre los costales del correo una almohada relativamente cómoda, pero Bornetti y yo, sentados sin tener siquiera en donde poder recargar cómodamente las espaldas, nos encontrábamos muy mal, y nuestras cabezas chocaban a cada rato.

Por fin amaneció. La campiña era árida, había muchísimas cactáceas y algunas variedades producían frutos sabrosos. Abundaban también las plantas conocidas con el nombre de Palo adán, cuyas flores coloradas quitaban un poco de monotonía al paisaje. El Palo adán sirve para lavar y desmanchar tejidos y produce una espuma como la del jabón.

Las mulas andaban al paso; algunas veces el largo látigo del cochero las obligaba a un trote corto y pesado y entonces el polvo del camino nos llenaba más que nunca los ojos, los oídos y la boca, haciéndonos toser y estornudar. Por fin después de doce horas de viaje llegamos a El Triunfo…”

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