/ lunes 14 de octubre de 2019

Un italiano en California Sur antes de la Revolución

(Primera de 4 partes)

Adolfo Dollero [1872-1936] fue viajero turístico que llegó a la ciudad de México en tren desde Nueva York en junio de 1907. Le acompañaron dos amigos, el ingeniero Armando Bornetti, de Roma, y el químico Arturo Vaucresson, procedente de Suiza.

El grupo disfrutaba una larga y variada estadía en la República, todavía en plena pax porfiriana, para conocer a fondo su pueblo, sus bellezas naturales, sus monumentos y la afamada reciente transformación económica del país, y volvieron a Europa tres años después.

Como resultado del viaje, Dollero preparó una guía comentada con un directorio, ampliamente ilustrado, que tituló México al día (Impresiones y notas de viaje), publicado en la capital francesa por la famosa editorial de la viuda de C. Bouret, de París y México, de 972 páginas.

Su capítulo XXII se refiere a la península de Baja California, pero la mayor parte alude a Baja California Sur.

El pequeño vapor Álamos en que viajaban desde esa población sonorense, atracó algunas horas en el puerto de Santa Rosalía y aprovecharon la oportunidad para bajar a tierra y visitar la gran compañía francesa del Boleo, una de las más prósperas de México.

“Santa Rosalía –relata Dollero-, que cuenta hoy día cerca de 7000 habitantes, antes del año 1884 era un escollo árido y casi abandonado en donde vivían unas cuantas familias de pescadores. Actualmente es una pequeña ciudad en donde la compañía ha creado todo lo que antes hacía falta, agua potable, vegetación, comercio y el puerto, enteramente moderno en el cual pueden guarecerse vapores hasta de 10,000 toneladas. Mide 171,010 metros cuadrados.

La compañía del Boleo explota con magníficos resultados grandes minas de cobre. La producción en 1908 ha llegado a 12,600 toneladas; la ley de los minerales no es muy alta pero está compensada por la abundancia de ellos.”

Luego de una amplia descripción sobre esto, agregó:

“Trabajan por todo 3,600 hombres aproximadamente, y una instalación eléctrica de 2,000 caballos de fuerza mueve la maquinaria y las bombas.

Santa Rosalía tiene escuelas, teatro, hospital, iglesia, lazareto y además hay una estación radiotelegráfica, sistema Marconi.

Junto a la iglesia de la misión estaba alojado el rector señor Alloero, al cual venía recomendado Bornetti. Lo encontramos en compañía del padre Marsiliani, otro sacerdote que se preocupa para llevar a los habitantes de las clases bajas de la Baja California, además de la religión, ventajas prácticas, fundando colegios y estaciones agrícolas con el apoyo de los particulares y del mismo gobierno mexicano.

¡Ojalá que todos los sacerdotes hicieran lo mismo!

Encontramos en ellos a dos personas de ideas modernas, ajenas a ese fanatismo religioso que hoy día es absurdo y ridículo.

Salimos de Santa Rosalía por la tarde. El vapor hizo escala en Mulegé y en Loreto pero no bajamos a tierra hasta La Paz, capital del distrito Sur de la Baja California, cuya población es muy reducida.

Pertenecen al distrito Sur todas las islas del golfo de California o mar de Cortés, y las del océano Pacífico hasta el paralelo 28°. Hay por todo siete municipalidades; las de mayor importancia son las de Mulegé, que comprende Santa Rosalía, y la municipalidad de La Paz con 5,400 habitantes.

Una gran parte del distrito Sur es árida; no hay ríos verdaderos sino torrentes que durante la temporada de las lluvias traen un regular volumen de agua, pero que se secan en los otros meses, quedando una parte del líquido en el subsuelo debido a las filtraciones.

Hay varios manantiales y tinajas o depósitos naturales de agua; hay también dos caídas de agua bastante notables, las de La Purísima y la de San Bartolo. En el distrito existen varias fajas de terreno muy fértil que producen abundantemente dátiles, caña de azúcar, almendras, ciruelas, cocos e higos cuya exportación se verifica especialmente de La Paz, Mulegé y Comondú. Existen también infinitas variedades de cactáceas.

Se exportan muchas plantas de tanino como el palo blanco ante todas, el mauto, muy parecido al primero pero con una porcentual menor de ácido tánico; el torote, la matacora, el huamúchil y algunas otras en menor escala; además varias plantas tintóreas y diferentes variedades de fibras textiles.

Entre las industrias de mayor rendimiento hay que mencionar el buceo de perlas, la pesca de peces y de cetáceos para extraer de ellos el aceite, y la de la tortuga de carey que abunda aún mucho en aquellos mares, y de las cual se encuentran algunas veces ejemplares maravillosos por belleza y dimensiones.

Existen también numerosos yacimientos de mármoles, casi todos inexplotados, de caolín para la fabricación de la porcelana, y además depósitos de sal.

El clima del distrito Sur de la Baja California es caliente seco en algunos lugares; húmedos y templado en otros. Es muy sano y la mortalidad es muy baja. No es muy sano cerca de San José del Cabo, en donde dominan seguido las fiebres palúdicas debido a los pantanos que allí existen.

Los habitantes son muy pacíficos y los crímenes son raros y casi siempre pasionales.”

(Primera de 4 partes)

Adolfo Dollero [1872-1936] fue viajero turístico que llegó a la ciudad de México en tren desde Nueva York en junio de 1907. Le acompañaron dos amigos, el ingeniero Armando Bornetti, de Roma, y el químico Arturo Vaucresson, procedente de Suiza.

El grupo disfrutaba una larga y variada estadía en la República, todavía en plena pax porfiriana, para conocer a fondo su pueblo, sus bellezas naturales, sus monumentos y la afamada reciente transformación económica del país, y volvieron a Europa tres años después.

Como resultado del viaje, Dollero preparó una guía comentada con un directorio, ampliamente ilustrado, que tituló México al día (Impresiones y notas de viaje), publicado en la capital francesa por la famosa editorial de la viuda de C. Bouret, de París y México, de 972 páginas.

Su capítulo XXII se refiere a la península de Baja California, pero la mayor parte alude a Baja California Sur.

El pequeño vapor Álamos en que viajaban desde esa población sonorense, atracó algunas horas en el puerto de Santa Rosalía y aprovecharon la oportunidad para bajar a tierra y visitar la gran compañía francesa del Boleo, una de las más prósperas de México.

“Santa Rosalía –relata Dollero-, que cuenta hoy día cerca de 7000 habitantes, antes del año 1884 era un escollo árido y casi abandonado en donde vivían unas cuantas familias de pescadores. Actualmente es una pequeña ciudad en donde la compañía ha creado todo lo que antes hacía falta, agua potable, vegetación, comercio y el puerto, enteramente moderno en el cual pueden guarecerse vapores hasta de 10,000 toneladas. Mide 171,010 metros cuadrados.

La compañía del Boleo explota con magníficos resultados grandes minas de cobre. La producción en 1908 ha llegado a 12,600 toneladas; la ley de los minerales no es muy alta pero está compensada por la abundancia de ellos.”

Luego de una amplia descripción sobre esto, agregó:

“Trabajan por todo 3,600 hombres aproximadamente, y una instalación eléctrica de 2,000 caballos de fuerza mueve la maquinaria y las bombas.

Santa Rosalía tiene escuelas, teatro, hospital, iglesia, lazareto y además hay una estación radiotelegráfica, sistema Marconi.

Junto a la iglesia de la misión estaba alojado el rector señor Alloero, al cual venía recomendado Bornetti. Lo encontramos en compañía del padre Marsiliani, otro sacerdote que se preocupa para llevar a los habitantes de las clases bajas de la Baja California, además de la religión, ventajas prácticas, fundando colegios y estaciones agrícolas con el apoyo de los particulares y del mismo gobierno mexicano.

¡Ojalá que todos los sacerdotes hicieran lo mismo!

Encontramos en ellos a dos personas de ideas modernas, ajenas a ese fanatismo religioso que hoy día es absurdo y ridículo.

Salimos de Santa Rosalía por la tarde. El vapor hizo escala en Mulegé y en Loreto pero no bajamos a tierra hasta La Paz, capital del distrito Sur de la Baja California, cuya población es muy reducida.

Pertenecen al distrito Sur todas las islas del golfo de California o mar de Cortés, y las del océano Pacífico hasta el paralelo 28°. Hay por todo siete municipalidades; las de mayor importancia son las de Mulegé, que comprende Santa Rosalía, y la municipalidad de La Paz con 5,400 habitantes.

Una gran parte del distrito Sur es árida; no hay ríos verdaderos sino torrentes que durante la temporada de las lluvias traen un regular volumen de agua, pero que se secan en los otros meses, quedando una parte del líquido en el subsuelo debido a las filtraciones.

Hay varios manantiales y tinajas o depósitos naturales de agua; hay también dos caídas de agua bastante notables, las de La Purísima y la de San Bartolo. En el distrito existen varias fajas de terreno muy fértil que producen abundantemente dátiles, caña de azúcar, almendras, ciruelas, cocos e higos cuya exportación se verifica especialmente de La Paz, Mulegé y Comondú. Existen también infinitas variedades de cactáceas.

Se exportan muchas plantas de tanino como el palo blanco ante todas, el mauto, muy parecido al primero pero con una porcentual menor de ácido tánico; el torote, la matacora, el huamúchil y algunas otras en menor escala; además varias plantas tintóreas y diferentes variedades de fibras textiles.

Entre las industrias de mayor rendimiento hay que mencionar el buceo de perlas, la pesca de peces y de cetáceos para extraer de ellos el aceite, y la de la tortuga de carey que abunda aún mucho en aquellos mares, y de las cual se encuentran algunas veces ejemplares maravillosos por belleza y dimensiones.

Existen también numerosos yacimientos de mármoles, casi todos inexplotados, de caolín para la fabricación de la porcelana, y además depósitos de sal.

El clima del distrito Sur de la Baja California es caliente seco en algunos lugares; húmedos y templado en otros. Es muy sano y la mortalidad es muy baja. No es muy sano cerca de San José del Cabo, en donde dominan seguido las fiebres palúdicas debido a los pantanos que allí existen.

Los habitantes son muy pacíficos y los crímenes son raros y casi siempre pasionales.”

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