/ miércoles 29 de mayo de 2019

Política y administración pública

Podemos coincidir en que la política es la actividad que nos impulsa el interés por los asuntos públicos, de la comunidad social, de la ciudad o polis, en griego

El fin último de la política ha de ser… la procuración de la felicidad de la gente, expresada en el administrar los asuntos públicos (salud, seguridad y educación, entre los de mayor importancia)

Ese interés tiene diversos grados de intensidad, como las otras ocupaciones humanas: hay personas que ven con alguna indiferencia las cosas concernientes a la vida organizada de la colectividad; a ellas fue dedicada la frase de Platón: “El castigo por no querer participar en la política es acabar gobernado por las peores personas.”

Más adelante, Lenin afirmó que si te desinteresas de la política, si evitas meterte en ella, la política se meterá contigo y al final te fastidiara la vida.

Existen individuos con apenas ciertas dosis de atención, y algunos que asumen responsabilidades en este sentido, manifiestas en el comentario, la crítica y la llana aportación de opiniones.

Pero están los que avizoran en la acción política directa la mejor manera de poner en ejercicio las ideas propias (o ajenas, con las cuales se comulga) al respecto del desarrollo y bien comunes.

Porque el fin último de la política ha de ser, como apuntamos al principio, la procuración de la felicidad de la gente, expresada en el administrar los asuntos públicos (salud, seguridad y educación, entre los de mayor importancia) convenientemente en favor del bienestar general. Nada menos que eso.

Y de ella derivan los diversos frentes en que habrá de expresarse la voluntad de trabajar por la calidad de vida de la colectividad a la que se tiene el compromiso de atender: política de salud, política de seguridad, de educación y así de cada uno de los ramos de la gestión gubernamental.

En esa procuración divergen las soluciones, en base a la experiencia, aunque todas ellas son siempre a futuro, sujetas a prueba de ensayo y error, como meras hipótesis, pero el político militante pone alma, corazón y vida en ello a pesar de que en el camino pudiere interponerse la frustración, como suele ocurrir, por causa de los factores imprevistos.

Pero nadie tema decir que los gobernados tenemos pleno y absoluto derecho a exigir de nuestros conciudadanos en el uso del poder, que nos consigan la felicidad, así como a los médicos les demandamos salud, a los arquitectos la morada ideal para vivir, trabajar o convivir, a los maestros el tipo de educación que requerimos (o creemos que requerimos), a los plomeros el funcionamiento correcto de los fluidos domésticos, y así todo lo demás.

Para ello la gente debe tener plena conciencia de que el que obtiene un cargo cualquiera para la procuración del bien público (presidente, gobernador, alcalde y todos quienes forman la estructura necesaria para ello) es un empleado que debe rendir cuentas y cuyo accionar debe ser objeto de la contraloría social.

Es asimismo advertible, y de muchas maneras lamentable, que en la vida política y la administración pública (que no son lo mismo, aunque tienen cierta clase de parentesco) hay quienes entran de chiripa, sin entender por qué ni para qué, por cercanías con la familia o la amistad, en ocasiones directamente del oficio de cada quien o simplemente de la calle, carentes de formación, ignorantes de la función que deberán realizar, con la sola certeza de que el erario es un botín que les corresponde por alguna razón de índole providencial, y al que hay que depredar en los próximos tres o seis años, según sea el caso.

Son los que han deformado el elevado sentido de la política y el servicio público, lo que a muchos lleva a considerar que todos los políticos y todos los que gobiernan de alguna manera, son corruptos, ladrones e irresponsables.

Se trata de una apreciación falsa, de un sofisma, porque significa una generalización que también es injustamente aplicada por lo común a los abogados, sacerdotes, mecánicos y toda la serie de personas a quienes confiamos en determinado momento nuestro bienestar y tranquilidad; todos ellos son servidores públicos, al fin y al cabo.

Quedan para el final los políticos con vocación y afán de realizarse como profesionales, que es la manera en que cada quien satisface su vocación, el llamado que siente recibir para vivir a plenitud.

Éstos forman una clase aparte y nada tienen que ver con los falsos políticos y funcionarios simuladores.

Son necesarios porque actúan con definición y convicciones claras; de tiempo y pensamiento completos para su entorno social y más allá de él; buscan soluciones permanentes, no para salir del paso; quieren con sinceridad y determinación el bien de su gente, trátese del pueblo, la ciudad, el municipio, el estado o la nación.

Es el tipo de político y administrador público que necesitamos, el profesional, el teórico-práctico dotado de objetivos claros y una praxis que pretende encauzar al bien de la generalidad que le confía su presente y porvenir próximo.

Es en el único en quien se puede confiar y el que permanecerá, ya que al cabo los demás volverán al oficio de su origen una vez terminado el tiempo preciso de duración en el efímero poder que usufructuaron carentes de mérito, de entendimiento y responsabilidad.

El fin último de la política ha de ser la procuración de la felicidad de la gente, expresada en el administrar los asuntos públicos (salud, seguridad y educación, entre los de mayor importancia) convenientemente en favor del bienestar general

Podemos coincidir en que la política es la actividad que nos impulsa el interés por los asuntos públicos, de la comunidad social, de la ciudad o polis, en griego

El fin último de la política ha de ser… la procuración de la felicidad de la gente, expresada en el administrar los asuntos públicos (salud, seguridad y educación, entre los de mayor importancia)

Ese interés tiene diversos grados de intensidad, como las otras ocupaciones humanas: hay personas que ven con alguna indiferencia las cosas concernientes a la vida organizada de la colectividad; a ellas fue dedicada la frase de Platón: “El castigo por no querer participar en la política es acabar gobernado por las peores personas.”

Más adelante, Lenin afirmó que si te desinteresas de la política, si evitas meterte en ella, la política se meterá contigo y al final te fastidiara la vida.

Existen individuos con apenas ciertas dosis de atención, y algunos que asumen responsabilidades en este sentido, manifiestas en el comentario, la crítica y la llana aportación de opiniones.

Pero están los que avizoran en la acción política directa la mejor manera de poner en ejercicio las ideas propias (o ajenas, con las cuales se comulga) al respecto del desarrollo y bien comunes.

Porque el fin último de la política ha de ser, como apuntamos al principio, la procuración de la felicidad de la gente, expresada en el administrar los asuntos públicos (salud, seguridad y educación, entre los de mayor importancia) convenientemente en favor del bienestar general. Nada menos que eso.

Y de ella derivan los diversos frentes en que habrá de expresarse la voluntad de trabajar por la calidad de vida de la colectividad a la que se tiene el compromiso de atender: política de salud, política de seguridad, de educación y así de cada uno de los ramos de la gestión gubernamental.

En esa procuración divergen las soluciones, en base a la experiencia, aunque todas ellas son siempre a futuro, sujetas a prueba de ensayo y error, como meras hipótesis, pero el político militante pone alma, corazón y vida en ello a pesar de que en el camino pudiere interponerse la frustración, como suele ocurrir, por causa de los factores imprevistos.

Pero nadie tema decir que los gobernados tenemos pleno y absoluto derecho a exigir de nuestros conciudadanos en el uso del poder, que nos consigan la felicidad, así como a los médicos les demandamos salud, a los arquitectos la morada ideal para vivir, trabajar o convivir, a los maestros el tipo de educación que requerimos (o creemos que requerimos), a los plomeros el funcionamiento correcto de los fluidos domésticos, y así todo lo demás.

Para ello la gente debe tener plena conciencia de que el que obtiene un cargo cualquiera para la procuración del bien público (presidente, gobernador, alcalde y todos quienes forman la estructura necesaria para ello) es un empleado que debe rendir cuentas y cuyo accionar debe ser objeto de la contraloría social.

Es asimismo advertible, y de muchas maneras lamentable, que en la vida política y la administración pública (que no son lo mismo, aunque tienen cierta clase de parentesco) hay quienes entran de chiripa, sin entender por qué ni para qué, por cercanías con la familia o la amistad, en ocasiones directamente del oficio de cada quien o simplemente de la calle, carentes de formación, ignorantes de la función que deberán realizar, con la sola certeza de que el erario es un botín que les corresponde por alguna razón de índole providencial, y al que hay que depredar en los próximos tres o seis años, según sea el caso.

Son los que han deformado el elevado sentido de la política y el servicio público, lo que a muchos lleva a considerar que todos los políticos y todos los que gobiernan de alguna manera, son corruptos, ladrones e irresponsables.

Se trata de una apreciación falsa, de un sofisma, porque significa una generalización que también es injustamente aplicada por lo común a los abogados, sacerdotes, mecánicos y toda la serie de personas a quienes confiamos en determinado momento nuestro bienestar y tranquilidad; todos ellos son servidores públicos, al fin y al cabo.

Quedan para el final los políticos con vocación y afán de realizarse como profesionales, que es la manera en que cada quien satisface su vocación, el llamado que siente recibir para vivir a plenitud.

Éstos forman una clase aparte y nada tienen que ver con los falsos políticos y funcionarios simuladores.

Son necesarios porque actúan con definición y convicciones claras; de tiempo y pensamiento completos para su entorno social y más allá de él; buscan soluciones permanentes, no para salir del paso; quieren con sinceridad y determinación el bien de su gente, trátese del pueblo, la ciudad, el municipio, el estado o la nación.

Es el tipo de político y administrador público que necesitamos, el profesional, el teórico-práctico dotado de objetivos claros y una praxis que pretende encauzar al bien de la generalidad que le confía su presente y porvenir próximo.

Es en el único en quien se puede confiar y el que permanecerá, ya que al cabo los demás volverán al oficio de su origen una vez terminado el tiempo preciso de duración en el efímero poder que usufructuaron carentes de mérito, de entendimiento y responsabilidad.

El fin último de la política ha de ser la procuración de la felicidad de la gente, expresada en el administrar los asuntos públicos (salud, seguridad y educación, entre los de mayor importancia) convenientemente en favor del bienestar general

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