/ domingo 9 de febrero de 2020

Pertenencia de California

Las preocupaciones por la proliferación del uso del término “baja” para designar a nuestra península, y consecuentemente a cada una de sus dos entidades federativas, ha llevado a la realización de múltiples esfuerzos tendientes a abolir esa viciosa práctica que cada vez más parece haber tomado carta de naturaleza en la vida estatal, incluso con el comodino conformismo, la silenciosa complicidad y la irresponsable indiferencia de muchos de sus propios habitantes, oriundos y avecindados.

Mal ejemplo reciente es el de una negociación de vehículos automotores en la capital sudcaliforniana que luego de su marca ostenta alegremente lo de “baja sur”.

Las acciones reivindicatorias del nombre California para esta media península tuvieron culminación legislativa el 31 de diciembre de 1982 en que el gobernador Alberto Alvarado publicó el decreto número 374 mediante el cual fue promulgada la “ley para que se utilice el nombre completo de Baja California Sur, y al mismo tiempo se suprima el calificativo baja”.

A pesar de ello, la citada disposición ha carecido de vigencia real y se ha propiciado su infracción mediante la ignorancia o el contubernio con los intereses que pretenden negar a esta tierra la propiedad original del nombre de California y adjudicarlo con exclusividad al estado norteamericano que, al fin de cuentas, fue el que recibió tal denominación en segundo término. Las intenciones son, pues, obvias.

Se argumenta que cualquier empresario puede dar a su negocio o producto la razón social o marca que le venga en gana. Esto es falso porque nadie tiene derecho, por supuesto, a ostentar un nombre público que atente contra la moral y la dignidad de una comunidad, y que atropelle los valores sociales. A todas luces, dígase lo que se dijere, el vocablo “baja”y la execrable denominación “baja sur” son denigratorios, infamantes, desprestigiosos, injuriosos, ofensivos.

Los anglosajones trasladan “baja” como lower, eso todo el mundo lo sabe. ¿Y ya sabe todo el mundo que lower tiene para ellos el sentido de “más bajo”, “bajar”, “disminuir”, “rebajar”, “disminuirse”? Así que lejos están de dar esta denominación a nuestra tierra y a sus pobladores como expresión “de cariño” –como alguien decía tan ingenua como convencida o convenencieramente--.

Piénsese, digamos, en la probabilidad de que en uno de estos años tengamos representándonos en algún certamen nacional a una “señorita baja”, o que de pronto nuestro gentilicio sea “bajeño” o “bajasureño”.

El nombre de California data del siglo XI, y sirvió para designar a un sitio literario que no tuvo realidad geográfica concreta hasta que fue aplicado a un lugar definitivo, por primera vez, y que resultó ser esta parte sur de la península luego de la llegada y permanencia de Hernán Cortés en ella por cerca de un año (de 1535 a 1536), y lo recibieron por extensión todos los territorios que se hallaban al norte, de modo que nuestra California comprendía desde el cabo de San Lucas hasta los confines norteños del continente americano.

La colonización de la California continental se efectuó con hombres, bienes y productos de la California peninsular a partir de 1769. Para diferenciar a una de otra se les impusieron los respectivos nombres de Antigua o Baja California y Nueva o Alta California; sólo que al pasar ésta a posesión de los norteamericanos se le empezó a llamar únicamente California y, a la otra, Baja California.

Para que aquélla quede en propiedad exclusiva de ese nombre literario y mágico, desde hace largo tiempo se promueve de modo insistente el empleo del adjetivo “baja”o el pleonasmo “baja sur” para designar a la primera California, tanto por parte de los estadounidenses como de muchas instancias nacionales conectadas con el comercio y el turismo, principalmente, entre las que se incluyen varias dependencias del gobierno, federales y estatales.

Urge, por tanto, que no sólo se haga imperar localmente la vigencia del decreto a que se alude, sino que se efectúen trámites ante la federación mexicana, primordialmente las secretarías de Gobernación, de Economía y de Turismo para lograr que sea negado o cancelado el registro a asociaciones, empresas y otros organismos que pretendan utilizar en su razón o sinrazón social el pernicioso calificativo “baja” o “baja sur” en sustitución de la designación histórica y constitucional de Baja California Sur, que intereses serviles buscan mutilar agrediendo a uno de los valores más elevados y respetables de su cultura e identidad: el nombre de California que, como ha quedado dicho, le pertenece en primer término.

Las preocupaciones por la proliferación del uso del término “baja” para designar a nuestra península, y consecuentemente a cada una de sus dos entidades federativas, ha llevado a la realización de múltiples esfuerzos tendientes a abolir esa viciosa práctica que cada vez más parece haber tomado carta de naturaleza en la vida estatal, incluso con el comodino conformismo, la silenciosa complicidad y la irresponsable indiferencia de muchos de sus propios habitantes, oriundos y avecindados.

Mal ejemplo reciente es el de una negociación de vehículos automotores en la capital sudcaliforniana que luego de su marca ostenta alegremente lo de “baja sur”.

Las acciones reivindicatorias del nombre California para esta media península tuvieron culminación legislativa el 31 de diciembre de 1982 en que el gobernador Alberto Alvarado publicó el decreto número 374 mediante el cual fue promulgada la “ley para que se utilice el nombre completo de Baja California Sur, y al mismo tiempo se suprima el calificativo baja”.

A pesar de ello, la citada disposición ha carecido de vigencia real y se ha propiciado su infracción mediante la ignorancia o el contubernio con los intereses que pretenden negar a esta tierra la propiedad original del nombre de California y adjudicarlo con exclusividad al estado norteamericano que, al fin de cuentas, fue el que recibió tal denominación en segundo término. Las intenciones son, pues, obvias.

Se argumenta que cualquier empresario puede dar a su negocio o producto la razón social o marca que le venga en gana. Esto es falso porque nadie tiene derecho, por supuesto, a ostentar un nombre público que atente contra la moral y la dignidad de una comunidad, y que atropelle los valores sociales. A todas luces, dígase lo que se dijere, el vocablo “baja”y la execrable denominación “baja sur” son denigratorios, infamantes, desprestigiosos, injuriosos, ofensivos.

Los anglosajones trasladan “baja” como lower, eso todo el mundo lo sabe. ¿Y ya sabe todo el mundo que lower tiene para ellos el sentido de “más bajo”, “bajar”, “disminuir”, “rebajar”, “disminuirse”? Así que lejos están de dar esta denominación a nuestra tierra y a sus pobladores como expresión “de cariño” –como alguien decía tan ingenua como convencida o convenencieramente--.

Piénsese, digamos, en la probabilidad de que en uno de estos años tengamos representándonos en algún certamen nacional a una “señorita baja”, o que de pronto nuestro gentilicio sea “bajeño” o “bajasureño”.

El nombre de California data del siglo XI, y sirvió para designar a un sitio literario que no tuvo realidad geográfica concreta hasta que fue aplicado a un lugar definitivo, por primera vez, y que resultó ser esta parte sur de la península luego de la llegada y permanencia de Hernán Cortés en ella por cerca de un año (de 1535 a 1536), y lo recibieron por extensión todos los territorios que se hallaban al norte, de modo que nuestra California comprendía desde el cabo de San Lucas hasta los confines norteños del continente americano.

La colonización de la California continental se efectuó con hombres, bienes y productos de la California peninsular a partir de 1769. Para diferenciar a una de otra se les impusieron los respectivos nombres de Antigua o Baja California y Nueva o Alta California; sólo que al pasar ésta a posesión de los norteamericanos se le empezó a llamar únicamente California y, a la otra, Baja California.

Para que aquélla quede en propiedad exclusiva de ese nombre literario y mágico, desde hace largo tiempo se promueve de modo insistente el empleo del adjetivo “baja”o el pleonasmo “baja sur” para designar a la primera California, tanto por parte de los estadounidenses como de muchas instancias nacionales conectadas con el comercio y el turismo, principalmente, entre las que se incluyen varias dependencias del gobierno, federales y estatales.

Urge, por tanto, que no sólo se haga imperar localmente la vigencia del decreto a que se alude, sino que se efectúen trámites ante la federación mexicana, primordialmente las secretarías de Gobernación, de Economía y de Turismo para lograr que sea negado o cancelado el registro a asociaciones, empresas y otros organismos que pretendan utilizar en su razón o sinrazón social el pernicioso calificativo “baja” o “baja sur” en sustitución de la designación histórica y constitucional de Baja California Sur, que intereses serviles buscan mutilar agrediendo a uno de los valores más elevados y respetables de su cultura e identidad: el nombre de California que, como ha quedado dicho, le pertenece en primer término.

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