/ domingo 25 de abril de 2021

Novohispanos libres

Tlaxcala

Federico Navarrete, historiador y antropólogo, publicó recientemente “La memoria tlaxcalteca de la conquista” en Noticonquista, órgano del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, donde labora el autor, en que describe cómo los gobernantes tlaxcaltecas adoptaron la religión católica de manera voluntaria desde 1519, lo que los convirtió en aliados legítimos de los conquistadores españoles. Ensalzaban a la figura de Malintzin, como símbolo de la alianza con los españoles, y la asociaban a la virgen María como símbolo de la nueva religión. Presumían y detallaban la participación y el papel militar esencial de Tlaxcala en la derrota primero de los mexicas en la toma de México-Tenochtitlan y luego en la conquista o sometimiento de más de 50 pueblos diferentes, desde Quetzaltenango hasta Culiacán. Enumeraban con detalle todos los servicios, bienes y apoyos que dieron a los españoles, incluyendo las mujeres nobles que se ‘casaron’ con los capitanes de Hernán Cortés y luego los acompañaron a sus sucesivas conquistas…”

Añade que el gobierno tlaxcalteca hizo llegar un mínimo de siete representaciones a España, las cuales lograron la declaración de autonomía para su ciudad y el derecho de nombrar autoridades entre los propios nativos, y “que ninguna de sus tierras fuera despojada y que ningún tlaxcalteca fuera esclavizado, dado en encomienda o sometido a los españoles, que sus nobles fueran reconocidos como nobles españoles y pudieran vestirse como españoles, montar a caballo y usar armas de hierro y fuego y mucho más. Estas concesiones demostraron el reconocimiento de los españoles a la importancia de Tlaxcala, su agradecimiento por sus invaluables servicios y el otorgamiento de un estatus especial a la ciudad, como principal aliada de los españoles, no como un pueblo vencido o conquistado.” *

California

Por circunstancias diferentes, en las Californias jamás tomaron asiento tres instituciones nefastas que marcaron el carácter y la historia de la mayor parte de los naturales novohispanos (excepto tlaxcaltecas, como ya se dijo, y otras etnias como los totonacas y cholultecas).

Intentemos explicarlo:

Dispuestos a emprender la evangelización de los californios, los jesuitas Eusebio Francisco Kino y Juan María de Salvatierra gestionaron y al final obtuvieron de la Compañía de Jesús y el virrey Joseph Sarmiento y Valladares, la “Licencia para la conquista de las Californias” que anhelaban, el 6 de febrero de 1697, en la cual se estipulaba que la empresa en nada contaría con el patrocinio económico de la Corona, que podían llevar a su cargo soldados y nombrar jefe de las armas y personas que administrasen justicia, que las tierras conquistadas serían propiedad real y advertidos de dar cuenta al virrey de todo lo que ocurriese.

La estipulación en el sentido de que podían llevar a su cargo soldados y nombrar jefe de las armas y jueces permitió a los evangelizadores autoridad plena en toda la organización misional, y con tal jerarquía impedir el contacto de sus feligreses con el resto del mundo, en una especie de edén libre de pecado, al grado de prohibir desembarcos de gente sin permiso previo para hacerlo y vedar el trabajo indígena (pesca de perlas y minería) en beneficio de los soldados españoles.

Así, durante la presencia jesuítica en California, el espíritu independiente y libre de sus pobladores se desenvolvió con la sola directriz del misionero, ajenos a la vigencia terrible de la esclavitud (sujeción absoluta de una persona a otra), la encomienda (autoridad de un conquistador sobre un grupo de nativos americanos) y el repartimiento (dotación de mano de obra a las explotaciones agrícolas o mineras), del resto del territorio novohispano.

Numerosos testimonios existen, producidos en los siglos siguientes, acerca del espíritu libertario que se engendró por ello en esta porción del Nuevo Mundo, algunos de los cuales ya han sido publicados en esta misma columna. Los primeros de ellos son de los propios ministros jesuitas, entre los cuales sobresale el padre Juan Jacobo Baegert, y más adelante viajeros como el francés Cyprien Combier, el inglés Frederick Debell Bennett y el estadounidense James Hunter Bull, quien halló “diferencia de carácter entre la gente de California y la de México. Hay mucha independencia de comportamiento, una mayor libertad de pensamiento y expresión…”

Ya en el siglo XX descuella al respecto el libro de Harry Crosby Los últimos californios, con descripciones que pueden concluir en el siguiente párrafo: “Para cuando México se había liberado de España, gran parte de los californios ocupaban lo que llamaríamos la ‘clase media-baja’; eran pobres pero independientes, una combinación poco común entre otras partes de su nueva nación. Los bajacalifornianos estaban desarrollando un estilo sencillo de orgullo y dignidad que los distinguiría durante el próximo siglo.”

Tlaxcala

Federico Navarrete, historiador y antropólogo, publicó recientemente “La memoria tlaxcalteca de la conquista” en Noticonquista, órgano del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, donde labora el autor, en que describe cómo los gobernantes tlaxcaltecas adoptaron la religión católica de manera voluntaria desde 1519, lo que los convirtió en aliados legítimos de los conquistadores españoles. Ensalzaban a la figura de Malintzin, como símbolo de la alianza con los españoles, y la asociaban a la virgen María como símbolo de la nueva religión. Presumían y detallaban la participación y el papel militar esencial de Tlaxcala en la derrota primero de los mexicas en la toma de México-Tenochtitlan y luego en la conquista o sometimiento de más de 50 pueblos diferentes, desde Quetzaltenango hasta Culiacán. Enumeraban con detalle todos los servicios, bienes y apoyos que dieron a los españoles, incluyendo las mujeres nobles que se ‘casaron’ con los capitanes de Hernán Cortés y luego los acompañaron a sus sucesivas conquistas…”

Añade que el gobierno tlaxcalteca hizo llegar un mínimo de siete representaciones a España, las cuales lograron la declaración de autonomía para su ciudad y el derecho de nombrar autoridades entre los propios nativos, y “que ninguna de sus tierras fuera despojada y que ningún tlaxcalteca fuera esclavizado, dado en encomienda o sometido a los españoles, que sus nobles fueran reconocidos como nobles españoles y pudieran vestirse como españoles, montar a caballo y usar armas de hierro y fuego y mucho más. Estas concesiones demostraron el reconocimiento de los españoles a la importancia de Tlaxcala, su agradecimiento por sus invaluables servicios y el otorgamiento de un estatus especial a la ciudad, como principal aliada de los españoles, no como un pueblo vencido o conquistado.” *

California

Por circunstancias diferentes, en las Californias jamás tomaron asiento tres instituciones nefastas que marcaron el carácter y la historia de la mayor parte de los naturales novohispanos (excepto tlaxcaltecas, como ya se dijo, y otras etnias como los totonacas y cholultecas).

Intentemos explicarlo:

Dispuestos a emprender la evangelización de los californios, los jesuitas Eusebio Francisco Kino y Juan María de Salvatierra gestionaron y al final obtuvieron de la Compañía de Jesús y el virrey Joseph Sarmiento y Valladares, la “Licencia para la conquista de las Californias” que anhelaban, el 6 de febrero de 1697, en la cual se estipulaba que la empresa en nada contaría con el patrocinio económico de la Corona, que podían llevar a su cargo soldados y nombrar jefe de las armas y personas que administrasen justicia, que las tierras conquistadas serían propiedad real y advertidos de dar cuenta al virrey de todo lo que ocurriese.

La estipulación en el sentido de que podían llevar a su cargo soldados y nombrar jefe de las armas y jueces permitió a los evangelizadores autoridad plena en toda la organización misional, y con tal jerarquía impedir el contacto de sus feligreses con el resto del mundo, en una especie de edén libre de pecado, al grado de prohibir desembarcos de gente sin permiso previo para hacerlo y vedar el trabajo indígena (pesca de perlas y minería) en beneficio de los soldados españoles.

Así, durante la presencia jesuítica en California, el espíritu independiente y libre de sus pobladores se desenvolvió con la sola directriz del misionero, ajenos a la vigencia terrible de la esclavitud (sujeción absoluta de una persona a otra), la encomienda (autoridad de un conquistador sobre un grupo de nativos americanos) y el repartimiento (dotación de mano de obra a las explotaciones agrícolas o mineras), del resto del territorio novohispano.

Numerosos testimonios existen, producidos en los siglos siguientes, acerca del espíritu libertario que se engendró por ello en esta porción del Nuevo Mundo, algunos de los cuales ya han sido publicados en esta misma columna. Los primeros de ellos son de los propios ministros jesuitas, entre los cuales sobresale el padre Juan Jacobo Baegert, y más adelante viajeros como el francés Cyprien Combier, el inglés Frederick Debell Bennett y el estadounidense James Hunter Bull, quien halló “diferencia de carácter entre la gente de California y la de México. Hay mucha independencia de comportamiento, una mayor libertad de pensamiento y expresión…”

Ya en el siglo XX descuella al respecto el libro de Harry Crosby Los últimos californios, con descripciones que pueden concluir en el siguiente párrafo: “Para cuando México se había liberado de España, gran parte de los californios ocupaban lo que llamaríamos la ‘clase media-baja’; eran pobres pero independientes, una combinación poco común entre otras partes de su nueva nación. Los bajacalifornianos estaban desarrollando un estilo sencillo de orgullo y dignidad que los distinguiría durante el próximo siglo.”