/ viernes 2 de agosto de 2019

Lejana

Las espumas fluorescentes evidenciaban el rompeolas del muelle; estaba en la cubierta del ferry una fría noche y me distraían en la espera para arribar al puerto. Se veía tan cerca, que era desesperante no poder desembarcar por el fuerte oleaje después de ocho horas de travesía. Elucubré entonces cómo debieron ser las circunstancias de los primeros viajantes que llegaron a nuestra remota tierra. Realidad peninsular.

Y en todo caso, lo lejano es una cualidad un tanto subjetiva de tiempo y espacio, donde el punto de observación se dirige hasta el otro extremo donde quiera que se encuentre. Lejana está La Paz de Mazatlán, unas 12 horas en barco, o unos 476 kms. O Cabo San Lucas a Tijuana, unos 1,653 km o a dos horas en avión. Lejana esta la península del centro de nuestra república, de la Tierra del fuego o de Europa.

En el libro “To Santa Rosalía. Further and back” de Harold D. Huycke, Jr., se narran las travesías de los barcos que cubrían la ruta de ese puerto hasta Hamburgo, Alemania, que duraba unos seis meses, pasando por el Cabo de Hornos y afrontando borrascas, riscos y hielos. O las tres mil leguas que separaban a ese mineral de París, como decía Madame Scalle en el libro “Una mirada de mujer sobre el mineral El Boleo”, de Mario Manuel Cuevas y Juan Manuel Romero Gil.

Lejana del centro de México también es la península de Yucatán, la antítesis en el extremo opuesto del país. Aquella es opulenta en agua, vegetación y fauna, cuna de una de las civilizaciones más avanzadas de su era, la maya; en la nuestra se extiende un infranqueable desierto y agrestes montañas, con la cuota de aislamiento total de sus individuos en el desarrollo cultural del continente. Allá se hacían observaciones astronómicas y se inventaron numeraciones; acá hay evidencias de que seres adaptados resolvían su existencia y afrontaban con éxito las inclemencias. Aquellos construyeron complejos arquitectónicos, los nuestros elaboraron pinturas rupestres monumentales con la cosmovisión de sus estirpes nómadas.

Sui generis en tantos sentidos, a veces pienso que es como un mito, como describe el libro Las Sergas de Esplandián. En esa elucubración que menciono al inicio de esta columna pude imaginar a los marineros españoles que, aburridos en altamar, leían los episodios de esa historia de aventuras imaginando aquella región ignota de mujeres amazonas. Debieron haberse impresionado también al ver la tierra nueva para ellos que estaba por delante, un reto por explorar y un territorio más por reclamar; una isla que después confirmaron era una delgada península.

Con ojos acostumbrados a la exuberancia vegetal, quienes llegan aquí experimentan el asombro. Desde el aire es contundente. He escuchado la exclamación de pasajeros de avión que desde la ventanilla observan por primera vez la serranía choyera. En barco es similar. Desde el plano marítimo los visitantes expectantes aprecian los perfiles de los cerros en tonalidades ocres de un destino desértico. Por tierra es una suerte de experiencias intermitentes transpeninsulares de oasis, playas tranquilas, secas soledades con sonido a chicharra enardecida y chamizos en movimiento.

Con ojos acostumbrados a una vegetación minimalista, quienes pisamos otros suelos también experimentamos el asombro. Mis ojos se maravillan en cada viaje al percibir todas las variantes del verde, el exceso hídrico y el clima templado. Son admirables espectáculos ver llover o granizar. Bebiendo café, con gran deleite he visto aguaceros desde una cafetería frente a la Alameda Central en la CDMX o bajo los portales poblanos. Placeres choyeros.

A la pregunta expresa ¿de dónde viene?, respondo con singularidad que de Baja California Sur (haciendo énfasis en estas tres últimas letras). Oh, eso está muy lejos, me dicen la mayoría de las veces. ¿Se necesita pasaporte para ir hasta allá? Es otra inquietud. Obviamente no, respondo. Y una infaltable: ¿allá es muy seco? Indico que sí, pero que tenemos playas hermosas. Esta es una charla típica con un taxista platicador, una recepcionista de hotel u otro prestador de servicio en cualquier parte de la república.

Es la lejanía ese matiz que la vuelve exótica, algo que quienes vivimos en esta tierra admitimos con rigor, sobre todo en temporada de huracanes que nos aísla por momentos del resto del mundo, cuando hay que trasladarse a otras entidades con premura o cuando sabemos de los hechos impactantes de otros sitios. La lejanía es una mera circunstancia.

Eytale!

“Es un sueño cumplido venir para acá”, externó con emoción una persona desconocida en una entretenida charla ocasional haciendo fila para pagar los insumos playeros en un supermercado local un domingo veraniego. Un calorón, sí. Caro, sí, pero eso es mínimo cuando se trata de un viaje inolvidable. Esta es una tierra lejana, mítica y generadora de experiencias.


Comunicóloga, fotógrafa, diseñadora y sibarita. iliana.peralta@gmail.com. En Twitter @LA_PERALTALa Tandariola también se escucha. Disponible en podcast en Ivoox.

Las espumas fluorescentes evidenciaban el rompeolas del muelle; estaba en la cubierta del ferry una fría noche y me distraían en la espera para arribar al puerto. Se veía tan cerca, que era desesperante no poder desembarcar por el fuerte oleaje después de ocho horas de travesía. Elucubré entonces cómo debieron ser las circunstancias de los primeros viajantes que llegaron a nuestra remota tierra. Realidad peninsular.

Y en todo caso, lo lejano es una cualidad un tanto subjetiva de tiempo y espacio, donde el punto de observación se dirige hasta el otro extremo donde quiera que se encuentre. Lejana está La Paz de Mazatlán, unas 12 horas en barco, o unos 476 kms. O Cabo San Lucas a Tijuana, unos 1,653 km o a dos horas en avión. Lejana esta la península del centro de nuestra república, de la Tierra del fuego o de Europa.

En el libro “To Santa Rosalía. Further and back” de Harold D. Huycke, Jr., se narran las travesías de los barcos que cubrían la ruta de ese puerto hasta Hamburgo, Alemania, que duraba unos seis meses, pasando por el Cabo de Hornos y afrontando borrascas, riscos y hielos. O las tres mil leguas que separaban a ese mineral de París, como decía Madame Scalle en el libro “Una mirada de mujer sobre el mineral El Boleo”, de Mario Manuel Cuevas y Juan Manuel Romero Gil.

Lejana del centro de México también es la península de Yucatán, la antítesis en el extremo opuesto del país. Aquella es opulenta en agua, vegetación y fauna, cuna de una de las civilizaciones más avanzadas de su era, la maya; en la nuestra se extiende un infranqueable desierto y agrestes montañas, con la cuota de aislamiento total de sus individuos en el desarrollo cultural del continente. Allá se hacían observaciones astronómicas y se inventaron numeraciones; acá hay evidencias de que seres adaptados resolvían su existencia y afrontaban con éxito las inclemencias. Aquellos construyeron complejos arquitectónicos, los nuestros elaboraron pinturas rupestres monumentales con la cosmovisión de sus estirpes nómadas.

Sui generis en tantos sentidos, a veces pienso que es como un mito, como describe el libro Las Sergas de Esplandián. En esa elucubración que menciono al inicio de esta columna pude imaginar a los marineros españoles que, aburridos en altamar, leían los episodios de esa historia de aventuras imaginando aquella región ignota de mujeres amazonas. Debieron haberse impresionado también al ver la tierra nueva para ellos que estaba por delante, un reto por explorar y un territorio más por reclamar; una isla que después confirmaron era una delgada península.

Con ojos acostumbrados a la exuberancia vegetal, quienes llegan aquí experimentan el asombro. Desde el aire es contundente. He escuchado la exclamación de pasajeros de avión que desde la ventanilla observan por primera vez la serranía choyera. En barco es similar. Desde el plano marítimo los visitantes expectantes aprecian los perfiles de los cerros en tonalidades ocres de un destino desértico. Por tierra es una suerte de experiencias intermitentes transpeninsulares de oasis, playas tranquilas, secas soledades con sonido a chicharra enardecida y chamizos en movimiento.

Con ojos acostumbrados a una vegetación minimalista, quienes pisamos otros suelos también experimentamos el asombro. Mis ojos se maravillan en cada viaje al percibir todas las variantes del verde, el exceso hídrico y el clima templado. Son admirables espectáculos ver llover o granizar. Bebiendo café, con gran deleite he visto aguaceros desde una cafetería frente a la Alameda Central en la CDMX o bajo los portales poblanos. Placeres choyeros.

A la pregunta expresa ¿de dónde viene?, respondo con singularidad que de Baja California Sur (haciendo énfasis en estas tres últimas letras). Oh, eso está muy lejos, me dicen la mayoría de las veces. ¿Se necesita pasaporte para ir hasta allá? Es otra inquietud. Obviamente no, respondo. Y una infaltable: ¿allá es muy seco? Indico que sí, pero que tenemos playas hermosas. Esta es una charla típica con un taxista platicador, una recepcionista de hotel u otro prestador de servicio en cualquier parte de la república.

Es la lejanía ese matiz que la vuelve exótica, algo que quienes vivimos en esta tierra admitimos con rigor, sobre todo en temporada de huracanes que nos aísla por momentos del resto del mundo, cuando hay que trasladarse a otras entidades con premura o cuando sabemos de los hechos impactantes de otros sitios. La lejanía es una mera circunstancia.

Eytale!

“Es un sueño cumplido venir para acá”, externó con emoción una persona desconocida en una entretenida charla ocasional haciendo fila para pagar los insumos playeros en un supermercado local un domingo veraniego. Un calorón, sí. Caro, sí, pero eso es mínimo cuando se trata de un viaje inolvidable. Esta es una tierra lejana, mítica y generadora de experiencias.


Comunicóloga, fotógrafa, diseñadora y sibarita. iliana.peralta@gmail.com. En Twitter @LA_PERALTALa Tandariola también se escucha. Disponible en podcast en Ivoox.