/ domingo 7 de marzo de 2021

La negatividad nacional

Proliferan los anuncios que prohíben terminantemente estacionar, entrar, subir, tocar, pasar y todo lo demás...

Resulta así sumamente molesto que cualquier fulano (a), con un marcador y una cartulina, se arrogue el derecho de decir a todo el mundo aquello que tiene vedado hacer, o que definitivamente le será imposible lograr. En tal tipo de avisos -que más bien poseen la connotación de advertencias y amenazas- se expresa una prepotencia que intenta ocultar problemas psicológicos severos.

El empleo tan insistente del adverbio negativo en toda clase de letreros tiene origen lamentable y consecuencias malignas: se genera en un cierto complejo nacional de inferioridad, en las frustraciones que produce el desempeño forzoso de un trabajo inevitable hasta la jubilación soñada y liberadora, en las amarguras que derivan de los conflictos familiares ocasionados, en parte considerable, por el bajo poder adquisitivo del salario, etc.

La lectura de ese agresivo vocablo engendra incomodidad, desagrado, sentimiento de deterioro de la dignidad propia. Cada uno de sus lectores siente irremediablemente que fue escrito pensando en él para obstaculizarlo, para dañarlo, para empequeñecerlo, haciéndolo sentir reducidos sus derechos y libertades.

En El laberinto de la soledad (“Los hijos de la Malinche”), Octavio Paz se refiere a las palabras prohibidas de la lengua nacional, y en particular a aquélla con la que nos reconocemos, a la que el autor asocia con la maternidad, la violación y la seducción por la fuerza.

De tal modo puede asociarse, al término que nos ocupa, la imagen autoritaria y todopoderosa del padre: todo aquel que aplica la palabreja en un texto dedicado a los potenciales solicitantes de sus servicios, o simplemente a quien se atreva a pasar por ahí (prohibido esto, aquello, lo otro...), le está haciendo saber quién es el que decide, el que prohíbe, el que ordena.

Por ello debería tipificarse en algún dispositivo legal la pena que corresponde a la agresión de que somos objeto en cuanta oficina o tendejón sufrimos la desgracia de caer: agresión visual que deviene daño psicológico de consecuencias diversas e imprevisibles, porque se sale de ahí con una idea más pobre de uno mismo: Alguien, probablemente semianalfabeto, está haciendo saber, por medio de un letrero, que él (o ella) es quien posee el poder de mandar, “el poder arbitrario, la voluntad sin freno y sin cauce”, como dice también Paz en su obra citada.

Porque si los cánidos expelen orina para demarcar su territorio, los oscuros jefecillos siempre encuentran algo qué vedar para hacer su cartelito, colocarlo en lugar visible y con ello informar a todos los que por ahí se acerquen, que ese espacio, aunque pequeño como él, es suyo y en él dicta su voluntad soberana, al margen de toda norma y política institucional.

Recientemente compartí con mis contactos en Facebook el letrero ubicado en uno de los sitios que frecuento por necesidad alimentaria: “Por su seguridad no se permite el acceso a esta sucursal a personas sin cubrebocas.” Lo transcribí antecedido del comentario acerca de que quizá hubiese sido más asertivo decir: "Sólo se permite el acceso… a personas con cubrebocas". Es más amable, pero alguna gente prefiere expresar el modo negativo.

Quizás haya manera de cambiar esa negatividad en actitudes positivas: pudiera rehuirse al extremo caer en la tentación de escribir uno de esos anuncios insolentes; pero si es inevitable tener que hacerlo, es posible siempre hallar términos más amables, menos drásticos y dolorosos para impedir algo, sin lastimar.

Dictadorzuelo sicofanta hay en algún país de la Hispanoamérica nuestra que desde sus largos años de campaña y hoy en posesión ya del poder ejecutivo (y también de los otros dos poderes, por ahora) vive empeñado en presentar como nugatorio todo lo positivo, imitable y susceptible de ser mejorado de cuanto ha sido edificado en el transcurso de la historia nacional, empecinado, con incontenible verborrea e indudable alexitimia, en denostar, zaherir, difamar, desconocer, vedar, impedir y estorbar sin fundar nada a cambio hasta lo que va del primer tercio de su gobierno.

Todo es cuestión de buena voluntad, inhibición del impulso ofensivo, verdadero espíritu de servicio, de solidaridad y, obviamente, mínima capacidad para asumir actitudes y elaborar inscripciones respetuosas de la dignidad humana, carentes del perverso adverbio que he rehusado escribir por mi cuenta en todo el presente discurso.

Proliferan los anuncios que prohíben terminantemente estacionar, entrar, subir, tocar, pasar y todo lo demás...

Resulta así sumamente molesto que cualquier fulano (a), con un marcador y una cartulina, se arrogue el derecho de decir a todo el mundo aquello que tiene vedado hacer, o que definitivamente le será imposible lograr. En tal tipo de avisos -que más bien poseen la connotación de advertencias y amenazas- se expresa una prepotencia que intenta ocultar problemas psicológicos severos.

El empleo tan insistente del adverbio negativo en toda clase de letreros tiene origen lamentable y consecuencias malignas: se genera en un cierto complejo nacional de inferioridad, en las frustraciones que produce el desempeño forzoso de un trabajo inevitable hasta la jubilación soñada y liberadora, en las amarguras que derivan de los conflictos familiares ocasionados, en parte considerable, por el bajo poder adquisitivo del salario, etc.

La lectura de ese agresivo vocablo engendra incomodidad, desagrado, sentimiento de deterioro de la dignidad propia. Cada uno de sus lectores siente irremediablemente que fue escrito pensando en él para obstaculizarlo, para dañarlo, para empequeñecerlo, haciéndolo sentir reducidos sus derechos y libertades.

En El laberinto de la soledad (“Los hijos de la Malinche”), Octavio Paz se refiere a las palabras prohibidas de la lengua nacional, y en particular a aquélla con la que nos reconocemos, a la que el autor asocia con la maternidad, la violación y la seducción por la fuerza.

De tal modo puede asociarse, al término que nos ocupa, la imagen autoritaria y todopoderosa del padre: todo aquel que aplica la palabreja en un texto dedicado a los potenciales solicitantes de sus servicios, o simplemente a quien se atreva a pasar por ahí (prohibido esto, aquello, lo otro...), le está haciendo saber quién es el que decide, el que prohíbe, el que ordena.

Por ello debería tipificarse en algún dispositivo legal la pena que corresponde a la agresión de que somos objeto en cuanta oficina o tendejón sufrimos la desgracia de caer: agresión visual que deviene daño psicológico de consecuencias diversas e imprevisibles, porque se sale de ahí con una idea más pobre de uno mismo: Alguien, probablemente semianalfabeto, está haciendo saber, por medio de un letrero, que él (o ella) es quien posee el poder de mandar, “el poder arbitrario, la voluntad sin freno y sin cauce”, como dice también Paz en su obra citada.

Porque si los cánidos expelen orina para demarcar su territorio, los oscuros jefecillos siempre encuentran algo qué vedar para hacer su cartelito, colocarlo en lugar visible y con ello informar a todos los que por ahí se acerquen, que ese espacio, aunque pequeño como él, es suyo y en él dicta su voluntad soberana, al margen de toda norma y política institucional.

Recientemente compartí con mis contactos en Facebook el letrero ubicado en uno de los sitios que frecuento por necesidad alimentaria: “Por su seguridad no se permite el acceso a esta sucursal a personas sin cubrebocas.” Lo transcribí antecedido del comentario acerca de que quizá hubiese sido más asertivo decir: "Sólo se permite el acceso… a personas con cubrebocas". Es más amable, pero alguna gente prefiere expresar el modo negativo.

Quizás haya manera de cambiar esa negatividad en actitudes positivas: pudiera rehuirse al extremo caer en la tentación de escribir uno de esos anuncios insolentes; pero si es inevitable tener que hacerlo, es posible siempre hallar términos más amables, menos drásticos y dolorosos para impedir algo, sin lastimar.

Dictadorzuelo sicofanta hay en algún país de la Hispanoamérica nuestra que desde sus largos años de campaña y hoy en posesión ya del poder ejecutivo (y también de los otros dos poderes, por ahora) vive empeñado en presentar como nugatorio todo lo positivo, imitable y susceptible de ser mejorado de cuanto ha sido edificado en el transcurso de la historia nacional, empecinado, con incontenible verborrea e indudable alexitimia, en denostar, zaherir, difamar, desconocer, vedar, impedir y estorbar sin fundar nada a cambio hasta lo que va del primer tercio de su gobierno.

Todo es cuestión de buena voluntad, inhibición del impulso ofensivo, verdadero espíritu de servicio, de solidaridad y, obviamente, mínima capacidad para asumir actitudes y elaborar inscripciones respetuosas de la dignidad humana, carentes del perverso adverbio que he rehusado escribir por mi cuenta en todo el presente discurso.