/ domingo 29 de marzo de 2020

Ignacio Ramírez y Las Californias (Tercera de 4 partes)

En esta parte continuamos transcribiendo la carta del Nigromante a su amigo Guillermo Prieto, fechada en Mulegé en febrero de 1865:

“Si las ciencias exactas --que nos alejan tanto de don Benito [Juárez] y sus ministros— son de tu agrado, ya te explicaré cómo en la extremidad sur de la península se levantó la sierra de la Victoria, llevando en sus faldas los calcinados fragmentos de los bancos submarinos que desgarró con su frente. Verás en el golfo un centro volcánico, y otros centros secundarios en las bahías de La Paz, Mulejé y la Magdalena, formando las barrancas y los terrenos de contacto un tercer elemento de ese sistema explosivo.

Esas grietas, más o menos ramificadas, son ricas en minerales; por el lado escarpado de la sierra de la Victoria se descubren las mejores minas, de una de las cuales has sido dueño cuando no se encontraba en bonanza. En otros grupos, en el centro y al norte de la península, encontrarás cobre que hasta ahora muy poco se costea; azufre que no permite explotadores por no presentar agua potable en sus inmediaciones; mármol que nadie compra, y otras riquezas. Todo esto, y la sal, bajo mejores condiciones, se ofrece a la codicia en las playas inmediatas de Sonora.

La vegetación es escasa, pero los animales dañinos son numerosos; entre éstos las víboras y el famoso zorrillo que inocula la rabia. La vida pasa fácilmente de los cien años. La propagación de la especie es asombrosa, tanto que un misionero que vivió y murió en olor de santidad ha dejado los hijos por docenas. La formación de algunos árboles genealógicos es difícil por algunas uniones inesperadas.”

La historia es breve pero interesante. Queda la memoria de una sorpresa que recibieron los españoles cerca de La Paz, cuando la conquista. Los jesuitas destruyeron todas las tribus sujetándolas a la vida monástica y a los azotes; sólo en Todos Santos queda un indígena con un siglo a cuestas, y que por instinto y memoria recorre la población, supuesto que es ciego; esta enfermedad, no rara, proviene acaso de la costumbre de dormir al aire libre.

El hecho de armas más notable pasó entre los de La Paz y los habitantes de San José, pueblo que como un nido de flores aparece cerca del cabo de San Lucas. Los josefinos caminaron cien leguas en busca de sus contrarios; los paceños se resolvieron por una batalla campal, y anduvieron unas cuantas leguas; a los postreros rayos del Sol se avistaron los combatientes; la noche se sorprendió contemplando entre las fogatas de los campos la animación de los festines: los cantos marciales hacían coro a los brindis patrióticos y feroces; la aurora oyó sublimes proclamas, vino el día y nadie se movió, dejando al enemigo el honor de la iniciativa; vino la noche siguiente y fue saludada con dos descargas generales, nutridas: reinó el silencio. ¿Murieron todos los combatientes?, no, todos se salvaron abandonando sus armas. A los ocho días, un viajero levantó el campo, y como era de La Paz el honor de la victoria, será conservado por la inmortalidad a los paceños.

¡Dichosos paceños! Yo he visto a los criminales pasar lista en un corral a la ocho de la mañana, marcharse en libertad y volver al día siguiente a recibir un tanto para su comida; ninguno faltaba a su palabra comprometida.

Y ¿las perlas? Uno de los bancos de conchas ha desaparecido, otros producen poco, y el mejor de todos se encuentra a la entrada de la bahía de La Paz: allí puedes pescar todo lo que quieras; pero tú personalmente, porque los buzos no quieren ser pasto de los tiburones.”

Una más, fechada en Guaymas en febrero de 1865:

“Acabo de atravesar el golfo californiano con sobrados padecimientos y sustos. En las primeras horas de la noche me avisaron que un buque partía de Mulegé; acompañado de tres amigos y a pie me puse en camino para el puerto; atravesé a tientas algunas subidas y bajadas, oyendo cerca de mí como el crujido del sedoso traje de una ninfa, y no eran sino las víboras que se deslizaban, derrumbando arenas y piedrecillas. A un tiempo percibí las olas por su confortativa fragancia, por su murmullo y por su fosforescencia.

Hay un cerrillo escarpado que por su forma llaman el “Sombrero”; a su abrigo anclaba un buque de un solo palo, una lancha con cubierta, un baúl lleno de caña de azúcar, y que conducía además algunos higos pasados, dátiles, queso y vino. Los poetas y filósofos de la Grecia no caminaban de otro modo, visitando las islas que a la luz de la mañana y de la poesía aparecen tan risueñas.

Mis compañeros de viaje no eran republicanos ni filósofos. Mientras el viento nos venía a sacar de la bahía, yo me divertí en sacar agua donde hormigueaban corpúsculos luminosos que se deslizaban por mis manos apagándose al menor contacto; esos animales deben ser pequeñísimos; recuerda que a la madrugada de una noche tempestuosa los hemos visto saltar con la arena como polvo de diamantes bajo los pies de nuestros caballos en el sendero humedecido por las olas.

Caminamos un día y dos noches; en la segunda madrugada vimos la sierra de Chihuahua, el río Yaqui, bajo la lluvia de oro del Sol naciente, y los desgarrados islotes que se apiñan en torno de Guaymas. Entonces supe que mis compañeros de viaje, gachupines y franceses, esperaban encontrar a los invasores en aquel puerto. Su alegría y mi terror fueron visibles cuando descubrimos los buques desmesurados: ¡cuántas congojas en una milla!, hasta que el capitán dijo y todos repitieron con despecho: ¡Son buques balleneros!

Renací en brazos de la alegría."

En esta parte continuamos transcribiendo la carta del Nigromante a su amigo Guillermo Prieto, fechada en Mulegé en febrero de 1865:

“Si las ciencias exactas --que nos alejan tanto de don Benito [Juárez] y sus ministros— son de tu agrado, ya te explicaré cómo en la extremidad sur de la península se levantó la sierra de la Victoria, llevando en sus faldas los calcinados fragmentos de los bancos submarinos que desgarró con su frente. Verás en el golfo un centro volcánico, y otros centros secundarios en las bahías de La Paz, Mulejé y la Magdalena, formando las barrancas y los terrenos de contacto un tercer elemento de ese sistema explosivo.

Esas grietas, más o menos ramificadas, son ricas en minerales; por el lado escarpado de la sierra de la Victoria se descubren las mejores minas, de una de las cuales has sido dueño cuando no se encontraba en bonanza. En otros grupos, en el centro y al norte de la península, encontrarás cobre que hasta ahora muy poco se costea; azufre que no permite explotadores por no presentar agua potable en sus inmediaciones; mármol que nadie compra, y otras riquezas. Todo esto, y la sal, bajo mejores condiciones, se ofrece a la codicia en las playas inmediatas de Sonora.

La vegetación es escasa, pero los animales dañinos son numerosos; entre éstos las víboras y el famoso zorrillo que inocula la rabia. La vida pasa fácilmente de los cien años. La propagación de la especie es asombrosa, tanto que un misionero que vivió y murió en olor de santidad ha dejado los hijos por docenas. La formación de algunos árboles genealógicos es difícil por algunas uniones inesperadas.”

La historia es breve pero interesante. Queda la memoria de una sorpresa que recibieron los españoles cerca de La Paz, cuando la conquista. Los jesuitas destruyeron todas las tribus sujetándolas a la vida monástica y a los azotes; sólo en Todos Santos queda un indígena con un siglo a cuestas, y que por instinto y memoria recorre la población, supuesto que es ciego; esta enfermedad, no rara, proviene acaso de la costumbre de dormir al aire libre.

El hecho de armas más notable pasó entre los de La Paz y los habitantes de San José, pueblo que como un nido de flores aparece cerca del cabo de San Lucas. Los josefinos caminaron cien leguas en busca de sus contrarios; los paceños se resolvieron por una batalla campal, y anduvieron unas cuantas leguas; a los postreros rayos del Sol se avistaron los combatientes; la noche se sorprendió contemplando entre las fogatas de los campos la animación de los festines: los cantos marciales hacían coro a los brindis patrióticos y feroces; la aurora oyó sublimes proclamas, vino el día y nadie se movió, dejando al enemigo el honor de la iniciativa; vino la noche siguiente y fue saludada con dos descargas generales, nutridas: reinó el silencio. ¿Murieron todos los combatientes?, no, todos se salvaron abandonando sus armas. A los ocho días, un viajero levantó el campo, y como era de La Paz el honor de la victoria, será conservado por la inmortalidad a los paceños.

¡Dichosos paceños! Yo he visto a los criminales pasar lista en un corral a la ocho de la mañana, marcharse en libertad y volver al día siguiente a recibir un tanto para su comida; ninguno faltaba a su palabra comprometida.

Y ¿las perlas? Uno de los bancos de conchas ha desaparecido, otros producen poco, y el mejor de todos se encuentra a la entrada de la bahía de La Paz: allí puedes pescar todo lo que quieras; pero tú personalmente, porque los buzos no quieren ser pasto de los tiburones.”

Una más, fechada en Guaymas en febrero de 1865:

“Acabo de atravesar el golfo californiano con sobrados padecimientos y sustos. En las primeras horas de la noche me avisaron que un buque partía de Mulegé; acompañado de tres amigos y a pie me puse en camino para el puerto; atravesé a tientas algunas subidas y bajadas, oyendo cerca de mí como el crujido del sedoso traje de una ninfa, y no eran sino las víboras que se deslizaban, derrumbando arenas y piedrecillas. A un tiempo percibí las olas por su confortativa fragancia, por su murmullo y por su fosforescencia.

Hay un cerrillo escarpado que por su forma llaman el “Sombrero”; a su abrigo anclaba un buque de un solo palo, una lancha con cubierta, un baúl lleno de caña de azúcar, y que conducía además algunos higos pasados, dátiles, queso y vino. Los poetas y filósofos de la Grecia no caminaban de otro modo, visitando las islas que a la luz de la mañana y de la poesía aparecen tan risueñas.

Mis compañeros de viaje no eran republicanos ni filósofos. Mientras el viento nos venía a sacar de la bahía, yo me divertí en sacar agua donde hormigueaban corpúsculos luminosos que se deslizaban por mis manos apagándose al menor contacto; esos animales deben ser pequeñísimos; recuerda que a la madrugada de una noche tempestuosa los hemos visto saltar con la arena como polvo de diamantes bajo los pies de nuestros caballos en el sendero humedecido por las olas.

Caminamos un día y dos noches; en la segunda madrugada vimos la sierra de Chihuahua, el río Yaqui, bajo la lluvia de oro del Sol naciente, y los desgarrados islotes que se apiñan en torno de Guaymas. Entonces supe que mis compañeros de viaje, gachupines y franceses, esperaban encontrar a los invasores en aquel puerto. Su alegría y mi terror fueron visibles cuando descubrimos los buques desmesurados: ¡cuántas congojas en una milla!, hasta que el capitán dijo y todos repitieron con despecho: ¡Son buques balleneros!

Renací en brazos de la alegría."

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