/ domingo 23 de mayo de 2021

Hoy es día del Estudiante

Al término de una intensa lucha estudiantil, la llamada Generación de 1929 logró el 23 de mayo de ese año la autonomía de la que era hasta entonces la Universidad Nacional de México, y se determinó que tal fecha se declarase anualmente día del Estudiante en conmemoración de logro tan esencial para la educación superior de México.

La presente colaboración está pensada, escrita y publicada para celebrar por ello la significación de quienes asisten a los centros de enseñanza desde secundaria a universidad.

Pero, más que eso, para reflexionar acerca de las características, condiciones e importancia de los jóvenes mexicanos que desde la adolescencia se preparan en el sistema educativo formal con vista a integrarse, en algún momento de sus vidas, a la fuerza social productiva. Y que de verdad estudian, desde luego.

Efectivamente: levantarse temprano, tomar un violento desayuno (cuando lo toman), llegar a tiempo a clase, mantener la atención en asuntos y actividades por lo general carentes de interés para espíritus naturalmente atraídos por otros muy distintos, consumir chatarra y media para entretener al estómago mientras termina la jornada, llegar a casa a comer y ocuparse enseguida de encargos domésticos, ¿todo ello es diferente de los quehaceres de un profesional, empleado u obrero?
El enfrentamiento cotidiano del estudiante a los temperamentos, humores y caracteres del prefecto, del director, de la gente de administración y de intendencia, de los docentes y de los propios compañeros, ¿es diferente de los retos que en materia de relaciones humanas ha de asumir un trabajador común y corriente todos los días?

Algo más: en buena parte de los casos, el empleado termina sus menesteres al mediodía y puede luego dedicarse a otra cosa. El estudiante, en cambio, tiene que seguir durante el horario vespertino -y en ocasiones el nocturno también, fines de semana incluidos- con la realización de labores y el estudio para exámenes.

Se objetará que hay malos alumnos, que parecen ir a su centro de aprendizaje para perder el tiempo y hacerlo perder a los demás, que no cumplen tareas ni estudian.

Pues de la misma forma en que hay malos empleados, que parecen ir a su centro laboral para perder el tiempo y hacerlo perder a los demás, que no cumplen sus responsabilidades, ni se capacitan ni hacen el mínimo esfuerzo de productividad.

Pero son los menos en ambos casos, y lo demuestra el hecho de que, con un jefe inteligente o un buen profesor, la mayoría obtiene siempre calificación aprobatoria.

Y me refiero al profesor porque soy de los que creen que de él depende en grande medida el buen desempeño de sus alumnos; sostengo igualmente que, también en buena medida, los maestros reprobadores se reprueban a sí mismos.

Bueno, pues resulta que, por lo menos en el fondo, al empleado se le otorga alguna dosis de comprensión en el ámbito hogareño, aun cuando sea por su calidad de aportador de satisfactores económicos a la familia. Sin embargo, tal vez porque el estudiante carece de esa categoría, su trabajo es visto muchas veces como inútil, improductivo, un verdadero desperdicio de tiempo y recursos, en tanto que el joven, por sus naturales requerimientos orgánicos, es devastador sistemático de las provisiones alimentarias de la casa.

“¡Comes como si trabajaras!”, se le espeta rudamente, desconociéndose la realidad de que el agredido sí trabaja, como insisto en afirmar.

Incomprendido, el estudiante se desempeña con una inexacta imagen de sí mismo. Sin el estímulo inmediato que produce la recepción de un salario, se afana con la frágil luz que la esperanza le mantiene encendida al final del largo -y se antoja interminable, a esa edad- camino que debe recorrer para lograr “ser alguien”, como le dicta el lugar común.

Censurado por su aparente improductividad, realiza la faena que le encomiendan efectuar con el sólo (¿sólo?) empuje de su juventud, que sus parientes viven envidiándole en secreto.

Ocupación difícil que el estudiante lleva a cabo con alegría que los adultos no se explican porque ya no recuerdan, o que se niegan a evocar porque los lastima la memoria.

A pesar de todo, admitámoslo o no, estudiar es un trabajo, y de los más pesados.

Las vacaciones (así como los “puentes”), que no son establecidas en el calendario por los escolares sino por sus críticos, constituyen para el estudiante, como para cualquier trabajador, un derecho legítimo e indisputablemente ganado.

Entonces, que un día como el de hoy lo disfruten es lo menos que podemos desearles, con un abrazo afectuoso y solidario para todos.

Al término de una intensa lucha estudiantil, la llamada Generación de 1929 logró el 23 de mayo de ese año la autonomía de la que era hasta entonces la Universidad Nacional de México, y se determinó que tal fecha se declarase anualmente día del Estudiante en conmemoración de logro tan esencial para la educación superior de México.

La presente colaboración está pensada, escrita y publicada para celebrar por ello la significación de quienes asisten a los centros de enseñanza desde secundaria a universidad.

Pero, más que eso, para reflexionar acerca de las características, condiciones e importancia de los jóvenes mexicanos que desde la adolescencia se preparan en el sistema educativo formal con vista a integrarse, en algún momento de sus vidas, a la fuerza social productiva. Y que de verdad estudian, desde luego.

Efectivamente: levantarse temprano, tomar un violento desayuno (cuando lo toman), llegar a tiempo a clase, mantener la atención en asuntos y actividades por lo general carentes de interés para espíritus naturalmente atraídos por otros muy distintos, consumir chatarra y media para entretener al estómago mientras termina la jornada, llegar a casa a comer y ocuparse enseguida de encargos domésticos, ¿todo ello es diferente de los quehaceres de un profesional, empleado u obrero?
El enfrentamiento cotidiano del estudiante a los temperamentos, humores y caracteres del prefecto, del director, de la gente de administración y de intendencia, de los docentes y de los propios compañeros, ¿es diferente de los retos que en materia de relaciones humanas ha de asumir un trabajador común y corriente todos los días?

Algo más: en buena parte de los casos, el empleado termina sus menesteres al mediodía y puede luego dedicarse a otra cosa. El estudiante, en cambio, tiene que seguir durante el horario vespertino -y en ocasiones el nocturno también, fines de semana incluidos- con la realización de labores y el estudio para exámenes.

Se objetará que hay malos alumnos, que parecen ir a su centro de aprendizaje para perder el tiempo y hacerlo perder a los demás, que no cumplen tareas ni estudian.

Pues de la misma forma en que hay malos empleados, que parecen ir a su centro laboral para perder el tiempo y hacerlo perder a los demás, que no cumplen sus responsabilidades, ni se capacitan ni hacen el mínimo esfuerzo de productividad.

Pero son los menos en ambos casos, y lo demuestra el hecho de que, con un jefe inteligente o un buen profesor, la mayoría obtiene siempre calificación aprobatoria.

Y me refiero al profesor porque soy de los que creen que de él depende en grande medida el buen desempeño de sus alumnos; sostengo igualmente que, también en buena medida, los maestros reprobadores se reprueban a sí mismos.

Bueno, pues resulta que, por lo menos en el fondo, al empleado se le otorga alguna dosis de comprensión en el ámbito hogareño, aun cuando sea por su calidad de aportador de satisfactores económicos a la familia. Sin embargo, tal vez porque el estudiante carece de esa categoría, su trabajo es visto muchas veces como inútil, improductivo, un verdadero desperdicio de tiempo y recursos, en tanto que el joven, por sus naturales requerimientos orgánicos, es devastador sistemático de las provisiones alimentarias de la casa.

“¡Comes como si trabajaras!”, se le espeta rudamente, desconociéndose la realidad de que el agredido sí trabaja, como insisto en afirmar.

Incomprendido, el estudiante se desempeña con una inexacta imagen de sí mismo. Sin el estímulo inmediato que produce la recepción de un salario, se afana con la frágil luz que la esperanza le mantiene encendida al final del largo -y se antoja interminable, a esa edad- camino que debe recorrer para lograr “ser alguien”, como le dicta el lugar común.

Censurado por su aparente improductividad, realiza la faena que le encomiendan efectuar con el sólo (¿sólo?) empuje de su juventud, que sus parientes viven envidiándole en secreto.

Ocupación difícil que el estudiante lleva a cabo con alegría que los adultos no se explican porque ya no recuerdan, o que se niegan a evocar porque los lastima la memoria.

A pesar de todo, admitámoslo o no, estudiar es un trabajo, y de los más pesados.

Las vacaciones (así como los “puentes”), que no son establecidas en el calendario por los escolares sino por sus críticos, constituyen para el estudiante, como para cualquier trabajador, un derecho legítimo e indisputablemente ganado.

Entonces, que un día como el de hoy lo disfruten es lo menos que podemos desearles, con un abrazo afectuoso y solidario para todos.