/ domingo 3 de mayo de 2020

Hernán Cortés en Santa Cruz

Luego del sometimiento del pueblo mexica, desde la primera mitad del siglo XVI fueron varios los intereses de Hernán Cortés por explorar la zona noroeste del océano Pacífico, y los alicientes para ello fueron, entre los relevantes, las historias novelescas en torno a riquezas extraordinarias que abundaban en esa parte desconocida, y los propósitos de ampliar fortuna y mejorar su deteriorada influencia.

A principios de 1528, cuando tenía en construcción cinco barcos, debió salir a España para defenderse de las acusaciones de sus enemigos y exigir la recompensa por sus afanes al servicio real. Durante los dos años que estuvo ausente, la Audiencia de México, que presidía Nuño Beltrán de Guzmán (desde entonces enemigo enconado de Cortés y luego conquistador de la Nueva Galicia), mandó apresar al encargado del astillero, separar de los trabajos a los nativos y secuestrar casi todos los materiales. El resto fue enseguida robado al punto de quedar nada más que los cascos que Cortés encontró a mediados de 1530, cuando traía consigo la licencia suficiente del imperio para continuar la exploración del Pacífico, el título de marqués del Valle de Oaxaca y el nombramiento de capitán general de la Nueva España, aparte de algunas propiedades en tierras.

Fue indispensable recomenzar desde la base la tarea constructiva de buques; de acuerdo con las negociaciones que suscribió en Madrid con el rey, tenía vedado insistir en las rutas a oriente, por lo que le quedaba el sólo camino del aún inexplorado Pacífico norte.

Reconstruyó dos naves en Tehuantepec y dispuso la fabricación de dos bajeles en Acapulco. Éstos, terminados antes que aquéllas, se ocuparon en la expedición de Diego Hurtado de Mendoza, que terminó en fracaso.

Resolvió preparar una siguiente navegación, ahora con el propósito adicional de dar auxilio a los probables sobrevivientes de la frustrada expedición de Hurtado, y puso al frente de ella a Diego Becerra.

La nave capitana era la Concepción, comandada por Becerra y piloteada por el vizcaíno Fortún Jiménez, quien además era un excelente cosmógrafo. El otro barco era dirigido por Hernando de Grijalba.

Salieron de Manzanillo el 30 de octubre de 1533, y la noche de esa misma jornada los sorprendió una tormenta que apartó para siempre a las dos naves. Grijalva todavía esperó el encuentro durante tres días, al cabo de las cuales puso proa al sur, luego al norte y de ahí decidió el regreso a su punto de partida.

Los tripulantes de la Concepción, con temor de perderse e incapaces de soportar el mal carácter de Becerra, se amotinaron encabezados por el propio Jiménez, quien, de acuerdo con otros rebeldes, dio muerte al capitán y a otros marineros leales a éste mientras dormían.

Obligado por los vientos, el buque de Jiménez llegó casualmente a la bahía que después habría de tomar el nombre de Santa Cruz. Fortún fue, por tanto, el primer europeo que saltó en tierra en la península que luego llamarían California. Los fugitivos debieron enfrentar los ataques aborígenes, al parecer por disputa de las fuentes de agua, que les produjeron la muerte de una veintena de compañeros, incluida la de Fortún. Los sobrevivientes levaron anclas y arribaron a playas de la Nueva Galicia donde Nuño de Guzmán secuestró la embarcación, apresó a sus ocupantes y los hizo confesar sus andanzas en la nueva tierra, cuyas “riquezas” describieron abultadamente, señalando las optimistas perspectivas que ofrecía, de modo particular su pesquería de perlas.

Tales informes llegaron hasta don Hernando, quien se dedicó a organizar una nueva penetración al Pacífico norte, que él mismo capitanearía, con los tres objetivos fundamentales de rescatar su barco, castigar el atropello de Guzmán y explorar en firme el lugar al que arribaron los desertores de Becerra.

Tres barcos constituyeron la expedición de Cortés, bien abastecidos de provisiones y de gente que en buena cantidad fue reclutada de inmediato a la convocatoria del marqués, quien marchó por tierra desde México con Andrés de Tapia y algunos hombres más, y el resto se embarcó en Tehuantepec rumbo a Sinaloa.

El Concepción se halló varado y en estado imposible para navegar. Parte del contingente y los bastimentos quedaron en Chiametla (sur de Sinaloa) a cargo de Tapia, y la flota se dio al mar el 15 de abril de 1535.

Se tomó la ruta del noroeste y llegó el 3 de mayo siguiente al sitio donde un año y medio antes fueron muertos Jiménez y sus seguidores, al que Hernán Cortés dio el nombre de puerto y bahía de Santa Cruz, del cual tomó posesión en nombre del rey Carlos según puede leerse en el acta que fue levantada con ese motivo.

De ello se cumplen hoy 485 años.

Luego del sometimiento del pueblo mexica, desde la primera mitad del siglo XVI fueron varios los intereses de Hernán Cortés por explorar la zona noroeste del océano Pacífico, y los alicientes para ello fueron, entre los relevantes, las historias novelescas en torno a riquezas extraordinarias que abundaban en esa parte desconocida, y los propósitos de ampliar fortuna y mejorar su deteriorada influencia.

A principios de 1528, cuando tenía en construcción cinco barcos, debió salir a España para defenderse de las acusaciones de sus enemigos y exigir la recompensa por sus afanes al servicio real. Durante los dos años que estuvo ausente, la Audiencia de México, que presidía Nuño Beltrán de Guzmán (desde entonces enemigo enconado de Cortés y luego conquistador de la Nueva Galicia), mandó apresar al encargado del astillero, separar de los trabajos a los nativos y secuestrar casi todos los materiales. El resto fue enseguida robado al punto de quedar nada más que los cascos que Cortés encontró a mediados de 1530, cuando traía consigo la licencia suficiente del imperio para continuar la exploración del Pacífico, el título de marqués del Valle de Oaxaca y el nombramiento de capitán general de la Nueva España, aparte de algunas propiedades en tierras.

Fue indispensable recomenzar desde la base la tarea constructiva de buques; de acuerdo con las negociaciones que suscribió en Madrid con el rey, tenía vedado insistir en las rutas a oriente, por lo que le quedaba el sólo camino del aún inexplorado Pacífico norte.

Reconstruyó dos naves en Tehuantepec y dispuso la fabricación de dos bajeles en Acapulco. Éstos, terminados antes que aquéllas, se ocuparon en la expedición de Diego Hurtado de Mendoza, que terminó en fracaso.

Resolvió preparar una siguiente navegación, ahora con el propósito adicional de dar auxilio a los probables sobrevivientes de la frustrada expedición de Hurtado, y puso al frente de ella a Diego Becerra.

La nave capitana era la Concepción, comandada por Becerra y piloteada por el vizcaíno Fortún Jiménez, quien además era un excelente cosmógrafo. El otro barco era dirigido por Hernando de Grijalba.

Salieron de Manzanillo el 30 de octubre de 1533, y la noche de esa misma jornada los sorprendió una tormenta que apartó para siempre a las dos naves. Grijalva todavía esperó el encuentro durante tres días, al cabo de las cuales puso proa al sur, luego al norte y de ahí decidió el regreso a su punto de partida.

Los tripulantes de la Concepción, con temor de perderse e incapaces de soportar el mal carácter de Becerra, se amotinaron encabezados por el propio Jiménez, quien, de acuerdo con otros rebeldes, dio muerte al capitán y a otros marineros leales a éste mientras dormían.

Obligado por los vientos, el buque de Jiménez llegó casualmente a la bahía que después habría de tomar el nombre de Santa Cruz. Fortún fue, por tanto, el primer europeo que saltó en tierra en la península que luego llamarían California. Los fugitivos debieron enfrentar los ataques aborígenes, al parecer por disputa de las fuentes de agua, que les produjeron la muerte de una veintena de compañeros, incluida la de Fortún. Los sobrevivientes levaron anclas y arribaron a playas de la Nueva Galicia donde Nuño de Guzmán secuestró la embarcación, apresó a sus ocupantes y los hizo confesar sus andanzas en la nueva tierra, cuyas “riquezas” describieron abultadamente, señalando las optimistas perspectivas que ofrecía, de modo particular su pesquería de perlas.

Tales informes llegaron hasta don Hernando, quien se dedicó a organizar una nueva penetración al Pacífico norte, que él mismo capitanearía, con los tres objetivos fundamentales de rescatar su barco, castigar el atropello de Guzmán y explorar en firme el lugar al que arribaron los desertores de Becerra.

Tres barcos constituyeron la expedición de Cortés, bien abastecidos de provisiones y de gente que en buena cantidad fue reclutada de inmediato a la convocatoria del marqués, quien marchó por tierra desde México con Andrés de Tapia y algunos hombres más, y el resto se embarcó en Tehuantepec rumbo a Sinaloa.

El Concepción se halló varado y en estado imposible para navegar. Parte del contingente y los bastimentos quedaron en Chiametla (sur de Sinaloa) a cargo de Tapia, y la flota se dio al mar el 15 de abril de 1535.

Se tomó la ruta del noroeste y llegó el 3 de mayo siguiente al sitio donde un año y medio antes fueron muertos Jiménez y sus seguidores, al que Hernán Cortés dio el nombre de puerto y bahía de Santa Cruz, del cual tomó posesión en nombre del rey Carlos según puede leerse en el acta que fue levantada con ese motivo.

De ello se cumplen hoy 485 años.

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