/ domingo 10 de mayo de 2020

El Último Canto del Ruiseñor

La antigua Casa de Gobierno, frente al jardín “Máximo Velasco”, en la plaza de la Constitución, de la capital sudcaliforniana, fue el último lugar donde cantó en público la soprano Ángela Peralta, “El Ruiseñor Mexicano”, voz privilegiada y talento excepcional que deleitaron al mundo del siglo XIX en sus breves 38 años de existencia.

Ángela Peralta de Castera nació en la ciudad de México, de familia modesta que a pesar de ello pudo proporcionarle una adecuada educación, y desde la infancia evidenció vocación especial para el canto. Ingresó al Conservatorio Nacional de Música, y a los 15 años de edad personificó a Leonora en la ópera El Trovador, de Giuseppe Verdi, en el Teatro Nacional de México.

Se inició entonces para María de los Ángeles una triunfal carrera operística que la llevó a Europa: Recién cumplidos 17 años de vida debutó en La Scala, de Milán, personificando a Lucía de Lammermoor, de Donizetti; luego cantó en Roma en una función que presidieron el rey Víctor Manuel II y su esposa, y ahí se dio el caso inusual para un artista de salir una treintena de veces a recibir las ovaciones del público.

Siguieron los escenarios de Turín, Florencia, Bolonia, Lisboa, Alejandría, Génova, Nápoles, San Petersburgo, Madrid, Barcelona y El Cairo, hasta 1865 en que aceptó la invitación de Maximiliano de Habsburgo para que actuase de nuevo en su propia patria; al término de una temporada exitosa que se prolongó hasta 1866, se le nombró “Cantarina de Cámara del Imperio”. Sin embargo, al año siguiente cantó en Veracruz a beneficio de la lucha contra la intervención francesa.

Volvió por sus laureles a Europa, y luego al norte de su país en los teatros de Monterrey, Saltillo, Durango y Guaymas; finalmente en La Paz, donde cantó la ópera María de Rohan, de Donizetti.

Es aceptada por algunos la versión de que la Peralta contrajo en La Paz la enfermedad que la llevó a la muerte. De buenas fuentes sabemos ahora que las circunstancias fueron distintas: la compañía operística, hospedada en La Paz en el hotel Silver Garden, actuó exitosamente ante el público paceño a mediados de agosto de 1883 en el pasillo principal de la Casa de Gobierno.

La gente que estuvo imposibilitada de acceder al edificio determinó permanecer afuera, deseosa de escucharla. Lo demás es un recuerdo que conocemos a través de Rosa María Mendoza en su libro Crónicas de mi puerto (pág. 154) que, “al ser tan cerrada la ovación que le brindara el pueblo a la artista, al terminar su actuación salió de la Casa de Gobierno y cruzando la calle subió al quiosco de madera que había en el centro del jardín…” y cantó para todos “iluminada por los mecheros de petróleo con que se alumbraba la plazuela.”

El elenco abordó al día siguiente el barco Newbern (que proporcionaba frecuente servicio de comunicación y transporte en estas costas) para proseguir la gira en Mazatlán, a donde llegaron el día 22. Al desembarcar la soprano fue recibida por una multitud que tiró de su carruaje hasta el hotel Iturbide.

Poco tiempo antes habían arribado a aquel puerto sinaloense dos vapores procedentes de Panamá, infectados de fiebre amarilla. A los dos días de haber llegado, Ángela y la mayor parte de los integrantes del elenco cayeron abatidos por el padecimiento, que sólo les permitió un ensayo privado para la prensa. Antes que ella murió el primer tenor Fausto Belloti; fue imposible la recuperación de la estrella y murió el 30 de agosto de ese mismo 1883.

La epidemia se propagó enseguida a toda la región noroeste, que debido al intercambio marítimo dejó al año siguiente una cuantiosa secuela de muerte en el sur de la península californiana.

Lo dijo el periódico paceño La Voz de California del 20 de septiembre ulterior, en primera plana:

“México goza de una paz y bienestar relativa, pero sus pueblos del litoral del Pacífico han sido diezmados por una mortal epidemia, la Fiebre Amarilla. En La Paz, que es una de las poblaciones que ha sufrido menos, se recordará siempre con tristeza el mes de septiembre de 1883. En todos los días del presente mes, la fiebre ha hecho numerosas víctimas. Los negocios están paralizados y la gente alarmada; hubo un día en que verdaderamente no se encontraba casa en la ciudad donde no hubiera un enfermo. Nuestro clásico día, aniversario de la Independencia, pasó desapercibido. Por rareza se encontraba en las calles alguna persona, y esta andaba por necesidad en servicio de algún enfermo. Las noticias de Mazatlán son aterradoras: 950 muertos.

Allí murió, lejos de su nido, el Ruiseñor Mexicano y 18 artistas de la compañía de ópera italiana.” (Crónicas…, págs. 72-73.)

Años más tarde, el nombre de la soprano fue impuesto al teatro de la escuela secundaria José María Morelos en su primera ubicación de Belisario Domínguez entre 5 de Mayo e Independencia de La Paz.

La antigua Casa de Gobierno, frente al jardín “Máximo Velasco”, en la plaza de la Constitución, de la capital sudcaliforniana, fue el último lugar donde cantó en público la soprano Ángela Peralta, “El Ruiseñor Mexicano”, voz privilegiada y talento excepcional que deleitaron al mundo del siglo XIX en sus breves 38 años de existencia.

Ángela Peralta de Castera nació en la ciudad de México, de familia modesta que a pesar de ello pudo proporcionarle una adecuada educación, y desde la infancia evidenció vocación especial para el canto. Ingresó al Conservatorio Nacional de Música, y a los 15 años de edad personificó a Leonora en la ópera El Trovador, de Giuseppe Verdi, en el Teatro Nacional de México.

Se inició entonces para María de los Ángeles una triunfal carrera operística que la llevó a Europa: Recién cumplidos 17 años de vida debutó en La Scala, de Milán, personificando a Lucía de Lammermoor, de Donizetti; luego cantó en Roma en una función que presidieron el rey Víctor Manuel II y su esposa, y ahí se dio el caso inusual para un artista de salir una treintena de veces a recibir las ovaciones del público.

Siguieron los escenarios de Turín, Florencia, Bolonia, Lisboa, Alejandría, Génova, Nápoles, San Petersburgo, Madrid, Barcelona y El Cairo, hasta 1865 en que aceptó la invitación de Maximiliano de Habsburgo para que actuase de nuevo en su propia patria; al término de una temporada exitosa que se prolongó hasta 1866, se le nombró “Cantarina de Cámara del Imperio”. Sin embargo, al año siguiente cantó en Veracruz a beneficio de la lucha contra la intervención francesa.

Volvió por sus laureles a Europa, y luego al norte de su país en los teatros de Monterrey, Saltillo, Durango y Guaymas; finalmente en La Paz, donde cantó la ópera María de Rohan, de Donizetti.

Es aceptada por algunos la versión de que la Peralta contrajo en La Paz la enfermedad que la llevó a la muerte. De buenas fuentes sabemos ahora que las circunstancias fueron distintas: la compañía operística, hospedada en La Paz en el hotel Silver Garden, actuó exitosamente ante el público paceño a mediados de agosto de 1883 en el pasillo principal de la Casa de Gobierno.

La gente que estuvo imposibilitada de acceder al edificio determinó permanecer afuera, deseosa de escucharla. Lo demás es un recuerdo que conocemos a través de Rosa María Mendoza en su libro Crónicas de mi puerto (pág. 154) que, “al ser tan cerrada la ovación que le brindara el pueblo a la artista, al terminar su actuación salió de la Casa de Gobierno y cruzando la calle subió al quiosco de madera que había en el centro del jardín…” y cantó para todos “iluminada por los mecheros de petróleo con que se alumbraba la plazuela.”

El elenco abordó al día siguiente el barco Newbern (que proporcionaba frecuente servicio de comunicación y transporte en estas costas) para proseguir la gira en Mazatlán, a donde llegaron el día 22. Al desembarcar la soprano fue recibida por una multitud que tiró de su carruaje hasta el hotel Iturbide.

Poco tiempo antes habían arribado a aquel puerto sinaloense dos vapores procedentes de Panamá, infectados de fiebre amarilla. A los dos días de haber llegado, Ángela y la mayor parte de los integrantes del elenco cayeron abatidos por el padecimiento, que sólo les permitió un ensayo privado para la prensa. Antes que ella murió el primer tenor Fausto Belloti; fue imposible la recuperación de la estrella y murió el 30 de agosto de ese mismo 1883.

La epidemia se propagó enseguida a toda la región noroeste, que debido al intercambio marítimo dejó al año siguiente una cuantiosa secuela de muerte en el sur de la península californiana.

Lo dijo el periódico paceño La Voz de California del 20 de septiembre ulterior, en primera plana:

“México goza de una paz y bienestar relativa, pero sus pueblos del litoral del Pacífico han sido diezmados por una mortal epidemia, la Fiebre Amarilla. En La Paz, que es una de las poblaciones que ha sufrido menos, se recordará siempre con tristeza el mes de septiembre de 1883. En todos los días del presente mes, la fiebre ha hecho numerosas víctimas. Los negocios están paralizados y la gente alarmada; hubo un día en que verdaderamente no se encontraba casa en la ciudad donde no hubiera un enfermo. Nuestro clásico día, aniversario de la Independencia, pasó desapercibido. Por rareza se encontraba en las calles alguna persona, y esta andaba por necesidad en servicio de algún enfermo. Las noticias de Mazatlán son aterradoras: 950 muertos.

Allí murió, lejos de su nido, el Ruiseñor Mexicano y 18 artistas de la compañía de ópera italiana.” (Crónicas…, págs. 72-73.)

Años más tarde, el nombre de la soprano fue impuesto al teatro de la escuela secundaria José María Morelos en su primera ubicación de Belisario Domínguez entre 5 de Mayo e Independencia de La Paz.

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