/ martes 26 de noviembre de 2019

De pronto se perdió


En el rancho Los Laureles localizado a 40 kilómetros al oeste del poblado de San Pedro, la familia de Enrique Romero Angulo y su esposa Patricia Verdugo veneran a San Judas Tadeo, el santo de los perdidos, y le han construido una pequeña capilla en la parte alta del terreno, frente a su casa.

Allí, en ese lugar, fue el punto de concentración de un numeroso grupo de personas que acudieron el día 17 de este mes de noviembre con el fin de emprender la búsqueda de mi hijo Agustín, conocido familiarmente como Guty. Un día antes, por la mañana, tres cazadores, Johan, Francisco el Piquín y él habían acampado unos quince kilómetros adelante del rancho y se prepararon para la cacería. Esa amplia zona, aparte de dos arroyos que la cruzan, es de vegetación alta y tupida. Además ese día estaba nublado y se pronosticaban lluvias originadas por la depresión tropical Raymond. Aun así se internaron en el monte en busca de venados.Después de varias horas dos de ellos regresaron al paraje menos Agustín. Pasó el tiempo y entonces lo buscaron pero no dieron con él. Al anochecer regresaron a La Paz y dieron la noticia: ¡El Guty se había perdido!

Los días 17, 18 y 19 recorrieron la zona compañeros del club Gavilanes, antiguas amistades, familiares, miembros de las policías estatal y municipal, del grupo Calafia, bomberos de El Centenario, apoyados con vehículos de doble tracción y cuatrimotos. Incluso brigadas entraron por el kilómetro 35, atravesando el rancho de Raúl Olachea y la estación nacional de cría. Pero mi hijo no aparecía. Y mientras tanto en Los Laureles Teresita su esposa y sus hijas Patricia y Valeria esperaban, esperaban, mientras las horas transcurrían y la angustia crecía.

El día 19, por mañana, como a las diez horas dieron la noticia: una avioneta de la Dirección de Protección Civil del gobierno del estado, lo había localizado caminando en un ramal del arroyo conocido como El Cenizo. Por coincidencia, cuando nos dirigíamos al rancho en el vehículo de mi nieta Tania—la acompañaban mi esposa y mis hijas Ana María y Marta Patricia—hicimos un alto en un guardaganado donde se encontraba Patricia, la hija mayor de Agustín, quien en esos días había hecho guardia para orientar a las personas que se dirigían al rancho. La encontramos sentada al lado de su automóvil, resignada pero con la esperanza de que su padre aparecería. Mis hijas la saludaron y en ese instante recibió una llamada por su celular avisándole que su padre ya lo habían localizado. Ya se imaginarán la sorpresa y después la alegría que nos inundó. Abrazos, felicitaciones, mientras que en el interior del vehículo una madre conmovida hasta las lágrimas daba gracias a San Judas Tadeo por haberla escuchado.

Llegamos al rancho con la recomendación que detuvieran la búsqueda mientras esperábamos su rescate. Por fin, como a las cuatro de la tarde nos avisaron que en un picap de Protección Civil lo llevaban rumbo a La Paz por una brecha que entronca con la carretera transpeninsular a la altura del kilómetro 35, conocido como La Virgencita. Regresamos de inmediato a la ciudad, a la casa de Agustín, donde lo encontramos como se dice “salvo y sano”.

Pero, ¿cómo fue que dieron con Guty? Ricardo, un hijo de Luis Reyes, mi sobrino, platica los pormenores: “El día 19, cumplido el protocolo de las 72 horas, la Dirección de Protección Civil implementó las estrategias de la búsqueda y se apoyó en el ejército, la marina y las policías del estado y del municipio de La Paz. En una avioneta donde iba Carlos Godínez León,director de esa dependencia y Ricardo, invitado por conocer la región, sobrevolaron la zona y descubrieron a Guty que iba caminado a través del arroyo. Le hicieron señales para que ya no se moviera y regresaron al aeropuerto donde ya los esperaba un picap de la misma dirección de Protección Civil.

De hecho, fueron los primeros en llegar al lugar donde se encontraba mi hijo, porque minutos después aterrizó un helicóptero de la Armada de México que también lo andaba buscando. Examinaron a Guty y lo encontraron en buenas condiciones de salud. Al preguntarle como sobrevivió contó que comía ciruelas del monte y pitahayas. En cuando a la sed bebía agua retenida en las hojas después de la lluvia.

Escuchaba los gritos y el sonido de una bocina—era de un correcamino que conducía Miguel, un amigo de nuestra familia—pero no pudo comunicarse con ellos. Por cierto, al tercer día encontraron un lugar donde había dormido, incluso las huellas que dejó al caminar por el arroyo. Con nuevas esperanzas recorrieron esos lugares pero no lo encontraron y la noche—otra más—llegó.

Ahora, Agustín ya está al lado de su familia. Los días pasados en soledad no se olvidarán no tanto él sino por todos los que participaron en su búsqueda. Como mi nieto Leo que el tercer día anocheciendo me dijo con lágrimas: No lo encontramos, abuelo. Y me dio un abrazo desconsolado.

—Creímos que lo íbamos a encontrar en malas condiciones físicas—me dijo Ricardo. Cuando me acerqué a él lo primero que hice fue agarrar el rifle que tenía a un lado, le quité el cartucho que tenía montado y le pregunté cómo se sentía. –Bien—me respondió—un poco de agua no me caería mal.

Uno se pregunta: ¿después de tres días con sus noches, que fue lo que lo alentó a seguir con vida? Creo, en primer lugar, que fue su experiencia de andar en el monte. Por eso no se desesperó confiado en que lo encontrarían. Pero, además, el mismo monte los impregna de valor ante lo desconocido, los hace precavidos ante los peligros y siempre tienen recursos ante situaciones imprevistas. Y ese fue el caso de Agustín. Cuando todos temíamos por su vida, caminaba y caminaba buscando rutas conocidas para llegar al paraje oa un rancho cercano.

—De pronto me perdí—confesó. Y en esos momentos comenzó el drama. No cabe duda, mi hijo tiene los tamaños suficientes para enfrentar esta clase de desafíos.

Leresil20930@gmail.com

Maestro, historiador, cronista


En el rancho Los Laureles localizado a 40 kilómetros al oeste del poblado de San Pedro, la familia de Enrique Romero Angulo y su esposa Patricia Verdugo veneran a San Judas Tadeo, el santo de los perdidos, y le han construido una pequeña capilla en la parte alta del terreno, frente a su casa.

Allí, en ese lugar, fue el punto de concentración de un numeroso grupo de personas que acudieron el día 17 de este mes de noviembre con el fin de emprender la búsqueda de mi hijo Agustín, conocido familiarmente como Guty. Un día antes, por la mañana, tres cazadores, Johan, Francisco el Piquín y él habían acampado unos quince kilómetros adelante del rancho y se prepararon para la cacería. Esa amplia zona, aparte de dos arroyos que la cruzan, es de vegetación alta y tupida. Además ese día estaba nublado y se pronosticaban lluvias originadas por la depresión tropical Raymond. Aun así se internaron en el monte en busca de venados.Después de varias horas dos de ellos regresaron al paraje menos Agustín. Pasó el tiempo y entonces lo buscaron pero no dieron con él. Al anochecer regresaron a La Paz y dieron la noticia: ¡El Guty se había perdido!

Los días 17, 18 y 19 recorrieron la zona compañeros del club Gavilanes, antiguas amistades, familiares, miembros de las policías estatal y municipal, del grupo Calafia, bomberos de El Centenario, apoyados con vehículos de doble tracción y cuatrimotos. Incluso brigadas entraron por el kilómetro 35, atravesando el rancho de Raúl Olachea y la estación nacional de cría. Pero mi hijo no aparecía. Y mientras tanto en Los Laureles Teresita su esposa y sus hijas Patricia y Valeria esperaban, esperaban, mientras las horas transcurrían y la angustia crecía.

El día 19, por mañana, como a las diez horas dieron la noticia: una avioneta de la Dirección de Protección Civil del gobierno del estado, lo había localizado caminando en un ramal del arroyo conocido como El Cenizo. Por coincidencia, cuando nos dirigíamos al rancho en el vehículo de mi nieta Tania—la acompañaban mi esposa y mis hijas Ana María y Marta Patricia—hicimos un alto en un guardaganado donde se encontraba Patricia, la hija mayor de Agustín, quien en esos días había hecho guardia para orientar a las personas que se dirigían al rancho. La encontramos sentada al lado de su automóvil, resignada pero con la esperanza de que su padre aparecería. Mis hijas la saludaron y en ese instante recibió una llamada por su celular avisándole que su padre ya lo habían localizado. Ya se imaginarán la sorpresa y después la alegría que nos inundó. Abrazos, felicitaciones, mientras que en el interior del vehículo una madre conmovida hasta las lágrimas daba gracias a San Judas Tadeo por haberla escuchado.

Llegamos al rancho con la recomendación que detuvieran la búsqueda mientras esperábamos su rescate. Por fin, como a las cuatro de la tarde nos avisaron que en un picap de Protección Civil lo llevaban rumbo a La Paz por una brecha que entronca con la carretera transpeninsular a la altura del kilómetro 35, conocido como La Virgencita. Regresamos de inmediato a la ciudad, a la casa de Agustín, donde lo encontramos como se dice “salvo y sano”.

Pero, ¿cómo fue que dieron con Guty? Ricardo, un hijo de Luis Reyes, mi sobrino, platica los pormenores: “El día 19, cumplido el protocolo de las 72 horas, la Dirección de Protección Civil implementó las estrategias de la búsqueda y se apoyó en el ejército, la marina y las policías del estado y del municipio de La Paz. En una avioneta donde iba Carlos Godínez León,director de esa dependencia y Ricardo, invitado por conocer la región, sobrevolaron la zona y descubrieron a Guty que iba caminado a través del arroyo. Le hicieron señales para que ya no se moviera y regresaron al aeropuerto donde ya los esperaba un picap de la misma dirección de Protección Civil.

De hecho, fueron los primeros en llegar al lugar donde se encontraba mi hijo, porque minutos después aterrizó un helicóptero de la Armada de México que también lo andaba buscando. Examinaron a Guty y lo encontraron en buenas condiciones de salud. Al preguntarle como sobrevivió contó que comía ciruelas del monte y pitahayas. En cuando a la sed bebía agua retenida en las hojas después de la lluvia.

Escuchaba los gritos y el sonido de una bocina—era de un correcamino que conducía Miguel, un amigo de nuestra familia—pero no pudo comunicarse con ellos. Por cierto, al tercer día encontraron un lugar donde había dormido, incluso las huellas que dejó al caminar por el arroyo. Con nuevas esperanzas recorrieron esos lugares pero no lo encontraron y la noche—otra más—llegó.

Ahora, Agustín ya está al lado de su familia. Los días pasados en soledad no se olvidarán no tanto él sino por todos los que participaron en su búsqueda. Como mi nieto Leo que el tercer día anocheciendo me dijo con lágrimas: No lo encontramos, abuelo. Y me dio un abrazo desconsolado.

—Creímos que lo íbamos a encontrar en malas condiciones físicas—me dijo Ricardo. Cuando me acerqué a él lo primero que hice fue agarrar el rifle que tenía a un lado, le quité el cartucho que tenía montado y le pregunté cómo se sentía. –Bien—me respondió—un poco de agua no me caería mal.

Uno se pregunta: ¿después de tres días con sus noches, que fue lo que lo alentó a seguir con vida? Creo, en primer lugar, que fue su experiencia de andar en el monte. Por eso no se desesperó confiado en que lo encontrarían. Pero, además, el mismo monte los impregna de valor ante lo desconocido, los hace precavidos ante los peligros y siempre tienen recursos ante situaciones imprevistas. Y ese fue el caso de Agustín. Cuando todos temíamos por su vida, caminaba y caminaba buscando rutas conocidas para llegar al paraje oa un rancho cercano.

—De pronto me perdí—confesó. Y en esos momentos comenzó el drama. No cabe duda, mi hijo tiene los tamaños suficientes para enfrentar esta clase de desafíos.

Leresil20930@gmail.com

Maestro, historiador, cronista