/ lunes 22 de junio de 2020

Comala

Un paraje muerto. De víctimas. De fantasmas. Eso somos. A México, como a Comala, lo pueblan memorias. Gente que fue. Oportunidades huidas. Porvenires en fuga. La geografía nacional se cubre de dolor. De lágrimas. De ausencias. La muerte, aquí, sigue teniendo permiso: cada día, a toda hora.

En la última década, han sido asesinadas 240 mil personas. Son familias huecas: De deudos. Con duelo. Este año, la cifra es de horror: 11,849 de ejecutados por el crimen más 20 mil por el coronavirus: van 32 mil en medio año.

Es decir: cada hora en México mueren 7 personas. Pero, además, deben agregarse aquellos que ya no están pero que no tienen sepulcro, ni tumba, ni acta de defunción: sólo recuerdo.

Son aquellos a los que se les llama “desaparecidos”. Una palabra que, de tan repetida, ha ocultado su drama. Aquel que ni ha muerto pero tampoco vive.

61,637. Y sumando.

Son los saldos terribles de un estado inútil. Uno que desató guerra y la perdió. El mismo estado, con otros generales, que ahora, abierta y desconsoladamente, claudica.

Declararon la guerra y desataron el diluvio de sangre. Se rindieron: y el diluvio no paró: arreció.

La larga cadena de ineptitudes nos ha conducido hasta aquí. El estado se convirtió en socio, y terminó de empleado. Vinieron los balazos, y perdió. Luego los abrazos. Volvió a perder.

El confinamiento por la pandemia trajo la caída de la movilidad. De la vida: de la muerte, no.

Habría que reconocer, pues, que los dueños de las calles son otros. No los ciudadanos. No las familias. Otros. Esos que sí circulan. Que sí vigilan. Que no obedecen esos decretos, sino órdenes. Que siguen matando.

Los cambios de estrategias no han frenado el horror, porque se origina de guerras intestinas entre criminales: para suplantar al estado y eliminar al rival.

Mientras no se reconozca esa realidad y se comience a focalizar con recursos masivos e integrales del estado la recuperación de territorios la sangría no se detendrá. Cambiará de nombres y de víctimas, pero la disputa es un mercado, por el control de las rentas del país.

Mientras tanto, la tragedia continúa.

En la otra guerra, contra el virus, nos batimos también en retirada. Nos embiste la triste realidad: de un sistema de salud quebrado, de los estragos de la pobreza, del hacinamiento, de la cultura de la irresponsabilidad.

Cada día la muerte se aproxima: en seres queridos. En amigos. En afectos que se desvanecen para siempre.

Este largo confinamiento, su soledad, su horror, acaso debería servir para recapacitar y honrar la vida.

Para reconocernos en el otro. Ese, que también es deudo. O víctima: de alguna forma, todos los somos.

Este largo encierro debería llamar a reconciliarnos como sociedad y reconocer que, tristemente, somos supervivientes.

Quizá valga hacer un pacto por la vida, por la decencia, por el decoro, por la ley.

Y quizá, todos juntos, proponernos escapar de Comala.

@fvazquezrig

Un paraje muerto. De víctimas. De fantasmas. Eso somos. A México, como a Comala, lo pueblan memorias. Gente que fue. Oportunidades huidas. Porvenires en fuga. La geografía nacional se cubre de dolor. De lágrimas. De ausencias. La muerte, aquí, sigue teniendo permiso: cada día, a toda hora.

En la última década, han sido asesinadas 240 mil personas. Son familias huecas: De deudos. Con duelo. Este año, la cifra es de horror: 11,849 de ejecutados por el crimen más 20 mil por el coronavirus: van 32 mil en medio año.

Es decir: cada hora en México mueren 7 personas. Pero, además, deben agregarse aquellos que ya no están pero que no tienen sepulcro, ni tumba, ni acta de defunción: sólo recuerdo.

Son aquellos a los que se les llama “desaparecidos”. Una palabra que, de tan repetida, ha ocultado su drama. Aquel que ni ha muerto pero tampoco vive.

61,637. Y sumando.

Son los saldos terribles de un estado inútil. Uno que desató guerra y la perdió. El mismo estado, con otros generales, que ahora, abierta y desconsoladamente, claudica.

Declararon la guerra y desataron el diluvio de sangre. Se rindieron: y el diluvio no paró: arreció.

La larga cadena de ineptitudes nos ha conducido hasta aquí. El estado se convirtió en socio, y terminó de empleado. Vinieron los balazos, y perdió. Luego los abrazos. Volvió a perder.

El confinamiento por la pandemia trajo la caída de la movilidad. De la vida: de la muerte, no.

Habría que reconocer, pues, que los dueños de las calles son otros. No los ciudadanos. No las familias. Otros. Esos que sí circulan. Que sí vigilan. Que no obedecen esos decretos, sino órdenes. Que siguen matando.

Los cambios de estrategias no han frenado el horror, porque se origina de guerras intestinas entre criminales: para suplantar al estado y eliminar al rival.

Mientras no se reconozca esa realidad y se comience a focalizar con recursos masivos e integrales del estado la recuperación de territorios la sangría no se detendrá. Cambiará de nombres y de víctimas, pero la disputa es un mercado, por el control de las rentas del país.

Mientras tanto, la tragedia continúa.

En la otra guerra, contra el virus, nos batimos también en retirada. Nos embiste la triste realidad: de un sistema de salud quebrado, de los estragos de la pobreza, del hacinamiento, de la cultura de la irresponsabilidad.

Cada día la muerte se aproxima: en seres queridos. En amigos. En afectos que se desvanecen para siempre.

Este largo confinamiento, su soledad, su horror, acaso debería servir para recapacitar y honrar la vida.

Para reconocernos en el otro. Ese, que también es deudo. O víctima: de alguna forma, todos los somos.

Este largo encierro debería llamar a reconciliarnos como sociedad y reconocer que, tristemente, somos supervivientes.

Quizá valga hacer un pacto por la vida, por la decencia, por el decoro, por la ley.

Y quizá, todos juntos, proponernos escapar de Comala.

@fvazquezrig

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