/ lunes 24 de junio de 2019

Clase política y clase gobernante

De entrada debemos establecer la diferencia entre lo que es la “clase política” y la “clase gobernante” de una entidad cualquiera, un país, estado o provincia

Por clase política puede entenderse aquélla en que se hallan integrados los ciudadanos con vocación y oficio políticos, es decir con incipiente o larga carrera dentro del interés por el servicio en la administración pública. Personas afiliadas o no a una institución política pero que participan permanentemente en asuntos que atañen a la búsqueda del bien común, y en señalar con sentido crítico los factores que se oponen a su desarrollo, crecimiento y felicidad.

Los miembros de una clase política responsable adquieren información de la teoría que da sustento a sus preocupaciones, están al día del quehacer en la vida pública pero se ocupan también de las ocurrencias del pasado para fundamentar sus objetivos. Quien se halla inserto en la clase política tiene (es imprescindible que tenga), además de los conocimientos apropiados, sentido de la diplomacia, sensibilidad, apreciación aguda, visión amplia y capacidad de decisión.

Por ser generalmente de espacios abiertos, también suele ocurrir que en la clase política puede entrar gente a la que impulsan sólo fines aviesos, que piensa en los puestos de autoridad como sitiales de impunidad y rapiña. En tales casos sucede como cuando en nuestro hogar entran alimañas, muy a pesar de la familia. En ambas situaciones hay que colocar preventivos y aplicar remedios antes de que ocasionen mayores perjuicios.

Se ha pretendido definir a la política como un arte; pero aun cuando no lo fuere, quien se desenvuelve en ella ha de adquirir, como el artista, habilidad para ver aquello que el resto de los mortales no alcanza a apreciar de su entorno y los escenarios posibles de éste.

La función política, pues, resulta una ocupación que exige mucho más que el derecho constitucional a desempeñarla, buenas intenciones, aceptación o inconformidad respecto a quienes tienen el mando de la cosa pública.

En una democracia, clase gobernante es la que tiene el mandato del sufragio mayoritario de la gente y por ello ejerce los poderes públicos. Lo ideal es que se constituya con individuos de la clase política, pues ésta es, como se dijo, la que posee el conocimiento sobre la actividad gubernativa, ha definido sus principios, acciones, fines y medios para cumplirla eficientemente, y tiene certeza de su importancia para el presente y el futuro de la colectividad humana a la que siente el deber de servir.

Se trata menos de élites como de gente capaz.

Lamentablemente, en Baja California Sur el poder lo maneja, en términos generales y en lo que va de la presente centuria, gentío de toda laya, con un denominador común: carece de oficio político, deseable perfil profesional y sentido de sudcalifornidad.

Con esto queremos decir que, sin oficio político, quien recibe el encargo de atender tareas públicas lo hace, como es de esperarse, sin conciencia clara de sus funciones, de sus antecedentes, objetivos y recursos. Hasta corre el riesgo de pensar que, con un presupuesto disponible, puede hacer con él lo que guste, incluso llevárselo a casa.

En ausencia del adecuado soporte profesional hay que estar improvisando siempre, pues se carece de disciplina de trabajo en menesteres que requieren básicamente ejercicio intelectual metódico y sistemático. En ellos se debe planear, diseñar, programar y efectuar con la atingencia indispensable.

Sin sentido de sudcalifornidad ha faltado el ingrediente primordial del quehacer gubernativo en esta mitad peninsular: la percepción clara del porqué y para qué se está en el encargo. Saber cuántas luchas han llevado a cabo las generaciones ascendientes de esta sociedad para lograr lo que ahora se disfruta; saber cuánto es menester realizar ahora y en adelante para alcanzar los niveles de bienestar, tranquilidad, seguridad y felicidad que justamente aspira a tener la población del estado.

Es sólo clase gobernante y no política la que abandona sus ocupaciones obligatorias en busca de otras, viola la Ley para el pandillaje, realiza obras públicas sin ton ni son, infla estadísticas, atenta contra el medio ambiente en beneficio de chequeras personales, etc.

Opinaba Charles de Gaulle que la política es algo demasiado serio como para ponerla en manos de los políticos, mas lo cierto es que, precisamente por ser una actividad de lo más delicada, debemos tener cuidado de ponerla estrictamente en manos de los políticos.

Y así cada quien a su tarea.

Como dijo un mecánico al cliente ante un coche irreparable: “Dios y yo tenemos un trato: él no arregla automóviles y yo no hago milagros…”

De entrada debemos establecer la diferencia entre lo que es la “clase política” y la “clase gobernante” de una entidad cualquiera, un país, estado o provincia

Por clase política puede entenderse aquélla en que se hallan integrados los ciudadanos con vocación y oficio políticos, es decir con incipiente o larga carrera dentro del interés por el servicio en la administración pública. Personas afiliadas o no a una institución política pero que participan permanentemente en asuntos que atañen a la búsqueda del bien común, y en señalar con sentido crítico los factores que se oponen a su desarrollo, crecimiento y felicidad.

Los miembros de una clase política responsable adquieren información de la teoría que da sustento a sus preocupaciones, están al día del quehacer en la vida pública pero se ocupan también de las ocurrencias del pasado para fundamentar sus objetivos. Quien se halla inserto en la clase política tiene (es imprescindible que tenga), además de los conocimientos apropiados, sentido de la diplomacia, sensibilidad, apreciación aguda, visión amplia y capacidad de decisión.

Por ser generalmente de espacios abiertos, también suele ocurrir que en la clase política puede entrar gente a la que impulsan sólo fines aviesos, que piensa en los puestos de autoridad como sitiales de impunidad y rapiña. En tales casos sucede como cuando en nuestro hogar entran alimañas, muy a pesar de la familia. En ambas situaciones hay que colocar preventivos y aplicar remedios antes de que ocasionen mayores perjuicios.

Se ha pretendido definir a la política como un arte; pero aun cuando no lo fuere, quien se desenvuelve en ella ha de adquirir, como el artista, habilidad para ver aquello que el resto de los mortales no alcanza a apreciar de su entorno y los escenarios posibles de éste.

La función política, pues, resulta una ocupación que exige mucho más que el derecho constitucional a desempeñarla, buenas intenciones, aceptación o inconformidad respecto a quienes tienen el mando de la cosa pública.

En una democracia, clase gobernante es la que tiene el mandato del sufragio mayoritario de la gente y por ello ejerce los poderes públicos. Lo ideal es que se constituya con individuos de la clase política, pues ésta es, como se dijo, la que posee el conocimiento sobre la actividad gubernativa, ha definido sus principios, acciones, fines y medios para cumplirla eficientemente, y tiene certeza de su importancia para el presente y el futuro de la colectividad humana a la que siente el deber de servir.

Se trata menos de élites como de gente capaz.

Lamentablemente, en Baja California Sur el poder lo maneja, en términos generales y en lo que va de la presente centuria, gentío de toda laya, con un denominador común: carece de oficio político, deseable perfil profesional y sentido de sudcalifornidad.

Con esto queremos decir que, sin oficio político, quien recibe el encargo de atender tareas públicas lo hace, como es de esperarse, sin conciencia clara de sus funciones, de sus antecedentes, objetivos y recursos. Hasta corre el riesgo de pensar que, con un presupuesto disponible, puede hacer con él lo que guste, incluso llevárselo a casa.

En ausencia del adecuado soporte profesional hay que estar improvisando siempre, pues se carece de disciplina de trabajo en menesteres que requieren básicamente ejercicio intelectual metódico y sistemático. En ellos se debe planear, diseñar, programar y efectuar con la atingencia indispensable.

Sin sentido de sudcalifornidad ha faltado el ingrediente primordial del quehacer gubernativo en esta mitad peninsular: la percepción clara del porqué y para qué se está en el encargo. Saber cuántas luchas han llevado a cabo las generaciones ascendientes de esta sociedad para lograr lo que ahora se disfruta; saber cuánto es menester realizar ahora y en adelante para alcanzar los niveles de bienestar, tranquilidad, seguridad y felicidad que justamente aspira a tener la población del estado.

Es sólo clase gobernante y no política la que abandona sus ocupaciones obligatorias en busca de otras, viola la Ley para el pandillaje, realiza obras públicas sin ton ni son, infla estadísticas, atenta contra el medio ambiente en beneficio de chequeras personales, etc.

Opinaba Charles de Gaulle que la política es algo demasiado serio como para ponerla en manos de los políticos, mas lo cierto es que, precisamente por ser una actividad de lo más delicada, debemos tener cuidado de ponerla estrictamente en manos de los políticos.

Y así cada quien a su tarea.

Como dijo un mecánico al cliente ante un coche irreparable: “Dios y yo tenemos un trato: él no arregla automóviles y yo no hago milagros…”

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