/ viernes 17 de mayo de 2019

¡Caro!

La Peralta

Expresión que surge decidida y mordaz al conocer el total de la cuenta del mandado en la caja de cualquier supermercado, o en el changarro de la esquina o en el minisuper del barrio, para luego hacer la pregunta obligada a quien cobra: ¡¿por qué tanto?! Pero, también habrá que preguntarnos ¿cuándo han sido baratas las cosas?

“En mis tiempos, me daban un tostón -moneda de 50 centavos- para el recreo y me compraba varias cosas”, lo que evoca una época en la que se tenía cierta percepción económica de estabilidad y solvencia. Medio peso hoy es una devaluada monedita a la que le encuentro parecido a un botón que a veces reciben con menosprecio los empacadores en las tiendas.

Inmersos en la cuarta revolución industrial, los segmentos de la población tienen percepciones del valor monetario equiparando su poder adquisitivo en un momento determinado. La generación de baby boomers recuerda cuando el dólar valía $12.50 viejos pesos y así se mantuvo un largo periodo; los X vivieron la necesaria reducción de los tres ceros del inflado peso; los millennials supieron que el euro estaba más caro que el dólar; los centennials saben ya de bitcoins.

Sin embargo hay una coincidencia entre ellos: el parámetro de bienestar comparable y sopesado con los alcances económicos que la sociedad norteamericana ostenta el “american way of life”, que ha recreado un imaginario de cómo debería ser el mejor estilo de vida. Sin embargo, la bonanza no es eterna. Según datos de la encuesta Modern Wealth Index de Charles Schwab, sólo el 38% de los millennials de Estados Unidos (de 23 a 38 años) se sienten financieramente seguros, lo que deja a un 62% con más deudas que cualquier otra generación, ya que en los últimos cinco años aumentaron 22% sin ser hipotecas, sino vinculadas a préstamos estudiantiles, tarjetas de crédito y préstamos para comprar automóviles (https://mundo sputniknews.com 16/05/2019).

Dicho de otra manera, el mundo ideal se desquebraja ante un panorama de conflictos comerciales internacionales, con titánicos devaneos entre los grandes productores mundiales, como el que actualmente involucra a China y Estados Unidos, en el que éste al parecer, va perdiendo (www.washingtonpost.com 15/5/2019). Queramos o no, impacta a los mercados y las bolsas de valores, haciendo volátiles los precios de las materias primas y volviendo sensibles las ponderaciones de las monedas. Poesía.

Y claro, no hay que ser actuario, economista o laborar en el Banco de México para confirmar que los bienes y servicios están indeteniblemente a la alza, a lo que se suma el ingrediente de nuestra vida peninsular. Estas variaciones son, a mi gusto, de brusquedad y hasta me atrevo a decir que rayan en lo criminal, por lo que menciono en este multifacético momento un aspecto que poco tiene que ver con la teoría económica: la voracidad. He tenido oportunidad de comentar sobre este tema con algunos académicos de nuestra máxima casa de estudios. Coinciden en que aunque los precios del dólar, insumos, transportación, etc. han estado relativamente estables en los últimos meses, no se justifica el evidente aumento.

Las mediciones en nuestro país indican que el índice de la inflación anual al mes de abril del 2019 fue de 4.41; pero como en todo, es necesario ponerlo en perspectiva. El dato inflacionario más estrepitoso de los años recientes ocurrió en diciembre del 2017, cuyo índice fue de 6.77. Más poesía. Estas mediciones observan los precios y su comportamiento, siendo las variaciones porcentuales de los energéticos y los productos agropecuarios las más cambiantes; y aunque se ven más estables los servicios, tienen un aumento sostenido (INEGI. INPC). Esto hace entendible un ápice de la cotidianidad, el valor del kilo de tomate que cambia de un día a otro, o el aguacate, que es el producto que más variación tiene del país. Desmiéntanme.

Estos índices pueden también mostrar lo que pasa en las 46 principales ciudades mexicanas, entre ellas La Paz. Al mes de abril la inflación anual paceña fue de 5.05, por debajo de una ciudad como Tehuantepec, Oaxaca, que tuvo el índice más alto (6.12), o Querétaro, Querétaro (5.81); pero muy por encima de los índices de Huatabampo, Sonora (-0.42), Culiacán, Sinaloa (0.45) o Mexicali, Baja California (0.65), entre otras. Vivir en La Paz, además de ser disfrutable, es caro.

¡Éytale!

Mientras veía con horror el precio de un producto de la canasta básica en un supermercado paceño, coincidieron en el mismo pasillo una mujer y un hombre que se conocían. La mujer saludó y el hombre le contestó con cierta pesadez “hola, aquí andamos, comprando comida que para eso nada más trabajamos”. La mujer confirmó, “sí pues, no alcanza para más”. Tragué gordo porque en mi interior no estaba de acuerdo. Suena en la memoria el estribillo “Mira Bartola, ahí te dejo unos dos pesos…”

Comunicóloga, fotógrafa, diseñadora y sibarita.

@LA_PERALTA. https://ilianaperalta.wixsitecom/tandariola

La Tandariola también se escucha. Martes 18:30 hrs. en La Radio de Sudcalifornia.

La Peralta

Expresión que surge decidida y mordaz al conocer el total de la cuenta del mandado en la caja de cualquier supermercado, o en el changarro de la esquina o en el minisuper del barrio, para luego hacer la pregunta obligada a quien cobra: ¡¿por qué tanto?! Pero, también habrá que preguntarnos ¿cuándo han sido baratas las cosas?

“En mis tiempos, me daban un tostón -moneda de 50 centavos- para el recreo y me compraba varias cosas”, lo que evoca una época en la que se tenía cierta percepción económica de estabilidad y solvencia. Medio peso hoy es una devaluada monedita a la que le encuentro parecido a un botón que a veces reciben con menosprecio los empacadores en las tiendas.

Inmersos en la cuarta revolución industrial, los segmentos de la población tienen percepciones del valor monetario equiparando su poder adquisitivo en un momento determinado. La generación de baby boomers recuerda cuando el dólar valía $12.50 viejos pesos y así se mantuvo un largo periodo; los X vivieron la necesaria reducción de los tres ceros del inflado peso; los millennials supieron que el euro estaba más caro que el dólar; los centennials saben ya de bitcoins.

Sin embargo hay una coincidencia entre ellos: el parámetro de bienestar comparable y sopesado con los alcances económicos que la sociedad norteamericana ostenta el “american way of life”, que ha recreado un imaginario de cómo debería ser el mejor estilo de vida. Sin embargo, la bonanza no es eterna. Según datos de la encuesta Modern Wealth Index de Charles Schwab, sólo el 38% de los millennials de Estados Unidos (de 23 a 38 años) se sienten financieramente seguros, lo que deja a un 62% con más deudas que cualquier otra generación, ya que en los últimos cinco años aumentaron 22% sin ser hipotecas, sino vinculadas a préstamos estudiantiles, tarjetas de crédito y préstamos para comprar automóviles (https://mundo sputniknews.com 16/05/2019).

Dicho de otra manera, el mundo ideal se desquebraja ante un panorama de conflictos comerciales internacionales, con titánicos devaneos entre los grandes productores mundiales, como el que actualmente involucra a China y Estados Unidos, en el que éste al parecer, va perdiendo (www.washingtonpost.com 15/5/2019). Queramos o no, impacta a los mercados y las bolsas de valores, haciendo volátiles los precios de las materias primas y volviendo sensibles las ponderaciones de las monedas. Poesía.

Y claro, no hay que ser actuario, economista o laborar en el Banco de México para confirmar que los bienes y servicios están indeteniblemente a la alza, a lo que se suma el ingrediente de nuestra vida peninsular. Estas variaciones son, a mi gusto, de brusquedad y hasta me atrevo a decir que rayan en lo criminal, por lo que menciono en este multifacético momento un aspecto que poco tiene que ver con la teoría económica: la voracidad. He tenido oportunidad de comentar sobre este tema con algunos académicos de nuestra máxima casa de estudios. Coinciden en que aunque los precios del dólar, insumos, transportación, etc. han estado relativamente estables en los últimos meses, no se justifica el evidente aumento.

Las mediciones en nuestro país indican que el índice de la inflación anual al mes de abril del 2019 fue de 4.41; pero como en todo, es necesario ponerlo en perspectiva. El dato inflacionario más estrepitoso de los años recientes ocurrió en diciembre del 2017, cuyo índice fue de 6.77. Más poesía. Estas mediciones observan los precios y su comportamiento, siendo las variaciones porcentuales de los energéticos y los productos agropecuarios las más cambiantes; y aunque se ven más estables los servicios, tienen un aumento sostenido (INEGI. INPC). Esto hace entendible un ápice de la cotidianidad, el valor del kilo de tomate que cambia de un día a otro, o el aguacate, que es el producto que más variación tiene del país. Desmiéntanme.

Estos índices pueden también mostrar lo que pasa en las 46 principales ciudades mexicanas, entre ellas La Paz. Al mes de abril la inflación anual paceña fue de 5.05, por debajo de una ciudad como Tehuantepec, Oaxaca, que tuvo el índice más alto (6.12), o Querétaro, Querétaro (5.81); pero muy por encima de los índices de Huatabampo, Sonora (-0.42), Culiacán, Sinaloa (0.45) o Mexicali, Baja California (0.65), entre otras. Vivir en La Paz, además de ser disfrutable, es caro.

¡Éytale!

Mientras veía con horror el precio de un producto de la canasta básica en un supermercado paceño, coincidieron en el mismo pasillo una mujer y un hombre que se conocían. La mujer saludó y el hombre le contestó con cierta pesadez “hola, aquí andamos, comprando comida que para eso nada más trabajamos”. La mujer confirmó, “sí pues, no alcanza para más”. Tragué gordo porque en mi interior no estaba de acuerdo. Suena en la memoria el estribillo “Mira Bartola, ahí te dejo unos dos pesos…”

Comunicóloga, fotógrafa, diseñadora y sibarita.

@LA_PERALTA. https://ilianaperalta.wixsitecom/tandariola

La Tandariola también se escucha. Martes 18:30 hrs. en La Radio de Sudcalifornia.