/ lunes 18 de enero de 2021

Biden

Con la llegada de Joe Biden al poder el miércoles se abrirá una nueva oportunidad para la geopolítica y la democracia.

Arriba en medio de una triple crisis brutal, sin antecedente en Estados Unidos desde la conclusión de la Guerra Civil: una pandemia fuera de control, que ha infectado a 24 millones de personas. El desastre sanitario ha cobrado la vida de 406 mil norteamericanos: más que las bajas de la Segunda Guerra Mundial. Hay una economía devastada. Y hay, además, un país partido, confrontado, enfurecido.

Pero en política, la magnitud de las crisis determina el ancho de las posibilidades, si se cuenta con la estrategia, los cursos de acción, la legitimidad, el equipo, los recursos y la voluntad para acometerlas.

Biden los tiene.

Llega como el presidente más votado jamás. Posee mayoría en ambas cámaras. Tiene pleno reconocimiento internacional. Ha conjuntado un equipo basado en preparación y experiencia, así como en finos equilibrios generacionales, de género, y de raza.

Sobre todo, Biden cuenta con una clara hoja de ruta estratégica.

El presidente recurrirá a una mezcla de políticas de Roosevelt, Kennedy y Obama para su arranque.

Tendrá un vigoroso programa de 100 días para diferenciarse pronto de Trump. Como Alejandro Magno, Biden no pretende desanudar los enredos de Trump: quiere cortarlos de tajo.

El diseño estratégico implica restituir el prestigio de la presidencia: con seriedad, pero también con esperanza, como Obama. Le inyectará a la nación un propósito y una visión de futuro, como Kennedy. Y acometerá la desdicha mediante una cadena de medidas ejecutivas, como Roosevelt.

No serán nuevos vientos: será un huracán.

No hay tiempo que perder. Desde su primer día, el nuevo presidente emitirá una cascada de decretos: En el tema de salud, anunciará la obligatoriedad del uso del cubrebocas y un plan para vacunar a un millón de personas al día.

Anunciará, en lo ambiental, el reingreso de Estados Unidos al acuerdo de París y restablecerá la normalidad de las relaciones con sus socios europeos.

Liberará las restricciones de viaje de musulmanes, facilitará la legalización de 11 millones de migrantes y reencontrará a los niños que viajan solos con sus familias.

Finalmente, mandará al Congreso su propuesta de estímulo a la economía por 1.9 billones de dólares: más que toda la economía de México.

En la vía judicial, los demócratas impulsarán el juicio político a Trump por el asalto al Congreso. Para lograrlo necesitan a 17 republicanos. Es posible, poco probable, conseguirlo.

El miércoles será un parteaguas, que pretende superar la tragedia y salvar a la democracia.

No será un camino fácil, pero su mensaje es central: el populismo puede ser derrotado. La democracia y la libertad pueden protegerse.

Y quizá, la humanidad pueda convencerse que la política, al final del día, sirve.

@fvazquezrig

Con la llegada de Joe Biden al poder el miércoles se abrirá una nueva oportunidad para la geopolítica y la democracia.

Arriba en medio de una triple crisis brutal, sin antecedente en Estados Unidos desde la conclusión de la Guerra Civil: una pandemia fuera de control, que ha infectado a 24 millones de personas. El desastre sanitario ha cobrado la vida de 406 mil norteamericanos: más que las bajas de la Segunda Guerra Mundial. Hay una economía devastada. Y hay, además, un país partido, confrontado, enfurecido.

Pero en política, la magnitud de las crisis determina el ancho de las posibilidades, si se cuenta con la estrategia, los cursos de acción, la legitimidad, el equipo, los recursos y la voluntad para acometerlas.

Biden los tiene.

Llega como el presidente más votado jamás. Posee mayoría en ambas cámaras. Tiene pleno reconocimiento internacional. Ha conjuntado un equipo basado en preparación y experiencia, así como en finos equilibrios generacionales, de género, y de raza.

Sobre todo, Biden cuenta con una clara hoja de ruta estratégica.

El presidente recurrirá a una mezcla de políticas de Roosevelt, Kennedy y Obama para su arranque.

Tendrá un vigoroso programa de 100 días para diferenciarse pronto de Trump. Como Alejandro Magno, Biden no pretende desanudar los enredos de Trump: quiere cortarlos de tajo.

El diseño estratégico implica restituir el prestigio de la presidencia: con seriedad, pero también con esperanza, como Obama. Le inyectará a la nación un propósito y una visión de futuro, como Kennedy. Y acometerá la desdicha mediante una cadena de medidas ejecutivas, como Roosevelt.

No serán nuevos vientos: será un huracán.

No hay tiempo que perder. Desde su primer día, el nuevo presidente emitirá una cascada de decretos: En el tema de salud, anunciará la obligatoriedad del uso del cubrebocas y un plan para vacunar a un millón de personas al día.

Anunciará, en lo ambiental, el reingreso de Estados Unidos al acuerdo de París y restablecerá la normalidad de las relaciones con sus socios europeos.

Liberará las restricciones de viaje de musulmanes, facilitará la legalización de 11 millones de migrantes y reencontrará a los niños que viajan solos con sus familias.

Finalmente, mandará al Congreso su propuesta de estímulo a la economía por 1.9 billones de dólares: más que toda la economía de México.

En la vía judicial, los demócratas impulsarán el juicio político a Trump por el asalto al Congreso. Para lograrlo necesitan a 17 republicanos. Es posible, poco probable, conseguirlo.

El miércoles será un parteaguas, que pretende superar la tragedia y salvar a la democracia.

No será un camino fácil, pero su mensaje es central: el populismo puede ser derrotado. La democracia y la libertad pueden protegerse.

Y quizá, la humanidad pueda convencerse que la política, al final del día, sirve.

@fvazquezrig

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